Querido César

TERCER LIBRO DE LA TRILOGÍA  DIEZ CUENTOS PARA EDER

    Para Eder,                                      "Querido César"  

        Faber suae fortunae unusquisque est ipse.   "cada uno se labra su propia fortuna"


Éste es el tercer libro de cuentos, dedicados a los personajes más llamativos de la mayor epopeya conocida por nuestra cultura occidental. En este grupo de cuentos, he intentado plasmar la inteligencia de un hombre que, desde niño, sobresalió por su agudeza mental y su visión de futuro: Julio César, descendiente de Iulo. Presento a Julio César como un niño curioso y cariñoso, que todo lo observa y todo lo comprende, porque su inteligencia es superior a la de todos los niños que le rodean. Me gustaría pensar que Eder llegará a ser como el “Querido César”, una persona a la que todos siguen, porque le quieren, y a la que todos admiran (y a veces envidian), porque su fuerza de carácter no deja lugar a otra forma de actuar.
Eder ya va demostrando su fuerza de carácter, porque ya es un “preadolescente”, como él mismo se define. Este relato también es para ti, mi nieto mayor, y en el que pienso a todas horas. Pero no será el último. Ya estoy pensando en otras historias, que creo que te pueden interesar, y, como a ti, supongo que a otros muchos niños, que pueden alimentar su imaginación con la historia de personajes que son mitad historia y mitad leyenda. Prometo seguir escribiendo para vosotros. Quiero daros, aunque no os conozca, lo único que creo que puedo dar: mi interés por adquirir cultura. Creo que es una de las cosas más importantes para todos, porque donde hay verdadera cultura, hay respeto por los demás, y el respeto es la base del amor.
Os adelanto que la siguiente trilogía tratará sobre la Atlántida, ese misterioso lugar cuya ubicación todos creen saber, pero nadie sabe con exactitud.

La Giagia RHM



1.- Varias lenguas

¡Caio, es hora de comer!
  • Ya voy, mami, enseguida bajo; pero ya he comido.
  • ¿No te he dicho muchas veces que no comas fuera de casa?
  • Pero, mami, estoy en casa de Miriam; es como si estuviera en nuestra casa.
  • Está bien, pero ven a casa conmigo; tienes que dormir la siesta, aunque sea un ratito...
Aurelia sonreía, mientras llamaba a su hijo; sólo tenía tres años y ya hablaba como un niño mayor. Era un niño tan simpático e inteligente que tenía encantados a todos los vecinos de la insula. La casa, una insula, era propiedad de Aurelia y tenía varios pisos y departamentos. Ella misma era la administradora y los vecinos la consideraban una más entre ellos, más que una casera. Aurelia había decidido comprar toda la insula con su herencia, para trabajar en algo y que su esposo, un Julio, no se sintiera en situación inferior, porque la familia de los Julios no tenía dinero, sólo nobleza de sangre. En la insula vivían familias de varias regiones diferentes, porque la casa estaba situada en un barrio a las afueras de Roma, la Subura, donde los precios eran algo más asequibles para los inmigrantes.

El niño llegó corriendo y se lanzó a los brazos de su madre.
 
  • Mamá, hoy he aprendido algunas palabras más en hebreo.
  • Pero hijo, ¿no te parece muy complicado y muy diferente de nuestra lengua?
  • Mamá, es que tengo que aprender a entender a todos los que viven con nosotros, porque así me escucharán, si ven que yo los escucho. Y ¿cómo voy a escucharlos si no los entiendo?
Aurelia miró a su hijo con preocupación. Era demasiado inteligente para su edad. Quizá esto le traería problemas más adelante. Ahora todos trataban al niño con cariño, pero, cuando se hiciera mayor, las cosas podían cambiar. El niño siguió contando lo que más le llamaba la atención:
 
  • ¿Sabes, mamá? El padre de Miriam ha estado arreglando su jardín.
  • ¿Cómo su jardín? ¿Dónde tiene un jardín?
  • En la bajada de las escaleras y ha puesto flores que van a estar colgando de la barandilla; verás qué bonito va a quedar todo y cuántos colores vamos a poder ver todos los días, cuando nos levantemos.
  • Bueno, Caio, ahora tienes que dormir, porque los niños pequeños tienen que dormir después de comer.
  • Pero, ¡yo ya no soy un niño pequeño, mamá! Ya sé hablar y andar.
  • Bien, esto no es negociable, Caio. ¡A dormir!
El niño se fue a su camita sin decir nada, porque sabía que su madre no cedía en estas cosas. La esclava gala que le atendía se lo llevó sonriendo y le guiñó el ojo, prometiéndole una golosina si se dormía pronto. Cuando se levantara, pensó el niño, ya con los ojos cerrados, tenía muchas más cosas que contar a su mamá. Sus amiguitos y él habían decidido jugar a los maestros. Él era el más pequeño, pero, como era alto, quería que todos le vieran como un niño mayor. Ese día Miriam les había enseñado algunas palabras en hebreo. Caio se preguntaba qué iba a enseñarles él, cuando se le ocurrió que podía decir algunas palabras en galo, Gala se lo enseñaría. A veces la oía hablar en su lengua y como no entendía su nombre, Caio la llamaba Gala y ella ya se había acostumbrado a ese nombre. Ya le preguntaría y sorprendería a todos, porque nadie conocía esa lengua. O eso pensaba él.

2.- Una inteligencia superior

Pasaron dos años entre juegos y risas; el niño seguía creciendo y ganándose las simpatías de todo el que lo conocía. Aurelia seguía llevando la administración de la casa, aunque los tiempos no eran buenos y su economía estaba bastante mal, lo mismo que la de sus vecinos e inquilinos, que a veces no podían pagar el alquiler y ella no pensaba echarlos de sus viviendas, porque ya eran como una gran familia. Un día, decidió ir a consultar a toda la familia Julia. Su marido había muerto y ella consideraba que su hijo debía recibir una educación. Todos los profesores que habían estado enseñando al niño, acababan diciendo que aprendía con tal rapidez, que ya no tenían mucho más que enseñarle, así que los Julios debían decidir qué hacer con el niño y con quién debía estudiar. Aurelia sabía que tenía que pedir opinión a los hombres de la familia Julia, aunque ella tenía bastante claro lo que quería para su hijo.

Caio no estaba de acuerdo con su madre; él quería jugar y aprender, pero no entendía qué tenían que decir sus tíos y abuelos. Era su madre la que tenía que decir la última palabra. Y su madre era muy inteligente y siempre le aconsejaba lo mejor en cualquier ocasión que se presentara.

 
  • Mamá, a mí me gustan las lenguas; ya he aprendido mucho de nuestros vecinos
  • Lo sé, hijo, pero hay que aprender otras cosas, sobre todo, siendo un Julio. Tú sabes que la familia es lo más importante y que tenemos que contar con la opinión de tus tíos y abuelos. Hablaremos con ellos, pero no te preocupes, porque seré yo quien decida tu futuro; y te lo comunicaré a ti el primero.
  • Está bien. Pero ¿me dejarás estar un ratito con la tía Julia la Mayor? Me quiere tanto que me ayudará a conseguir que los tíos y el abuelo decidan para mi futuro lo que yo quiero.
  • ¿Y qué es lo que tú quieres, hijo? - Sonrió Aurelia.
  • Me gustaría escribir y poder ganar dinero para la familia.
  • Tú no te preocupes por el dinero ahora, Caio. Tú tienes que aprender y luego, ya veremos.
  • Siempre dices lo mismo, mamá, pero yo soy el hombre de la familia, por lo menos de la nuestra, de nuestra casa, quiero decir, y tengo que ayudarte a salir adelante.

  •  
Aurelia sonreía. Su hijo era como un hombrecito, a pesar de su corta edad y quería emprender grandes proyectos, que tenía en su cabecita y que a veces le contaba, cuando no quería irse a dormir demasiado temprano.
 
  • Ponte la capa, porque empieza a hacer frío. No quiero tener que cuidarte porque estés con catarro. Los hombres sois insoportables cuando os ponéis enfermos.
  • Yo no soy insoportable, mamá. Lo que pasa es que me pone muy nervioso tener que estar en la cama o quedarme en casa. El padre de Miriam me ha enseñado cómo curarme el catarro y voy a hacer lo que me ha dicho.

  •  
Ya iban de camino a la casa de los Julios en el Palatino. Aurelia miró a su hijo con sorpresa.
  • ¿Y se puede saber qué te ha dicho?
  • Sí, claro. Me ha dicho que tome un poquito de vino caliente por la mañana, al levantarme ...

  •  
El niño se quedó como en suspenso, esperando la reacción de su madre. Pero Aurelia se echó a reír. ¡Su hijo de cinco años la estaba probando, a ver si caía en la trampa y le daba vino por la mañana.!

 
  • ¿Y te ha dado él algo de vino caliente?
  • No. Me ha dicho que surte más efecto si te lo da tu propia madre
  • Ya -dijo Aurelia- sonriendo. Muy sabio, mi vecino Isaac, muy sabio...

  •  
Habían llegado a casa de los abuelos. Tras pasar el umbral de la puerta, entraron en el hermoso atrio, en cuyo centro había una especie de estanque con agua y algunos triclinios, donde estaban sentados sus tíos y tías. Julia la Mayor se levantó enseguida, al verlos llegar y alzó en sus brazos al pequeño Caio, haciéndolo volar por los aires. El niño reía a carcajadas, pero notaba que su tía estaba algo triste. Le preguntaría qué sucedía, porque su tía era cariñosa y le daba todas las explicaciones que él necesitaba.

3.- La decisión familiar

El niño fue enviado a jugar con sus primos, mientras los mayores hablaban. La impaciencia no le dejaba centrarse en el juego de las tabas, que ya los otros niños de la casa habían empezado. El juego consistía en lanzar los huesecillos (generalmente de cordero) al aire y comprobar en qué posición habían caído. Pero Caio ni siquiera quiso ver cómo había caído su lanzamiento: miraba a la habitación donde los mayores estaban discutiendo sobre su futuro. Bueno, su madre lo defendería, estaba seguro.

Por fin salieron riendo y Caio miró a su madre, que le sonrió; esto le tranquilizó y pudo esperar hasta que Aurelia dijo a la familia que su hijo y ella se marchaban a casa.

  • Mamá, cuéntame qué han dicho mis tíos y mi abuelo, dijo Caio en cuanto salieron de la casa.
  • ¿No quieres que demos un paseo antes? - Dijo Aurelia sonriendo.
  • Mamá, estoy hablando en serio. Quiero saber qué va a ser de mi vida y de mi educación.
  • Está bien, hijo. Han decidido que sigas estudiando; en cuanto acabes tus deberes diarios en casa, irás a casa de tu tía Julia la Mayor y allí empezarás a leer los libros de su biblioteca.
  • ¿Y por qué no puedo traerme los libros a casa?
  • Porque tu tía Julia no se encuentra bien y estoy segura de que le vendrá muy bien tu compañía. Ya sabes cómo te quiere.
  • ¿Y podré comer las chuches que suele darme?
  • Sí, pero debes decirme lo que has comido cuando vuelvas y prometerme que no comerás demasiado. Ya sabes que luego te sientan mal y no quiero que te pongas enfermo.
  • Mamá, siempre estás preocupada de que no me ponga enfermo. ¿Por qué no dejas que tenga fiebre o esté en la cama como los demás niños?
  • Ya hablaremos de ello cuando seas algo mayor. De momento, prefiero que no tengas fiebre ¿de acuerdo?
  • Bien, pero ya sabes que se lo preguntaré al padre de Miriam y que me lo explicará.
Llegaron a casa. Caio tenía todavía muchas preguntas que hacerle a su madre, pero se dio cuenta de que ella no tenía intención de contestar a ciertas preguntas. Procuraría pillarla desprevenida y que aclarara sus dudas. Caio sabía que era difícil coger a su madre desprevenida; ella siempre sabía qué decir y cuándo decirlo y parecía que adivinaba todo lo que el niño pensaba.

 
4.- El tío Mario

Al día siguiente, Caio inició sus visitas a la tía Julia. Lo que no esperaba era que la tía Julia le dijera que tenía que pasar la tarde con su tío Mario. Empezó a pensar que la verdadera razón de su estancia en la casa no era Julia, sino Mario.

  • Bueno, muchacho, vamos a aprender algo de historia.
  • Me gusta la historia. ¿Por dónde empezamos?
  • ¿Tantas ganas tienes de aprender?. Me doy cuenta de que tu madre no exageraba cuando hablaba de tus cualidades intelectuales y de tu afán de saber.
  • Tío, no hablemos sólo de mi madre, háblame de la historia de nuestra familia.
  • ¿Sabes que te llamas Caio Julio?
  • ¿Cómo no voy a saberlo? Ya sé que la familia de mi padre es la más antigua de Roma.
  • ¿Y qué más sabes?
  • Que la primera de mis antepasadas, mi Alma Mater, es la diosa Venus.
  • ¿Y qué te parece la idea? ¿Crees que es real?
  • No lo sé. ¿Tenemos que empezar desde Iulo, para conocer la historia de mi familia?
  • Creo que vamos a empezar por los datos reales que conocemos. Yo soy un militar y no me dejo impresionar por las historias y leyendas del pasado.
  • Me gusta, tío. Yo tampoco creo en historias para niños
      Mario se echó a reír: un niño de cinco años le estaba diciendo que no creía en historias para niños.
      Este niño era realmente inteligente. Sería interesante enseñarle y comunicarle sus experiencias
      personales.

      Caio volvió a casa feliz. Le había gustado pasar la tarde con su tío. Se lanzó a los brazos de su
      madre, que estaba revisando sus cuentas en la biblioteca.
  • Mamá, me encanta estudiar con el tío Mario. Es serio, pero sabe reír. Creo que me considera un niño mayor y que voy a aprender mucho con él. ¿Qué hay para cenar?
  • Pasas de un tema a otro alegremente. Y yo voy a empezar por el tema que más me interesa. Hoy vamos a cenar un poco de ensalada y un pescado a la brasa. Ya lo tengo preparado.
  • ¿Me dejas jugar un ratito con Miriam y mis amigos? Hoy no los he visto y a lo mejor han descubierto algo nuevo y yo no me he enterado.
  • Bien. Vete a jugar un rato, pero, cuando te llame, ven enseguida.
  • Te lo prometo, mamá, pero llámame Caio Julio.
  • ¿Ya te ha contado tu tío la historia de la familia?
  • Algo me ha dicho. Estoy deseando saber más cosas. Luego me confirmas todo lo que él me cuente, porque sigo fiándome más de ti que de nadie. Me voy a jugar.
      Aurelia, como siempre, estaba sorprendida por la capacidad de adaptación y de aprendizaje de su
      hijo y pensaba con cierta tristeza que era demasiado pequeño, era su bebé y ya parecía un hombre.

5.-Una enfermedad divina

Los días siguientes, Caio Julio fue a casa de sus tíos. Estaba cada vez más interesado en todo lo que le contaba su tío. Pero antes de pasar un mes, Mario tuvo que irse a su campaña militar. Y el niño ya no fue tan a menudo a casa de su tía Julia. Su curiosidad iba en aumento, sobre todo, porque quería saber más sobre la historia de su patria y de su familia, así que decidió que le preguntaría a su madre. Le gustaba mucho hablar con su madre, porque le parecía la persona más sabia que conocía, incluso más que su tío Mario. No comprendía por qué decían que los que sabían todo eran los hombres. Su tía Julia sabía muchas cosas y su madre más que nadie. Aprovechó el día en que cumplía los seis años, para pedirle a su madre que le dedicara un rato por las tardes y contestara sus preguntas.

  • Estoy encantada de que quieras aprender. Te contaré la historia de la familia, pero tienes que seguir leyendo y aprendiendo lo que han escrito nuestros historiadores y poetas. Es importante que conozcas los hechos en la versión de varias personas, porque así podrás sacar tus propias conclusiones.
  • Me gusta eso que dices, mamá. Ya sabía yo que no siempre hay que hacer caso de lo que dice una sola persona y que hay que enterarse de las cosas por varias personas.
  • ¿Qué quieres como regalo para tu cumpleaños?
  • ¿Te parecería una tontería si te pido un capítulo de Ennio?
  • ¿ Sabes sobre qué ha escrito Ennio?
  • Pues claro, mamá. Si quiero aprender historia tengo que tener los rollos en casa para poder consultarlos cuando quiera.
Aurelia dejó caer una lágrima de emoción. ¡Cuánto sabía su hijo! ¡Y qué formal parecía, siendo tan pequeño!
  • Tendrás tus rollos, hijo. Pero tengo que esperar unos días, porque aún no he cobrado las rentas y no me llegará el dinero. De todas formas iré al mercadillo, en las nundinas y buscaré lo que haya de Ennio.
  • Bueno, no te preocupes, quedan cinco días para las nundinas ¿no?
  • Sí. Y para entonces, ya habré cobrado los alquileres. Por cierto, ¿sabes ya cómo tienes que contar los días y los meses?
  • Me interesa mucho, mamá, pero, a veces, me hago un poco de lío.
  • Pues lo siguiente que vamos a estudiar es el calendario, porque es importante que sepas situar los hechos históricos.
  • Mañana, mamá, porque estoy un poco cansado y mareado.
La madre miró preocupada al niño. Era un niño delgado y alto, pero no comía demasiado y a veces parecía agotado. Consultaría con su vecino Isaac, que era un buen médico. Cuando el niño se fue a dormir, encargó a su joven esclava gala que vigilara su sueño y subió a casa de Isaac. La familia la recibió encantada, pero extrañados de que fuera a hablar con ellos a una hora tan tardía.
  • ¿En qué podemos ayudarte? – dijo Miriam, la esposa de Isaac.
  • Estoy preocupada por Caio Julio. Últimamente parece cansado y come muy poco. ¿Qué opinas tú Isaac?
  • ¿Qué le pasa a Julio? – dijo la pequeña Miriam. Hace varios días que no viene a jugar conmigo.
  • Está cansado y no ha subido a jugar contigo porque ha estado yendo a casa de sus tíos. Pero mañana le diré que venga después de comer, para que juguéis toda la tarde. ¿Qué te parece?
  • Estupendo – dijo Miriam, le esperaré. Ahora me voy a la cama, porque yo también estoy cansada.
  • Ve a la cama, hija, así podremos charlar los mayores.
  •  
Cuando se quedaron solos, Isaac inició la conversación:

 
  • ¿Sabes a qué llaman la enfermedad de los dioses?
Aurelia se puso pálida. Claro que sabía lo que era la enfermedad de los dioses. ¿No estaría diciéndole Isaac que su hijo la padecía?
  • ¿Has notado si el niño pierde el conocimiento, cuando está demasiado cansado?
  • Hasta ahora no, pero temo que pueda pasarle cuando no esté conmigo.
  • Ya sé que es difícil de hacer lo que voy a decirte, pero tienes que intentarlo. Procura que se tome las cosas con tranquilidad y que no tenga tanta actividad desde que se levanta.
  • ¡Ojalá pudiera conseguirlo! pero ya le conocéis, es como una guindilla, duerme poco, come poco y no para de hacer preguntas y de querer saberlo todo. Y ya no puedo obligarle a dormir después de comer, porque se considera ya mayor para dormir siesta.
  • Si no duerme, que descanse. Quizá charlando contigo lograrás que esté sentado.
  • Es posible, pero sus temas de conversación son siempre tan serios que dudo que se tranquilice.
  • Bien, te voy a dar unas hierbas para que le des una infusión antes de irse a dormir. Quizá consigamos mejorar ese agotamiento.
  • Gracias, amigos, espero que lo tome con gusto.
  • Es melisa y manzanilla con un poco de valeriana. Seguro que le gustará.


  •  
6.- Solidaridad familiar

Pasaron tres años y Caio Julio seguía creciendo y aprendiendo. Cuando el tío Mario estaba en Roma, el niño iba por las tardes a escucharle y aprender de él. Se habían hecho muy buenos amigos. Toda la familia lo consideraba ya un hombre, por sus comentarios, sus preguntas y sus actos. En casa, ayudaba a su madre con las cuentas de la administración de la insula. Y seguía con la pandilla de amigos, sus vecinos y otros chicos del barrio. En la esquina de la insula había una taberna, cuyo dueño Daco quería a Caio Julio casi como a un hijo y le admiraba por su carácter y sus conocimientos; incluso hablaban de clases de vinos y, sobre todo, de las famosas empanadas que hacía Daco.

Un día, a la hora sexta (las 12 del mediodía), Caio Julio estaba ayudando a Daco, para ganarse unas monedas, cuando su madre le llamó con cierta urgencia.

 
  • Caio, entra en casa en cuanto termines de ayudar a Daco, tenemos que salir.
  • Voy enseguida, mamá.
Al entrar en casa, vio a su madre bastante seria.
  • ¿Qué ocurre, mamá?
  • El tío Mario no se encuentra bien y la tía Julia me ha pedido que vayamos lo antes que podamos.
  • ¿El tío Mario? Pero si es fuerte como un roble. ¿Cómo puede estar enfermo?
  • Ahora nos enteraremos. Ponte la capa para salir.
  • Mamá, deja de preocuparte. Me encuentro bien.
  • Déjame ejercer de madre, Caio. Si no me preocupo por ti ¿cómo me voy a sentir útil?
  • Mamá, tú siempre eres útil para toda la familia, no sólo para mí.
Salieron en silencio, cada uno con sus pensamientos. Al llegar a casa de Julia y Mario, encontraron a varios médicos hablando entre ellos y a la tía Julia llorando. Mario estaba inmóvil en su cama. Caio Julio se acercó rápidamente, sin que nadie se lo impidiera. Aurelia se acercó a Julia, que le explicó que Mario había sufrido una especie de parálisis en toda la parte izquierda del cuerpo y aún no podía moverse. Julia lloraba. Aurelia no sabía que decir y trataba de pensar con rapidez, cuando oyeron una especie de balbuceo y se acercaron a la habitación de Mario. Estaba intentando hablar con su sobrino.
  • Julio, acércate
  • Sí tío, dime, - dijo el niño-
  • Julio – repetía Mario – tienes que ayudarme. Tengo que seguir con mis funciones en el gobierno.
  • Sí, tío. Dime qué puedo hacer yo para ayudar.
  • Ayúdame a poder andar.
  • ¿Por qué me llamas sólo Julio, tío?
  • Porque debes llamarte Julio, para que todos conozcan la nobleza de tu familia.
  • Como tú quieras, tío.
Mario volvió a caer en una especie de sopor. Aurelia se acercó e indicó a su hijo que se retirara de la habitación. Al salir, le dijo a Julia que Caio Julio iría todos los días por la tarde, para ayudar a su tío a recuperarse. 


7.- El verdadero aprendizaje

Así lo hicieron. Julio estuvo yendo a ayudar a Mario durante varios meses. A veces, Mario demostraba su mal genio y no quería hacer los ejercicios físicos necesarios para recuperar el movimiento, pero Julio se mantenía firme y casi le obligaba a hacerlo, amenazando con no volver. Mario sonreía y se esforzaba por continuar.
  • Tío, ahora tenemos que volver a montar a caballo.
  • Creo que eso ya es pedir demasiado. No creo que vuelva a montar a caballo.
  • Claro que volverás, tienes que demostrarme en la práctica todo lo que me has estado enseñando. ¿O es que me has contado una historia inventada?
  • Por supuesto que no. Te demostraré que puedo hacerlo.
Lo consiguieron. Mario volvió a hablar, a montar a caballo y a andar, ya casi sin cojear. Julio aprovechó esta recuperación para pedirle algo más a su tío Mario.
  • Tío, ahora me gustaría que me explicaras cómo has vencido en tantas batallas y cómo se puede manejar un ejército tan grande.
  • Es fácil, Julio. Hay que mantener la disciplina, pero a la vez, dar confianza a tus soldados y dar ejemplo. Porque tus hombres te seguirán a donde quieras llevarlos, si ven que tú te esfuerzas como ellos y los tratas como a iguales.
Julio tomaba nota de todo. Ya se imaginaba dirigiendo al ejército romano y volviendo a Roma como general victorioso.
  • Y ¿es difícil ser cónsul? Tú ya has sido elegido seis veces.
  • Hay que tener personalidad, ser honrado y tener dinero. No te preocupes, que cuando tú seas mayor, lo conseguirás, porque es más fácil para un noble que para los que no lo somos.
  • Yo quiero ser como tú. Quiero ser cónsul y quiero dirigir el ejército.
Mario reía con ganas. Le gustaba aquel chiquillo inteligente y serio. Aunque a veces pensaba que no lo tendría tan fácil como él creía, porque la envidia seguía presente entre la nobleza romana. Pero Julio parecía ser incombustible; ponía tanto interés en todo lo que se proponía, que todo el mundo estaba seguro de que lo conseguiría, costara lo que costase.

Todo parecía ir sobre ruedas, cuando, poco tiempo después, Mario sufrió otro ictus. Esta vez, además de una ligera parálisis, parecía que también su mente, siempre brillante, se había visto afectada. Y Julia volvió a recurrir a su sobrino, para que ayudara a Mario a recuperarse. Julio volvió encantado. Se acercaba el verano y estaba a punto de cumplir los diez años, exactamente dos días antes de los Idus del mes de Quintilis.

8.- El primer problema serio

Esta vez Mario hablaba con su sobrino con cierta reserva. Julio trataba de ser paciente, pero se preguntaba por qué su tío ya no se fiaba de él. Decidió afrontar el tema y preguntárselo directamente.

  • Tío, ¿Por qué ya no me cuentas todas tus estrategias militares? ¿Es que ya no quieres enseñarme?
  • ¿Quieres que te diga la verdad?
  • Por supuesto. Siempre quiero la verdad, aunque sea desagradable. ¿Es que he hecho algo que no te guste?
  • No, Julio. Es que he consultado a una astróloga babilonia, que casi acertó cuando pronosticó que sería cónsul siete veces, algo que parecía imposible. Y he sido cónsul ya seis veces.
  • ¿Y qué tiene eso que ver conmigo?
  • Pues que esta vez me ha dicho que habría otro hombre que sería más grande que yo en cuestión militar.
  • Esta vez no te entiendo, tío. ¿No pensarás que ese hombre seré yo?
  • Pues sí. Creo que serás tú. Y no me gusta que alguien me supere en lo único que yo he sobresalido en mi vida.
  • Tío. Eso son supersticiones y cuentos de ancianas. ¿De verdad te crees todo lo que te dice esa astróloga?
  • Siempre lo he creído y hasta ahora ha acertado. ¿Por qué no iba a acertar esta vez?
  • Aunque acertara, ¿Por qué voy a ser yo ese hombre?
Esta vez Mario se echó a reír. Hacía tiempo que no reía. Julio tenía el poder de hacerle olvidar sus problemas y de hacerle reír. Quizá tuviera razón y todo eran supersticiones de ancianas. De hecho, su sobrino se dedicaba más a la literatura y a la historia que a cualquier otra cosa. Ya había escrito algún ensayo de gramática y algún que otro poema. Y su nuevo profesor de retórica, Marco Antonio Grifo, estaba muy orgulloso de él.

Cuando Julio se marchó esa tarde, Mario se encerró en su biblioteca y dos horas más tarde salió con una decisión tomada. Nombraría a Caio Julio Pontífice Máximo, cargo vitalicio que prohibía a quien lo ostentara tocar las armas, además de otras muchas restricciones. Con quince años ya podía ser Pontífice, jefe de la religión y de las Vestales, con entrada en el Senado y poder decisorio en cuestiones importantes; pero lo inscribiría cuanto antes, para que nadie ocupara el cargo. Y le buscaría una esposa, porque el Pontífice debía estar casado. Al día siguiente hablaría con el actual cónsul Cornelio Cinna. Quizá pudiera prometer a Julio con la joven Cinilla.

9.- Un futuro incierto

Cuando Aurelia se enteró de las maquinaciones de su cuñado, supo que la suerte de su hijo había cambiado. Decidió hablar con su otro cuñado Sila, que ahora estaba en el poder. Sila hacía poco caso de la familia. Estaba casado con Julia la Menor, pero no se llevaban bien; él prefería vivir su vida y sólo recurría a la familia cuando necesitaba dinero, que era casi siempre. Pero con Aurelia tenía una relación especial: la respetaba y le pedía consejo, no sólo en cuestiones personales, sino también en cuestiones políticas. Y seguía los consejos que ella le daba, aunque nunca admitía que ella le había convencido de algo.

 
  • Estoy pensando que quizá podrías librar a Julio del cargo de Pontífice Máximo
  • ¿Y por qué quieres librarlo? Es un buen cargo, tiene autoridad, poder, casa propia y puede estar en las sesiones del Senado.
  • Pero a él no le interesa y Mario le ha obligado a aceptarlo.
  • Ya veré qué puedo hacer. Mario se ha hecho viejo y su cabeza no funciona como antes.
  • Yo no voy a juzgar los actos de nadie. Tampoco juzgaré los tuyos. Sólo te pido que ayudes a mi hijo.
Sila se marchó, pensando en lo especial que era aquel chico. Pronto tomaría la toga viril y nadie podría dominarlo. Mientras tanto, Julio, que había tomado el cognomen de César, seguía con sus estudios y su interés por los temas militares. César era un antiguo nombre de la familia y le pareció que le venía bien tener un cognomen, como un hombre. Porque él ya se consideraba un hombre.
  • Hijo- dijo un día Aurelia – creo que debes marcharte de Roma, porque Sila va a por ti. Creo que te ve como un posible rival político y militar.
  • No entiendo cómo pueden cambiar tanto las cosas. Antes no era así.
  • Sí, hijo, siempre ha sido así. Tú no te has dado cuenta, porque he intentado alejarte de él lo más posible. Desde que eras pequeño decía que en ti hay “muchos Marios”. Y son enemigos políticos y militares. Llega un momento en que los problemas no se pueden evitar y éste es ese momento. Te prepararé algunas cosas y debes irte. Quizá sea un buen momento para que vayas a Hispania.
  • Me gustaría, porque no conozco nada de esa tierra y me gustaría saber cómo son los hispanos y cómo viven.
  • Son como nosotros, Julio, mediterráneos, aunque su vida sea diferente, porque aún no conocen nuestras leyes. Yo creo que son un poco salvajes.
  • Eso hay que comprobarlo, mamá. Ya te contaré cuando vuelva.
  • Tienes razón, hijo, todo hay que comprobarlo personalmente.
Julio César salió de viaje. Prefería ir por mar, a pesar de los piratas y de las tormentas, pero sería una buena experiencia y conocería a todo tipo de personas que viajaban a Hispania, comerciantes, soldados, desterrados o simples viajeros.

10.- Hispania

Aurelia le había encargado buscar a Sertorio, primo del tío Mario, que se había puesto a favor de los hispanos, rebelándose contra Sila. Julio César tenía ya 17 años y demostró enseguida su don de gentes encontrando a Sertorio, que lo recibió con los brazos abiertos.

  • ¿Qué pasa en Roma?
  • Las cosas no van bien. Mario ha perdido la cabeza.
  • ¿Literalmente?
  • No, hombre. Ha perdido el sentido común, y Sila ha aprovechado para sus manejos políticos. Ahora tiene el poder absoluto.
  • Entonces tendremos también aquí nuevas confrontaciones. Espero ser digno lugarteniente de Mario. Puedes unirte a mis hombres y así aprenderás en la práctica todo lo que Mario te enseñó en teoría.
  • Eso es lo que pensaba mi madre.
  • ¿Por qué has tomado el cognomen de César?
  • Porque ya lo han usado otros en mi familia y me han dicho que significa “fuerte como un león”; creo que su origen es etrusco; aunque otros dicen que significa “melenudo”, pelo largo, bien cortado o bien afeitado. De todas formas, me sonaba bien y a mi madre le ha parecido bien.
Sertorio se echo a reír, con la risa franca y abierta de un gran hombre. Julio César empezaba a admirarlo, como había admirado a su tío Mario. Pasó una temporada con él y conoció a una familia de banqueros gaditanos, que más tarde serían su apoyo económico y sus mejores amigos: los Balbo. Cuando le pareció que podía volver a Roma, preparó su viaje.

  • ¿Te marchas ya? Me había acostumbrado a tu compañía y a tu extraordinaria visión de la estrategia militar
  • Por la última carta de mi madre, creo que puedo volver a Roma. Yo sí que he aprendido cosas útiles de ti. Lo que más me ha llamado la atención es la estrategia de la guerrilla, y cómo conoces el territorio hispano.
  • La necesidad es la que más enseña en cualquier situación. Me he visto obligado a aprender, porque así lo pedían las circunstancias. Seguiré manteniendo el partido político de Mario aquí. Me he dado cuenta de que los hispanos son nobles y valientes y de que no tienen por qué aceptar las normas de un extranjero que venga a conquistarlos.
  • Creo que tienes razón. Volveré a Roma y aprovecharé que tengo un asiento en el Senado, para intentar modernizar a las viejas glorias.
  • Que tengas suerte, primo. Puedo llamarte primo ¿verdad?
  • Por supuesto.
  • Estoy seguro de que algún día me sentiré orgulloso de ser tu amigo y tu pariente.
  • Y yo de poder llamarte mi amigo.
Julio César emprendió el regreso a Roma. Esta vez prefirió hacer el viaje por tierra, para ir conociendo, por lo menos, las regiones que ya pertenecían a la República romana, como la Galia Cisalpina, la llamada Narbonense. Tenía interés en conocer gente de raza gala. Todavía tenía buen recuerdo de su joven esclava Gala, a la que quería como a una nodriza. Ella le había cuidado con cariño y solía escucharle, cuando su madre se enfadaba con él. Julio sonrió para sí, pensando en que había sido demasiado niño. Ahora era ya un hombre y tenía que comportarse como tal.



11.- Los piratas

La situación en Roma era alarmante. Había un ambiente de miedo y tensión que pocas veces había sentido Julio César. Aurelia le contó los sucesos. Había conseguido de Sila que pudiera utilizar armas y llevar, si quería, el uniforme militar. Cinilla había dado a luz a la pequeña Julia, que tenía la expresión dulce de su madre y la mirada vivaz de su padre.

  • Por lo menos, puedes seguir asistiendo al Senado. Así irás informándote de todo y tomando nota para poner remedio a la situación, si está en tu mano.
  • ¿Sigo siendo Pontífice Máximo?
  • Sí. Tienes a tu disposición la Domus. Ya he ordenado que preparen todo para que te instales allí con tu esposa y tu hija.
  • ¿Verdad que es la niña más bonita del mundo?
  • Por supuesto. Es mi nieta y es tu hija. ¿Cómo podría haber ninguna niña más bonita que la pequeña Julia?
Ambos se echaron a reír. Era su única nieta y su única hija y la veían preciosa. Sería la alegría de la familia. Los ojos de la niña eran de color miel y esto le daba una dulzura en la mirada, que tenía embobados a sus padres y a su abuela.

Julio César se trasladó a la Domus, su vivienda oficial, aunque le daba pena dejar a su madre sola en la insula del barrio de la Subura. Intentaría convencerla para que pasara el mayor tiempo posible con la niña, porque sabía que no se iría a vivir con ellos: era demasiado independiente.

Además de sus obligaciones como Pontífice Máximo, por ejemplo, ser el jefe de las Vírgenes Vestales, Julio César empezó a asistir a las sesiones del Senado. No todos le miraban con buenos ojos; era demasiado joven, tenía una nobleza más antigua que todos ellos y siempre parecía que quería poner el punto adecuado a las discusiones, como queriendo demostrar que él tenía más razón o era más sensato.

  • ¡Senadores! – dijo el cónsul – El erario público está en la ruina. Necesitamos una ayuda inmediata. Creo que debemos pedir ayuda a Nicomedes de Bitinia.
  • ¿Y quién se va a atrever a pedirla? – preguntó uno de los senadores del partido demócrata - Ya sabéis que Nicomedes es un tacaño y no da nada, a no ser que obtenga algo importante a cambio.
  • Podemos enviar a nuestro jovencito. - Contestó otro senador del partido republicano, mirando a Julio César con sorna - Quizá Nicomedes le haga más caso a él, por ser un Julio y por ser joven y atractivo.
Todos se echaron a reír, mientras Julio se ponía tenso y miraba con frialdad a los componentes del partido republicano. La mirada de Julio César era famosa porque muchos decían que hacía obedecer al que se enfrentara con él. Decidió aprovechar la situación y poder demostrar a todos que él podría convencer a Nicomedes.

  • Iré, si todos estáis de acuerdo. No creo que sea capaz de negar nada a un Julio.
  • Ten cuidado – dijo un senador entre risas – Tiene fama de conquistador.
  • No me importa. Yo conseguiré lo que necesitamos, dinero y barcos. Los rumores y las supersticiones sólo sirven para aprovecharse de ellos en favor propio. Y eso es lo que pienso hacer.

La embajada fue un éxito. La ayuda económica y naval llegó a Roma en poco tiempo. Pero en el viaje de vuelta, el barco donde iba Julio César fue atacado y capturado por los piratas que infestaban los mares conocidos.

  • Nos han dicho que eres de familia noble. – dijo el capitán pirata – Seguro que pagarán lo que pidamos por tu rescate.
  • ¿Y cuánto pensáis pedir? – preguntó Julio César.
  • Creo que doscientos talentos es una cantidad adecuada. Mientras piensan si mereces que paguen tanto por ti, estarás con nosotros en nuestros refugios. Pasarás mucho tiempo con nosotros, así que ve acostumbrándote a nuestra forma de vida.
  • Creo que me minusvaloráis. Pagarán por mí quinientos talentos.
  • ¿Y quién va a pagar por ti una cantidad tan grande? – Dijo riendo el capitán pirata.
  • Acercáos a Bitinia y pedid al rey Nicomedes mi rescate. Lo pagará encantado, porque quiere que yo me case con su hija y ya me tiene como yerno.
  • Pero ¿no has dicho que estás casado?
  • Sí, pero a los orientales les parece natural tener varias esposas.
Nicomedes pagó enseguida el rescate de Julio. Los piratas encantados, lo dejaron en libertad. Pero Julio, en los seis meses que estuvo con ellos, ya había calculado y grabado en su memoria la situación de su refugio. Había hecho grandes amistades, porque había mostrado su carácter más encantador. Al despedirse, dijo que volvería.

Y volvió, a llevarse todos sus tesoros y a arrestar a los piratas.

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