INTRDUCCIÓN   a “El Mediterráneo”


      He llamado a esta tercera parte de la trilogía de Atlantis “El Mediterráneo”, porque fue donde quedaron impresas las huellas de la gran civilización de Atlantis. El Mediterráneo fue el centro de poder y cultura, que se extendería por todo el mundo conocido.

      Ya en época histórica, hubo importantes colonizaciones, que se convertirían en la base de las diferentes culturas que se asentaron en toda la costa occidental y oriental del Mediterráneo y que dieron origen a las culturas posteriores.

Quiero dedicar unas fábulas sobre esas grandes colonizaciones a mis seis nietos, desde el mayor, Eder, para quien empecé a escribir, hasta la más pequeña, Aitana, con la única intención de que vayan aprendiendo cuáles fueron los orígenes de la cultura mediterránea y de nuestra propia cultura.

Eder, con su afán de saber hasta los más mínimos detalles de todo lo que yo pueda contarle, con su insaciable interés y con su férrea voluntad, me ha animado a seguir desgranando los hechos, eso sí, mezclando la realidad con la fábula, de modo que sea agradable para ellos leer estas pinceladas de la vida de personajes, que pudieron ser reales y a los que la  imaginación  de las gentes concedieron un viso de historia y de divinización, que permanecen hasta la actualidad.

Y la chiquitina Aitana, que ahora vive en Suecia, aunque temporalmente, y que ahora está dando sus primeros pasos, espero que con el tiempo llegue a apreciar el cariño de su abuela y el interés por la pervivencia de la cultura, que, actualmente, parece haber caído en “desuso”, porque las ciencias tecnológicas van ocupando todas las ramas del saber.

En medio de Eder y Aitana, quedan mis otros cuatro nietos, Ricardo, Julen, Paula y Mariana, a los que dedico mi recuerdo más cálido y recomiendo encarecidamente que no abandonen el saber histórico y lingüístico, en aras del saber informático. Ambos saberes son complementarios e ineludibles. Ésa es mi forma de pensar. Espero que lo entendáis. Y que algún día recordéis a vuestra Giagia, sobre todo por el amor que os ha tenido desde que vinisteis al mundo.

Vosotros sois para mí la continuación de la cultura, que yo aprendí a apreciar con las enseñanzas de mi padre, sobre todo, pero también de sabios profesores que tuve la suerte de conocer. Espero que sepáis apreciar a todas las personas que, en el transcurso de vuestra vida, os hayan enseñado algo importante: el valor del trabajo, de la honradez y del amor.

Voy a presentar en esta tercera parte de la trilogía cinco civilizaciones  y, en cada una de ellas, he tratado de recordar a dos o tres personajes que no deberían caer en el olvido.

        Las  rutas de navegación de los colonizadores, pueden situarse en el tiempo en la Edad del Bronce y corresponden a los fenicios, los púnicos (de un mismo origen, como os iré contando) a los griegos, a los egipcios y a los mesopotámicos. No olvidemos a Creta y Sicilia, la anterior Trinacria, y la cultura de los tartesios, de la que también hablaremos.



                                ATLANTIS.......  seguimos...



3ª parte de la trilogía de Atlantis:


                      el Mediterráneo

            Muchos siglos después de haberse destruido la confederación de las islas del Egeo, cuando ya sus jefes de clan habían pasado a ser leyenda, los hombres, ya instalados en el patriarcado, tuvieron necesidad de sustituir a la gran Madre Naturaleza por otros dioses más “convenientes” para los intereses militares de los gobernantes y, sobre todo, para el comercio entre las diversas potencias que iban surgiendo, como herederas de las culturas protohistóricas.
1.- Sesostris
            La casa real de Tebas estaba de fiesta. Había nacido el varón que heredaría el trono. La capital se había desplazado a Itytauy, cerca de El Fayum, pero Tebas seguía siendo el centro social de los grandes personajes de Egipto. Los sacerdotes habían predicho que el niño sería el mejor entre sus iguales, porque su inteligencia, honradez y aptitudes  harían de Egipto el imperio más grande de la tierra, que dominaría el Mediterráneo, el gran verde, como solían denominarlo.
            La gran esposa real Ueret también había soñado que daría a luz a un dios. Y su esposo, el actual faraón Senusert II sonreía, porque su esposa había dado muestras de gran inteligencia y su dulzura aseguraba la paz en palacio y en las altas esferas sociales. O eso pensaba él, porque Ueret hacía frente a las intrigas del palacio con firmeza, más que con dulzura, aunque siempre en beneficio de su esposo.

            Las intrigas estaban a la orden del día en la corte. Incluso había habido algunas muertes, que nadie sabía explicar. Los jefes de nomos y los grandes terratenientes aplicaban sus propias leyes y al faraón le resultaba casi imposible poner orden, porque muchas veces ni siquiera se enteraba de lo que sucedía, hasta pasado un tiempo. Los funcionarios eran demasiado lentos o demasiado interesados en que las noticias se retrasaran.
            Después de consultar a los sumos sacerdotes de Amón, impusieron al nuevo príncipe el nombre de Jakaura Senusert, que significaba:  “los espíritus de Ra resplandecen”.
             El pequeño tenía un carácter dulce, pero firme, como su madre, y, en cuanto empezó a dar sus primeros pasos, se escapaba de la vista de sus cuidadores y seguía a su padre. El faraón nunca se enfadaba con él, porque le hacía gracia y no sólo le permitía estar con él, sino que le explicaba todo lo que hacía, aunque era consciente de que Jakaura era demasiado pequeño para comprender las palabras de su padre. Le parecía increíble que el niño consiguiera convencer con su sonrisa a todo el que se interpusiera entre él y sus propósitos: es decir, seguir a su padre.


Incluso le había regalado, cuando cumplió los cuatro años, un pequeño arco y dos flechas con la punta roma, para que no se hiciera daño. El príncipe iba muy serio a los campos de ejercicio de los soldados y hacía sus prácticas, ante la estupefacción de todos, consiguiendo gran puntería sobre un muñeco de madera, que le habían colocado como diana.

            Cuando cumplió la edad preceptiva, que solían ser los siete años, el príncipe Jakaura fue enviado a la Casa de Sabiduría, para iniciar su educación en geometría, matemáticas, religión y otras disciplinas, necesarias para todo joven que fuera a ocupar algún cargo en el aparato del estado.
             Su madre, la gran esposa real Ueret, ya había aprovechado las dotes excepcionales de su hijo, enseñándole cómo comportarse, qué debía aprender y dándole consejos, que el niño absorbía como una esponja. Ella dirigía personalmente las actividades del niño, sin dejar que nadie interfiriera, ni siquiera la madre del faraón, su esposo. Por algo su nombre significaba “la poderosa”.
             En sus clases en las Casas de Sabiduría, Jakaura empezó a demostrar gran interés por las leyes y la economía, desde el momento en que se dio cuenta de que algo en la organización del estado fallaba: había muy pocas personas que conocieran de verdad la realidad cotidiana de la región de Tebas y sus aledaños. Pensó que todos los encargados de cualquier departamento del estado debían tener mayor cultura.
             Decidió que, cuando él fuera mayor, aconsejaría que los maestros de la ciencia insistieran en la necesidad de todos los alumnos de conocer la escritura y la lectura. Incluso se debía crear una nueva clase social, la de los escribas, que debían estar presentes en todos los acontecimientos, para tomar nota de lo que sucediera y certificar su legalidad. Creía que así, la experiencia de hechos, que constaban por escrito, serviría para solucionar problemas similares, que pudieran plantearse en cualquier lugar o situación. Y los profesores estaban de acuerdo.
             Los niños estudiaban la historia del país y Jakaura pensaba en el poder que tenían los faraones en el imperio antiguo, poder que, poco a poco, había sido absorbido por los nomarcas, como una organización de señores feudales, cada vez más poderosa. Eso tendría que arreglarse y él tendría que averiguar cómo hacerlo.
             Después de las clases de la mañana, se realizaban diversos actos religiosos en honor a la tríada de dioses protectores de Tebas: Amón, Mut y Khonsu. El príncipe pensaba que también sería importante la unidad religiosa de todas las regiones, y tenía claro que los sacerdotes de Amón, a su juicio los más cultos, debían tener más poder e influencia que los demás. Y él se identificaba con el dios Khonsu, como identificaba a su padre con Ra.
               También le parecía importante el comercio con el Gran Verde, sobre todo con la isla de Creta y con la ciudad de Biblos. Creta tenía la flota más importante y producía una cerámica que, en Egipto se consideraba buena y práctica. Biblos abastecía de madera a Egipto y sus relaciones comerciales eran a veces consideradas como si se tratara de una ciudad sometida. En cuanto al mar Rojo, se comerciaba con Punt, que producía incienso y el comercio se realizaba por medio de un canal, que unía el Delta del Nilo con el Mediterráneo.
             Tal era la capacidad y el interés de Jakaura, que su padre, el faraón, decidió asociarlo con él al gobierno, para que aprendiera sobre la práctica. Además sus ideas le parecían realmente buenas. Ya se habían tenido en cuenta las capacidades de otros jóvenes de la casa real y la nobleza, pero ninguno parecía tan capaz como Jakaura.
            Y llegó el momento en que el príncipe debía tomar esposa. Tenía dieciséis años y ya se consideraba capaz de suceder a su padre. Lo mismo opinaban sus profesores y sus padres. Eligieron a Meretseger como esposa principal para Jakaura. Era una princesa de gran belleza y sabiduría, que fue considerada desde el primer momento como reina consorte y como gran esposa real. Su nombre significaba “la que ama el silencio"
 
Llegado el momento de asumir el trono, los dos esposos se preocuparon de mejorar en lo posible su reino. Era el año 1878 a.c. Y lo primero que hicieron fue centralizar el poder, nombrando visires de su plena confianza, en lugar de los nomarcas tradicionales. Mediante una burocracia eficaz y culta, que iban reclutando entre la clase media, con la única condición de que hubieran pasado por las escuelas de escribas, reorganizaron los gremios, llamados uaret. Todo bajo la supervisión de un gran visir, de total confianza para el faraón.
           Conquistó y dominó Kush, Nubia, a la que convirtió en provincia al final de su reinado. Sofocó sublevaciones en varias regiones y fortaleció los llamados Muros del rey, fortificaciones en los límites del reino, que proporcionaban una sólida defensa. También combatió contra el pueblo de Siquem.
    
             Dos años después de asumir el trono, la pareja real tuvo a su primer hijo varón, al que impusieron el nombre de Nemara. La gran madre real, Ueret, se ofreció para hacerse cargo personalmente de su primer nieto. Y los reyes aceptaron de buen grado, porque ella había educado a Sesostris y los resultados habían sido inmejorables.

            Ueret necesitaba distraerse, porque, al morir su esposo Senusert, la tristeza había invadido su alma. Después de los rituales del entierro, dedicó todas sus fuerzas y su entusiasmo a la educación de su nieto. Aunque murió antes de que el príncipe pasara a estudiar a las Casas de Sabiduría. El príncipe Nemara sería asociado al gobierno por su padre y reinaría desde 1841, a la muerte de Sesostris III. Tomaría el nombre de Amenemhat III. 
 
 
 

2.- Hiram I de Tiro
            Tiro era la más importante de las ciudades de Fenicia, fundada al mismo tiempo que Sidón, Biblos y Beritos, en el  III milenio a.c.

            Todos los habitantes de la ciudad de Tiro estaban de luto. El rey Abibaal acababa de morir. Las ceremonias para los funerales debían ser presididas por el nuevo rey, el hijo de Abibaal, que aún no había sido coronado como tal. El nuevo rey, Hiram, de 19 años, investido con los atributos de su padre, el manto de púrpura, la corona y el cetro, debía estar presente en la preparación del cadáver, el lavado ritual con agua y sustancias como incienso y mirra, hasta quedar libre de los miasmas de la vida y poder así entrar en el mundo de los muertos. El cadáver fue envuelto con el manto que había usado el rey en su última ceremonia de gobierno, y después fue adornado con sus joyas personales y sus amuletos.

            El interior de la sepultura fue también rociado con incienso, antes de colocar el cadáver, junto al que se colocaron los objetos personales del rey, su espada, el cuenco en que solía comer, y las estatuillas de sus dioses particulares, sobre todo, Baal, su protector, al que debía su nombre. Al lado del cadáver se colocó el tazón que había contenido el bálsamo y los aceites olorosos, con los que se ungía el cadáver, y que luego había sido purificado por el fuego. Después se cerró el sarcófago de madera, con la forma del rey difunto, sobre el que se colocaron las campanillas, que le protegerían de los peligros que amenazaran su alma, en su ascenso a los niveles superiores.
            El ataúd se colocó sobre una capa de cal y barro y se procedió al cubrimiento de la tumba. La tumba era una cista, alrededor de la cual desfilaron los familiares y amigos más cercanos del rey. La cabeza del rey difunto se colocó mirando al este, con los pies hacia el oeste, para que la luz solar lo guiara hacia su posterior retorno, siendo ya inmortal. El brazo izquierdo estaba sobre su pecho, mientras su brazo derecho se colocó a lo largo de su cuerpo. Junto a su cabeza, se colocaron cáscaras de huevo de avestruz, y junto a sus pies, los restos de varias cabras sacrificadas, como homenaje al nuevo ser que se reencarnaría, o quizá también para que sirvieran de alimento, durante el viaje hacia los dioses.
            El siguiente rito fue la presentación del muerto ante los dioses. Para ello se realizaron las libaciones rituales, con leche, agua, vino y aceite. Y entonces se cerró la tumba con una gran losa, sobre la que se echó tierra en abundancia, mezclada con trozos de cerámica de los vasos y cuencos que había utilizado el rey en vida. Sólo se abriría la tumba cuando muriera el siguiente rey. Hiram esperaba que pasara mucho tiempo antes de ello.
            Según las leyes vigentes, se dejaron pasar varios días hasta el momento de celebrar el banquete fúnebre. Hiram debía recordar las dos almas de su padre, la vegetativa y la espiritual, para que le guiaran en su labor de gobierno. Al lado de la tumba, Hiram tuvo que grabar su propio nombre, para avisar a los dioses de quién sería el siguiente en subir hacia ellos, y la imagen del barco funerario y de la cuadriga, por si quisiera viajar por tierra.
Hiram pensó que tendría que averiguar cuál era la aventura que le esperaba a su padre. Quería creer que su padre se lo revelaría, para avisarle de los peligros que pudieran surgir. Debía esperar la presencia de un gallo, que representaría el alma inmortal de su padre. No estaba muy seguro de que todo esto no fueran invenciones de los sacerdotes de Baal, a los que no tenía mucho respecto, porque le parecían brutales e incultos. No entendía cómo se podía viajar en barca y en cuadriga a la vez, ni creía demasiado en una vida que no podía ver con sus propios ojos.
            El gallo representaba al difunto, que volaba sobre la ciudad, para cuidar de ella, con los otros difuntos de la misma familia. Todo esto a Hiram le parecían historias para niños, pero, de momento, no podía decir nada, hasta que no fuera el rey coronado. Pensaba que la religión y las supersticiones debían ser revisadas, porque no se podía engañar de esa forma a los ciudadanos.
Tampoco tenía ganas de comer, porque él quería a su padre y todas estas ceremonias le molestaban, pero el protocolo le obligaba a hacerlo. Tenía que comer algo, aunque sólo fuera probar algo de cada alimento ritual.
            Pasado todo el ceremonial, se procedió a la coronación. Ese día sí le parecía importante. Era el año 969 a.c. y debía dar seguridad a sus súbditos, además de comunicar a todos los hombres bajo su gobierno que pensaba potenciar la ciudad hasta conseguir que fuera la más importante de la región de Fenicia, incluso más que su vecina Sidón, que hasta ahora los había eclipsado.
           Hiram, cuyo nombre significaba “de alto nacimiento” (חִירָם), decidió hacer una visita al recién nombrado rey de Israel, Salomón, famoso por su sabiduría y su prudencia. Era un hombre joven, como él, y estaba seguro de que se entenderían. Envió sus mensajeros, para preparar la entrevista. Si la alianza con Salomón se llevaba a cabo, Hiram podría acceder al mercado del Mediterráneo, que antes había sido dominado por Egipto, Arabia y Mesopotamia.
            Antes de esto, tendría que sofocar una rebelión en la región de Utica, al norte de África, en una colonia fundada por una de sus antepasadas, la reina Elisa. Para ello tendría que fletar sus barcos, capear las tormentas, frecuentes en el Mediterráneo, y conseguir coger al enemigo por sorpresa. Ya era un avezado guerrero y su inteligencia le proporcionaba ventajas, que no tenían sus enemigos.
            La alianza con Salomón fue muy fructífera, porque lograron crear una nueva ruta comercial y comunicarse con los lejanos países de Saba y Ofir, a través del puerto de Esyon-Gueber. Salomón necesitaba la fina madera de los cedros del Líbano y, a cambio, ofrecía el trigo y el aceite abundantes en Israel. La alianza se selló sin dificultades y los obreros de ambos reyes se unieron en la gran obra que estaba realizando Salomón, el templo dedicado a su dios Yahvé. Además de la madera, Hiram ofreció sus conocimientos de arquitectura y a sus mejores arquitectos, para que la obra se llevara a cabo en el menor tiempo posible y así agradar al todopoderoso dios de los hebreos.
La gran obra que planeaba Hiram para su patria era ampliar los puertos, uniendo las dos islas donde se asentaba la ciudad. En ella construyó un palacio real y un templo dedicado a Melkart y Astarté. La alianza de Salomón con la reina de Saba, les proveyó de oro y aceites balsámicos de gran valor, para proveer a sus templos de todo lo necesario. La reina de Saba se había enamorado de Salomón y fue a visitarlo, atraída por su fama de sabio. Ella también era considerada una de las mujeres más sabias de su entorno. La triple alianza estaba funcionando mejor de lo que podrían haber soñado.
La ciudad de Hiram estaba fortificada en medio del mar. Era más bien una línea de suburbios, usada como fuente de agua y madera para la ciudad de la isla, para el palacio y para el templo. Para ello creó una serie de cisternas, para almacenar el agua potable, y un sistema de corrientes subterráneas, que mantuvieran el agua en movimiento, sin posibilidad de estancamiento.
Y, sobre todo, facilitaba el comercio marítimo, que comenzó a extenderse hacia el oeste del Mediterráneo, llegando incluso hasta las columnas de Hércules, en la lejana y atrayente península ibérica. Ya el reino de Tarsis realizaba expediciones comerciales cada tres años y tenía tratos con los fenicios.
Una de sus ideas era unificar la religión, mediante el establecimiento de un solo dios, Melkart, como rey de todos los dioses. Astarté sería su amante o su madre, pero siempre una figura secundaria. Con ello quería asegurar la monarquía y relegar el poder de las mujeres, mediante el ejemplo de Astarté. Para conseguir todo esto, se nombró a sí mismo sumo sacerdote de Melkart, y a semejanza de las costumbres egipcias, se nombró también dios único, personificación de Melkart en la tierra.
Incluso creó ritos religiosos, por los que entre los meses de febrero y marzo, sucedía la muerte y resurrección del dios, semejando el ciclo de la agricultura. Reformó, para ello, el calendario, consiguiendo que las fiestas religiosas se fundieran con las fiestas agrícolas. Todo su reino aceptó las nuevas normas de la religión, sin protestas y con su interés puesto en el comercio, que iba mejorando día a día.
Tomó como esposa a una de las hijas del faraón Sheshong y tenía que dejar claro que la mujer fenicia no tenía la misma libertad que la egipcia. La reina debía estar en palacio y no exhibirse por las calles, como hacían las egipcias. Su esposa tuvo que adaptarse a su nueva situación, no sin antes protestar enérgicamente.
Las obras del templo de Yahvé en Israel atrajeron también a otros sabios arquitectos, cuya amistad proporcionaría a Hiram conocimientos suficientes para poder desarrollar su deseo de construcción para su propia ciudad. Tenía necesidad de mejorar hasta el infinito los recursos y la fama de Tiro. Además, su alianza con los hebreos, le ayudaba a mantener a los egipcios sin acceso a las zonas productoras de oro.
Ya se habían hecho con el monopolio de la púrpura, que sus pescadores recogían de los múrices, moluscos que se pegaban a la roca, como lapas, y cuyo jugo de un color rojo brillante, daba ese color característico a las telas, que, cada vez más, se usaban en los mantos reales y en las ropas de los personajes más relevantes de las cortes. Todo rey que se preciara de rico y poderoso utilizaba el tinte púrpura para sus mejores galas. También se hizo un trono de marfil con esfinges. El marfil lo proporcionaba Ofir y se puso de moda entre los reyes hacerse construir un trono con esas mismas características.
En un principio había sido aliado de los filisteos, pero, al renovar su alianza con David, padre de Salomón, envió fenicios que enseñaron a los hebreos el arte de la navegación y la construcción de buques. Su alianza con Salomón había librado a Tiro del peligro filisteo, potencia que interceptaba determinadas rutas comerciales marítimas. Hizo a Salomón un préstamo de 120 talentos de oro. A cambio de ello, recibió veinte poblados galileos, que devolvió, al ser saldada la deuda. Su contacto con los habitantes de Galilea le hizo conocer las necesidades del pueblo llano y así comprender mejor a sus propios súbditos.
En su expansión por el mar, fue llamado a sofocar una revuelta de los nativos de la ciudad de Kition, en Chipre. El resultado fue la ocupación fenicia de la ciudad y el aprovechamiento de sus recursos. Además, facilitó la expansión fenicia hacia el continente.
Tras 16 años de reinado, Hiram fue sucedido por Baal-Eser, en el año 919 a.c., que reinó durante 17 años. su hijo Baal-Eser era hijo de una mujer tiria, requisito indispensable para suceder en el trono al gran rey. De hecho, la esposa egipcia estaba relegada a un segundo término, porque así lo decían las leyes, que el propio Hiram había redactado y mejorado.
No quedan casi restos arqueológicos, que demuestren la veracidad de los relatos, pero la imaginación sirve para crear leyenda, donde no hay realidad, o ésta ha sido relegada al olvido. Lo que sí parece claro es que Hiram fue más importante que el propio Salomón, al que la Biblia de los hebreos quiso hacer más grande de lo que quizá fue.

3.- Midas   

Gobernó en Frigia entre 740 / 696 a.c.

El joven Gordio, un campesino, cuya única fortuna era un carro y una yunta de bueyes, había visto posarse un águila en el yugo y decidió preguntar al oráculo. En el camino, se encontró a una joven y se enamoró de ella. De esta unión nació Midas. Cuando el pequeño Mitti, como lo llamaban en casa, cumplió tres años, vio con interés y emoción el viaje que sus padres preparaban, para ir a la capital. Iban a vender sus productos agrícolas, en cuanto se recogía la cosecha.
Mitti no dejaba de hacer preguntas, porque nunca había salido de la pequeña aldea donde vivían, y ante él se abría todo un mundo de novedades. No dejaba de mirar los campos, los bosques, las personas con las que se cruzaban en el camino, pero, sobre todo, no dejaba de preguntar. Sus padres sonreían y le decían que debía tener paciencia, porque iban a comprarle un juguete nuevo, si tenían suerte y vendían sus mercancías.
A Mitti le encantaban los juguetes brillantes, que su padre le hacía con trozos de madera, y nunca dejaba uno solo de sus “tesoros”, aunque estuviera viejo o roto. Le gustaban mucho las flores, que su madre cultivaba en un pequeño jardín que tenían frente a su cabaña. Su madre le daba algunas veces una flor como premio por haberse portado bien y por haber comido lo que le mandaban.
            Los habitantes de la región de Frigia llevaban varios años sin rey y el oráculo de Zeus les había dicho que su rey debía ser un hombre que iría montado en un carro, con su esposa e hijo. En cuanto los vieron entrar en la plaza, lo nombraron rey, ante el asombro de la pequeña familia.
            Gordio aceptó el cargo y, como agradecimiento a Zeus, le ofreció su carro, que colocó en lo alto de la fortaleza, atando la lanza del carro al yugo con una cuerda, y con un nudo que nadie podría desatar, sólo el hombre que estuviera destinado a dominar el mundo entero. Así creía asegurar el dominio, sobre el resto del mundo conocido, de la región, que tan bien los había acogido. El nudo gordiano se haría famoso en todo el mundo, hasta que, siglos después, llegaría Alejandro Magno y conseguiría deshacerlo, cortándolo con su espada.
            El pequeño Midas estaba encantado. Había pasado de ser un niño sin patria a ser un príncipe, al que todos atendían y cumplían el más mínimo de sus deseos. Le encantaba jugar con objetos brillantes y con flores. Sobre todo le gustaban las rosas. Su padre mandó construir en palacio un jardín lleno de rosas, donde el niño se distraía y donde era feliz.
            Los frigios eran descendientes de un pueblo indoeuropeo, los brigios, de la región de Macedonia, que había invadido el Asia Menor y había conseguido destruir el poder hitita. Frigia era una tierra próspera, que destacaba por la agricultura, debido a las abundantes lluvias de las montañas circundantes. Además, era zona de paso para varias rutas comerciales. Gordio decidió aprovechar su situación estratégica, para enriquecer su nueva patria y hacer de sus súbditos gentes felices y prósperas.
            No se daba cuenta de que su propio hijo se estaba volviendo caprichoso y que ya no quería juguetes que no fueran de oro. Incluso había hecho que le fabricaran rosas de oro, que disponía en vasijas en sus habitaciones. Jugaba con la luz que desprendían y pasaba horas contemplando los juegos de luces.
            Su madre sí se había fijado en los gustos del niño y decidió hablar con Gordio. Como su origen remoto era una región de la Hélade, pensaron buscarle una esposa griega, si era posible una macedonia, porque las mujeres macedonias gozaban de la libertad de las espartanas y de la cultura de las atenienses.
            Y mientras el niño se hacía adolescente, encontraron una joven llamada Helena y la llevaron a vivir al palacio, para que fuera conociendo al joven Midas y supiera cómo tratarlo y ayudarlo a sentar la cabeza.
            Un día Midas estaba contando sus monedas de oro y lanzándolas al aire, para que fueran cayendo como si fuera lluvia, cuando le presentaron a Helena. Se enamoró de ella en cuanto la vio y pidió que la incluyeran en sus horas de juego. Sus padres sonrieron al comprender que su estratagema había dado resultado, de ahora en adelante, no sólo jugarían, también estudiarían juntos. 
            Y así pasaron varios años, durante los cuales Midas aprendió a leer y escribir en griego, y se dejó seducir por la religión y los misterios griegos. Le llamaba mucho la atención el culto de Cibeles, la diosa de la agricultura, y el ciclo de su historia, que se repetía cada año, coincidiendo con los ritos agrícolas. Pensó que, cuando él fuera rey, adoptaría el idioma griego y también a algunos de sus dioses.
            Cuando cumplieron la edad adecuada, los jóvenes Midas y Helena se unieron en matrimonio. Todo parecía felicidad, hasta que pocos meses después Gordio murió, posiblemente de una pulmonía, y su esposa tardó pocas semanas en seguirle. Midas nunca había pensado que tendría que vivir sin el amor y el consejo de sus padres y tuvo que hacer frente a su pena y al gobierno, que quedaba en sus manos.
            Por consejo de su esposa Helena, envió un regalo a Delfos, consistente en un trono de plata y oro. Con ello pretendían ganarse el favor del dios Apolo y, a la vez, dejar constancia de sus riquezas. Ello le servía para conseguir socios comerciales, como Asiria y Urartu y para llamar la atención de los griegos, que le dedicaron una leyenda en su mitología.
            Unos meses después nació la hija de Midas y Helena. Le impusieron el nombre de Zoe, para que diera vida de nuevo al palacio. Y así fue. Midas sólo quería estar con ella, dejando los asuntos de estado a Helena, que consiguió mejorar notablemente la administración y el comercio.
            Midas y Zoe jugaban contando monedas de oro y recogiendo rosas del jardín. Un día vieron a un joven, que se había quedado dormido en su jardín. Midas lo reconoció enseguida como Sileno, uno de los amigos favoritos del dios Dioniso, que se había quedado rezagado de su grupo y no sabía dónde ir. Lo invitó a quedarse unos días descansando en su palacio y Sileno aceptó. Después lo acompañó hasta que se reintegró a la comitiva del dios.
            Dioniso estaba tan agradecido que dijo a Midas que le pidiera lo que quisiera y, cuando Midas le pidió que todo lo que tocara se convirtiera en oro, el dios le dijo que lo pensara otra vez, pero Midas contestó que sólo el oro le hacía feliz. Así que Dioniso le concedió el deseo.
            Al día siguiente, Midas empezó a tocar todos los objetos que iba viendo en su palacio y todo se convertía en oro. Estaba contentísimo, hasta que quiso desayunar y notó horrorizado que los granos de uva, el vino, el pan, se convertían en oro. También se convirtió en oro una rosa que tocó, así como su gatita y, lo peor de todo, su querida niña Zoe.
            Entendió entonces por qué Dioniso le había dicho que lo pensara dos veces. Decidió rezar al dios, que le dijo que le quitaría el hechizo, pero que no tendría ya más oro. Podría recuperar sus rosas, su gata y a su hija. Midas aceptó y se dispuso a cumplir las órdenes del dios: bañarse en las aguas del río Pactolo, que desde entonces llevaría arenas auríferas.
            Midas obedeció al dios y vio cómo su hija se acercaba corriendo a abrazarlo. Aprendió la lección y se dedicó desde entonces a ocuparse del gobierno de su región. Lo primero que hizo fue mandar traer agua del río Pactolo y rociar todas sus cosas, que enseguida se convirtieron en objetos bellísimos, pero no de oro. Ahora sabía lo que realmente valía la vida, no las riquezas.
            Empezó haciendo escuelas, donde todos sus súbditos pudieran aprender griego. Le parecía que sólo el idioma y las tradiciones griegas eran dignas de pasar a la posteridad. Lo mismo hizo con la religión y los ritos religiosos, donde incluía los ritos funerarios. Llegó incluso a decidir cuál debía ser el banquete fúnebre, según la nacionalidad y categoría social del difunto.
            En cuanto a política exterior, fue contemporáneo de Teglatfalasar III, Salmanasar V y Sargón II. Instigó rebeliones contra Asiria, apoyando a Hama, Karkemish, Tabal, Gurgum, Kummukhu y Meliddu, hasta que fue atacado finalmente por Sargón. Midas, temiendo el poder asirio, le envió una embajada, declarándolo vasallo. Sargón se echó a reír, por la petulancia de Midas, que además estaba sufriendo conflictos con los cimerios, que destruyeron la capital Gordio. Más le valía asegurarse su propio reino, le dijo en un mensaje posterior.
            Uno de sus inventos más conocidos fue el famoso gorro frigio, que todos sus súbditos llevaban como símbolo de libertad. Quizá quiso emular con ello las hazañas guerreras del mítico Eneas, que había luchado en ayuda del rey Príamo de Troya. Sólo su esposa Helena conocía sus más íntimos pensamientos y seguramente influyó también en este tema.
            Pero lo más importante de la cultura frigia fue la música, que todos los niños y niñas debían aprender desde su ingreso en las escuelas. Creó el “modo frigio”, que luego sería adoptado por el canto gregoriano.

Su implicación con la música se demuestra con una nueva fábula, que cuenta cómo Midas fue juez en un certamen musical. El problema del certamen era que uno de los dos contendientes era el mismísimo dios Apolo, dios de las artes, en especial de la música. Se le enfrentaba el sátiro Marsias, que pretendía tocar mejor que el dios. Le tocó ser el juez a Midas, que se decantó por Marsias. El dios no quiso aceptar el veredicto y se enfadó tanto, que hizo que a Midas le crecieran orejas de burro, por no saber oír ni escuchar.
Midas se había aliado con el reino de Armenia, para sus luchas contra Asiria. Viendo ambos que no podrían vencer, decidieron ponerse bajo la protección de Asiria. Pero esto le hizo convencerse de que ya no tenía objetivo alguno en la vida y viendo que sus orejas de burro seguían, a pesar de que se las tapaba con el gorro frigio, decidió suicidarse con veneno.
            Su tumba fue encontrada con su nombre en un montículo de Ceres, la diosa a la que había dedicado parte de sus estudios. En la tumba se encontraron ricos ropajes, mobiliario y vajilla, con restos de comida del ágape funerario, como carne, vino y verduras.
Midas fue un rey histórico, no de ficción. Pero la leyenda siempre entra en las vidas de personajes pintorescos y el hecho de su amor desmesurado por el oro, hizo que se tejieran los hilos de su aventura con Dioniso.

4.- Balkis

            Situado en la actual Etiopía, en el Yemen, el reino de Saba estaba de fiesta, porque se celebraba la coronación de su joven reina. Sólo tenía trece años, pero su sabiduría e inteligencia habían decidido a sus padres a cederle el gobierno de la región. Su padre Yacerá, era hijo de Al-Hareth, de estirpe árabe. La niña ya había nacido con las estrellas de su parte, porque una conjunción de astros, en la que habían participado el sol y la luna, había dado un brillo especial a la noche del nacimiento de la niña.

            De raza sulamita, la niña había recibido los nombres de Balkis Makeda Nicaula. Ella prefería llamarse simplemente Balkis. Iba creciendo y sus preguntas dejaban a todos perplejos, porque nadie era capaz de contestar satisfactoriamente a la agudeza de su mente.

            Su piel de ébano relucía a la luz del sol y de la luna y su sonrisa era capaz de eclipsar a las mismas estrellas. Solía mezclarse con las gentes de su pueblo en el mercado y siempre tenía una palabra amable para todos y unas monedas para todo el que le pidiera ayuda. Todos la adoraban. De modo que el día de su coronación, todo el pueblo estaba de fiesta. Se habían repartido viandas hasta en las cabañas más alejadas de la capital Aksum, y se habían prometido varios días de fiestas.

            Mientras caminaba, sonriendo a todos los que le salían al paso, iba pensando en su sueño: conocer al rey sabio, Salomón, del que tenía noticias hacía ya varios años. Había pensado en varias preguntas, que le haría, pero, sobre todo, en acertijos, para asegurarse de que Salomón era tan sabio como se decía. Pensaba que quizás él se aburriría con su charla, pero luego rechazaba tal pensamiento. Él también era joven y tenía fama de recibir a sus visitas con agrado y solemnidad.

            Empezó a preparar el viaje, uniéndose a una de las caravanas, por medio de las que su pueblo comerciaba con Egipto, África y Arabia. La ruta de las caravanas llegaba hasta el mar Rojo. Los egipcios llamaban al reino de Balkis tierra de Punt y de él conseguían oro, piedras preciosas, marfil y especias, sobre todo, incienso y mirra. A Balkis le resultaba curioso que estos reinos casi pobres apreciaran tanto los productos que ella consideraba corrientes. Aunque también se deba cuenta de que su reino carecía de productos fundamentales, como el trigo, el aceite o el vino, que tan abundantes eran en el reino de Salomón y que ella importaba.

            Decidió entonces llevar grandes cantidades de oro y piedras preciosas, hasta cuatro toneladas y media de cada, además de joyas y grandes colmillos de marfil. El viaje se inició. Se suponía que iba a ser largo, pero a Balkis no se le hizo pesado, porque esperaba su gran recompensa, conocer al rey de Israel. Por fin llegaron a las puertas del palacio. Cuando fue llevada ante el rey, una multitud de esposas reales la observaban con curiosidad. Su juventud, su belleza y la luz de sus ojos no permitieron que nadie se moviera. No se oía ni un susurro.

            La famosa reina de Saba empezó haciendo una pregunta, sin que Salomón hubiera pronunciado ni una palabra. Pero su majestad parecía darle autoridad para ser la primera en hablar.

-          ¿Cuál te parece la estrella que debe dominar los cielos?

-          El sol o las estrellas, contestó Salomón, porque la luna es un simple reflejo de cualquier estrella.

-          Estoy de acuerdo, dijo Balkis. ¿Y cuál te parece más importante, el sol o las estrellas?

Salomón esperaba la pregunta y contestó enseguida.

-          Depende de si estamos hablando del día o de la noche.

Balkis estaba asombrada por la respuesta del rey. Nadie había sabido contestar a una pregunta tan fácil para ella.

Siguió preguntando:

-          ¿Y tú crees que la luna tiene algún poder sobre los hombres?

-          No lo sé, confesó tranquilamente Salomón, pero sí he observado que tiene alguna influencia en las mujeres, en su ciclo mensual y en los embarazos.

Espléndido, pensó Balkis, que un hombre se preocupe de lo que le sucede a sus mujeres, teniendo tantas. Entonces notó una mirada fija en ella: era la mirada de Hiram de Tiro, que había ido a ayudar a Salomón en la construcción de un templo para el todopoderoso dios de los hebreos. Se dirigió a él entonces, pero fue Salomón el que habló de nuevo:

-          Hiram es arquitecto y sabio. Te mira porque son pocas las mujeres que se atreven a hablarnos de igual a igual y, si hay algo que admira mi amigo es la sabiduría y la valentía.

-          Lo mismo que yo, contestó Balkis.

Le parecía realmente extraordinario encontrar a dos hombres sabios juntos, y más siendo amigos. Pero era lógico que hubieran sabido conjuntar sus posibilidades, Hiram con sus maderas preciosas y sus conocimientos de arquitectura, y Salomón, con sus recursos agrícolas. Se decía además que Salomón tenía un anillo mágico, que hacía que sus deseos se cumplieran, aunque cada deseo le costaba un tiempo de su vida.

Pero todo aquello eran habladurías, así que decidió probar ahora con acertijos.

-          La pregunta es ahora para los dos, si alguno de vosotros quiere contestarme: ¿creéis que hay algún poder superior a nosotros, que dirija el mundo, por encima de nosotros?

-          Si te refieres a un dios, contestó Salomón, sí creo que hay un dios supremo, pero creo que quien dirige todo es la mente, y no conozco más que la mente humana. ¿Crees tú que hay una mente que dirige los fenómenos naturales y nuestros propios actos?

-          ¿Quieres decir una mente que ha creado todo y ha organizado todo?

-          Sí, dijo Salomón, admirado por la perspicacia de Balkis.

-          Puedes darle el nombre que quieras, dijo Balkis. Yo lo llamo Sol y tú Yahvé, pero es la misma fuerza.

Pasaron varios días e incluso noches hablando de temas transcendentales. Balkis pensaba en todo ello, cuando estaba sola, y llegó a la conclusión de que Salomón tenía razón, sólo había una mente superior, tuviera el nombre que tuviera.

Tras varios meses de estancia en la corte judía, Balkis decidió volver a su tierra. Pensaba convencer a sus súbditos de la utilidad de un dios único. Volvía además con un regalo para su patria: un hijo. Había compartido todo con ambos reyes, Salomón y Hiram, pero no pensaba decir de quién era su hijo. Esta vez el viaje se le hizo más incómodo, sobre todo, porque ya había comenzado el verano. Sólo quería llegar, presentar a su heredero ante sus súbditos y educarle ella en persona. Seguía sin fiarse demasiado de los hombres y menos de todas sus esposas. Soñaba con que algún día su hijo Menelik fuera rey de Saba y de Israel.

Cuando cumplió los veinte años, Menelik visitó a Salomón, y le mostró el anillo mágico, que él le había regalado a Balkis. Menelik no tenía intención de quedarse, pero ofreció su ayuda económica a su padre. El reino de Israel pasaba por malos momentos, entre otras cosas por la sucesión al trono, que se disputaban varios de los hijos de Salomón. También las creencias religiosas se tambaleaban, por lo que Salomón pidió a Menelik que se llevara el mayor tesoro de su reino, el Arca de la Alianza. Le parecía que era la única forma de protegerla y proteger su religión.


Menelik hizo florecer su reino con avanzadas técnicas de irrigación, con la presa de Marh y con jardines floridos. Quizá habría aprendido la técnica agrícola de sus amigos israelitas. Su religión siguió siendo monoteísta y en sus fronteras se admitía y ayudaba a todo el que admitiera la existencia de un solo dios. 



5.- Coleo de Samos   

          Corría el s. VII a.c. El Mediterráneo se llenaba de barcos y flotillas mercantes, que hacían sus rutas comerciales, manteniéndose siempre cerca de la costa, para evitar ser atacados por piratas o por los barcos de otras potencias comerciales, que incluso difundían historias de monstruos marinos en ciertas zonas del mar interior, para que otros no recorrieran esas zonas y poder monopolizar ciertos productos. El ingenio de los mercaderes, así como la pericia de sus marinos, era su mejor moneda de cambio.

El Icaria, con bandera de Samos, navegaba plácidamente junto a las costas de Libia, cuando el timonel vio una isla en el horizonte y le pareció vislumbrar a alguien que hacía señas desde la playa. Se lo comunicó a su capitán, Coleo de Samos, conocido por su experiencia en el mar, además de por su valentía y buen corazón. Coleo ordenó enseguida a sus remeros acercarse a la isla, a la que saltaron encantados de poder pisar por unas horas tierra firme.

            El hombre al que habían visto desde alta mar se acercó gritando de alegría y con las palmas extendidas hacia arriba, en señal de paz y buena voluntad. Coleo observó todo lo que se podía ver de la isla, y llegó a la conclusión de que el hombre estaba solo. Sus remeros, todos hombres libres, como solían ser los marineros griegos, se apresuraron a sacar un barril de vino y empezaron a buscar frutos y bayas, para su primera comida del día, porque ya rayaba el alba. Ya buscarían más tarde agua potable, si es que había en esa isla, o algún animal de caza, para hacer una buena comida.

            En respuesta al saludo del náufrago, Coleo de Samos se presentó, como mercader de origen griego, puesto que Samos era una isla situada en las costas de Asia Menor, cuyos habitantes habían sido colonos de origen griego. Samos se hallaba muy bien situada en la ruta comercial con Egipto, por lo que sus gentes eran bastante ricas y sus mercaderes intentaban continuamente nuevas rutas comerciales, casi siempre con bastante buena fortuna.

-          Yo soy Coribio de Itaros, contestó el hombre. Sólo puedo ofrecerte un poco de ave, asada al fuego, porque en esta isla no hay caza, o, por lo menos, yo no la he descubierto, a pesar de que llevo aquí casi dos semanas.

-          Te agradezco mucho tu ofrecimiento y compartiré encantado tu comida. Yo tengo vino, que acaban de descargar mis hombres. Podemos brindar por nuestro encuentro, porque es la primera vez que encuentro a alguien, que haya naufragado.


-          Realmente no soy un náufrago. Estoy aquí esperando la vuelta de mis compañeros, que deberían estar de regreso ya. Supongo que algo les ha ocurrido, porque sólo iban a la isla de Thera y me dijeron que volverían  enseguida.


-          ¿No es la isla de Thera la que se ha hundido por causa de una erupción volcánica y el consiguiente maremoto?

La expresión de Coribio demostró a Coleo que no sabía nada del suceso en Thera.

-          No es posible. Hace tan sólo trece días que salí de allí con cinco compañeros. Habíamos ido a consultar el oráculo de Delfos, y una tormenta nos arrastró hasta aquí. Como considerábamos que estábamos bastante cerca,  decidimos que yo me quedara y ellos llevarían noticias a Thera y volverían con otras familias.
-          Pues debes ser el único que no sabe lo sucedido. Todas las islas del Egeo han sido arrasadas y tragadas por el mar. Creo que deberías venir con nosotros, porque no creo que tus compañeros vuelvan.
-          Creo que mi deber es esperar aquí unas cuantas semanas más. Sólo te pido que me dejes, si te es posible algunas provisiones y agua potable, porque aún no he conseguido encontrar ninguna corriente de agua dulce.
-          ¿Y si tus compañeros no vuelven?
-          Entonces confiaré en Posidón, para que tú vuelvas a pasar por aquí, o cualquier otro barco en su ruta mercantil.
-          ¿Y si no son gentes amigables?
-          Sólo temo a los fenicios y a los persas, que además de estar en guerra entre ellos, arrasan todo lo que encuentran a su paso. Pero ya me he preparado un refugio lo suficientemente escondido para que no me encuentren.
-          Pero a nosotros nos hiciste señales, pidiendo ayuda, o eso interpretó mi timonel.
-          Supe enseguida que erais griegos, por la bandera de Samos. Por eso me confié. Pero reconozco que me precipité. Podía haber sido un engaño y ahora estaría muerto.
Coleo miró detenidamente a Coribio. Le parecía un hombre culto, y le había causado buena impresión su acento griego, quizá procedente de Creta. Creta también era una potencia comercial, aunque sus mercantes se dedicaban a raptar prisioneros, para su mercado de esclavos en Kition. Pero no entendía su excesiva confianza ante extraños. La experiencia de Coleo le decía que no podía fiarse de nadie y aquel hombre le resultaba demasiado confiado.
-          ¿Conoces las rutas comerciales, o alguna que no sea demasiado transitada en el mar interior?
-          Sí, porque Thera está, o estaba, cerca de las más importantes islas. Conozco una ruta, que te sería de gran utilidad y que creo que no está al alcance de cualquiera. Si no salgo de aquí, me gustaría dejársela como herencia a un griego, porque yo no tengo hijos. Por ello te haré un mapa y te daré las instrucciones para que puedas seguirla sin peligro. A cambio sólo te pido que me dejes suficientes provisiones para unos cuantos meses.
Coleo se dispuso a escuchar a Coribio. De todas formas pensaba dejarle provisiones para un año, por lo menos, y luego le enseñaría cómo pescar, aunque no tuviera utensilios ni barca de pesca. El Icaria podía recalar en playas desiertas y reponer sus provisiones con más facilidad de lo que muchos pensaban. Pero antes quería saber por qué Coribio y sus compañeros habían ido a preguntar al oráculo de Delfos.
            Coribio empezó su relato en el momento en que los habitantes de Thera descubrieron que las tormentas no cesaban y que, a veces, eran tormentas de fuego y granizo, lo cual estaba destrozando las cosechas, que, por otra parte, no eran demasiado abundantes, debido al terreno volcánico de la isla.
Fue entonces cuando decidieron consultar a Delfos. Y Delfos había contestado que las desgracias acabarían cuando fundaran una colonia en las costas de Libia, en honor de Atenea. Coribio guió a cinco ciudadanos hasta la costa libia, donde fundaron la ciudad de Cirene, como una nueva Thera. Llegaron a la isla donde él está ahora y levantaron un altar a Atenea y los cinco ciudadanos volvieron a Thera para traer colonos. Pero no habían vuelto y Coribio piensa seguir esperando.
Entonces empieza a hablar de Tartessos. Coribio conoce Tartessos porque él era piloto del príncipe Sicarhrbas de Tiro y ha visitado la región en varias ocasiones. Le hace un mapa sobre la arena, que Coleo se apresura a copiar en papiro, que tiene en su barco. Le cuenta que pocos se atreven a traspasar las columnas de Hércules, para llegar al mar exterior.
Ante el asombro de Coleo, Coribio le asegura que hay un mar exterior y que hay una civilización muy adelantada. Nadie lo conoce ni lo cree, porque los fenicios se han encargado de difundir historias de monstruos, para que nadie les quite el comercio con Tartessos y el mar de los atlantes.
            Además del mapa, le da consejos, como navegar de noche, para no encontrarse con fenicios y guiándose por las estrellas, sobre todo la Osa Menor, llamada Phoenikón por los propios fenicios. Si sigue las instrucciones, tardará 50 días en llegar a las columnas de Hércules, a una velocidad de 500 estadios diarios. También le habla de las corrientes del Estrecho y cómo evitarlas. Al llegar al paso, debe esperar el viento de Levante y no navegar por el centro, hasta llegar a Gadir.
            Reconocerá Gadir por los siete faros y los siete altares a Hércules, situados en Calpe, Melaria, Baelo, Baessipo, Mergablum, el templo de Melqart y el santuario de Baal Hammón. Frente a las islas gaditanas, verá el lago ligur y Tartessos.

Debe evitar el triángulo de bases tirias de Cartago y Gadir. Le dice que los tartesios son hospitalarios, buenos marinos, ricos en metales, caballos, olivo y vid. Es como el Jardín de las Hespérides de la mitología griega. Por fin le aconseja que no revele a nadie el secreto, porque enseguida le tomarían la delantera y tratarían de matarlo.

            Antes de partir, Coleo le habla de las tensiones entre persas y fenicios y le promete volver y mantenerlo informado o convencerlo para que se vaya con ellos. Después de reunir a sus hombres, Coleo se va feliz en el Icaria, dispuesto a dirigirse a occidente. Según las instrucciones de Coribio, debe pasar por Pithyussa, Melossa, Kromiossa, Ophiussa, Formentera, Calpe, Gibraltar, Avyla y Ceuta, hasta llegar al  río Tertis (el Guadalquivir). No deja de asombrarse de los conocimientos de Coribio.
Coleos habla varias lenguas, por lo que no le será difícil entenderse con los habitantes de la región de Tartessos. Es un hombre franco, pero su único interés es el negocio. Además de comerciante es armador y pretende negociar una ruta entre Samos y Tartessos. Además, quiere averiguar la ruta de las islas Afortunadas, Circe, Calipso y Syrie, otro de los secretos tartesios, adonde el rey Argantonio está enviando colonos.
Con todos estos proyectos en la mente, Coleo pone rumbo a Tartessos. Llega a su destino sin dificultad, gracias a los consejos y al mapa de Coribio. Y, efectivamente, es recibido con amistad y hospitalidad por Argantonio, el rey actual de Tartessos. El mercado es floreciente y fácil para un mercader avezado como Coleo.
Pasa varios meses en Tartessos y ya se considera amigo personal del rey. Una noche, después de cenar, Argantonio le cuenta que se siente amenazado por las potencias fenicias. Además, ha sido secuestrada la sibila de la luna, Anna y Colaios piensa que su rapto tiene que ver con un complot para desestabilizar el comercio de Tartessos. Suponen que ha sido llevada a Kitión, en Chipre, al mercado de esclavos, porque sabe algo sobre el complot de Turpa y puede adivinarlo, con sus dotes adivinatorias. Coleo se ofrece a ayudar, en la medida de sus posibilidades. Su bandera de Samos le ayudará en la misión. Además, Coleo negociará una alianza comercial entre Turpa y Samos.

De acuerdo con uno de los consejeros del rey, Coleo se dirige a Kitión, donde están celebrando el festival del maíz. Allí se reúnen mercaderes de Grecia, Asiria, Egipto, Palmira, Frigias y Mesopotamia. Es el mejor lugar para vender a buen precio a una sibila.
            El rey Argantonio no está muy seguro de que se pueda sellar una alianza entre Turpa y Samos, pero Coleo le dice que él se encargará y que además averiguará las intenciones persas. El rey piensa que quizá sólo quiera ir a buscar a la sibila, para su propio interés, no el interés de Tartessos. Es un hombre confiado, pero teme por su reino.
            El Icaria zarpa del puerto de Turpa, tras sacrificar un toro negro y otro blanco a Posidón. No podía creer lo que había ganado, más de sesenta talentos de plata (unos 150 kg.) Coleo decide presentar un magnífico exvoto a la diosa Hera, patrona de Samos, como agradecimiento a su empresa, pero, además, piensa repetir la experiencia, porque las tierras tartesias le habían parecido ricas y sus habitantes bastante hospitalarios. Al ser el primer griego en viajar a la península Ibérica, entró a formar parte de las leyendas griegas e ibéricas.
Llevan su ofrenda a Hera, un vaso de plata repujada por el orfebre Rates, el mejor de la región de Tartessos. Al pasar ante Gadir, una flotilla de doce naves sigue al Icaria, como si fuera una flota comercial. Recalan en Sicilia, en la ciudad de Mesina, y hacen un sacrificio a Venus Ericina. Una flota fenicia empieza a seguirlos y Coleo decide dirigirse a Creta. Allí va a la cueva sagrada de Psycro, donde se adora a la madre tierra y donde la pitia dice el porvenir a los navegantes. Todos se fían de ella, porque tiene una amplia red de espías por todo el mar interior. La sibila le dice que todas las sibilas están amenazadas por las potencias comerciales, sobre todo por los fenicios. Nadie sabe nada de la sibila de la luna de Tartessos.
            Vuelve a Samos y decide ir a Mileto, al oráculo de Dídime. Allí le dan un elixir, que le hace soñar, inducido por la diosa infernal. El oráculo le dice que la voz de la luz es ahora la voz de las tinieblas en el reino del Ocaso. Piensa que la sibila está muerta. Entre los peregrinos, hay uno que dice que ha visto a un traficante de esclavos con una dama de alta alcurnia, procedente de Turpa. Hay alguna esperanza, aunque el mismo hombre les dice que la dama enviaba mensajes a Cartago.
            Coleo piensa que la sibila de la luna se ha vendido a los fenicios y decide volver a Tartessos, para darle estas noticias a Argantonio. En su ruta, vuelve a pasar por la isla de Coribio, que sigue esperando a sus compañeros. Ya no hay esperanza de que puedan volver y Coleo le convence para que embarque con él. Coribio, al fin, decide embarcarse hacia Samos, con la promesa de Coleo de que volverá a realizar un viaje más a Tartessos.

6.- Habis de Tartessos
 
            El reino de Tartessos comprendía casi todo el sur y parte del levante de la península ibérica. Desde el s. XII a.c. fue visitada por cretenses, griegos, etruscos y fenicios, por sus tesoros de metales preciosos, su progreso técnico y cultural, su próspera agricultura y su osada navegación, que llegó a extenderse por el mar exterior, sin temor a las leyendas de seres monstruosos que poblaban el mar de los Atlantes.
 
            Fue llamado el reino del Ocaso, por ser las tierras más occidentales que se conocían y se dividía en siete nobles castas. Uno de sus últimos reyes fue Gárgoris, tristemente célebre por su comportamiento con sus súbditos. Le siguieron dos reyes tan buenos, que sus hechos han llegado a la historia, mezclados con la leyenda. Fueron Habis y Argantonio. Alrededor del s. VI a.c. se perdió la potencia comercial de la región y el floreciente reino de Tartessos llegó a desaparecer.
El rey Gárgoris era temido y odiado por sus súbditos, los cunetes, uno de los pueblos de Tartessos. Lo mismo pasaba con su familia. El único mérito que le concedían era haber inventado la apicultura en la región. Sólo sus guerreros personales tenían privilegios, y hacían lo que querían con los otros habitantes de la ciudad, sobre todo con las mujeres, a quienes trataban de forma vejatoria. Su propia hija le tenía tanto miedo que no se atrevía a protestar, cuando su padre la obligaba a acostarse con él.
Un día Gárgoris llamó a su hija, a quien la leyenda llamó Sibis.
-          He pensado que seguirás siendo mi concubina, pero no permitiré que te quedes embarazada, porque eso sería una ofensa para mi honor.
-          Esto es lo que siempre te digo, que tu honor ya está en entredicho, se atrevió a decir Sibis. Pero tu orden llega tarde, porque estoy embarazada.
-          Entonces tendrás que vivir encerrada hasta que des a luz y luego te desharás del bebé, o yo haré que lo maten. No permitiré que nadie se entere. Y estás avisada, si no cumples miss órdenes, morirás.
Sibis tuvo a su bebé, al que llamó Habis. Su padre, no contento con quitarle al niño, mandó abandonarlo en un cerro cercano a un cubil de fieras. Pero las fieras lo adoptaron como propio y lo amamantaron y protegieron de otras fieras más peligrosas. Gargoris, al saber que su nieto no había muerto y que crecía fuerte y feliz, después de un año, ordenó que fuera puesto en el camino de una estampida de vacas, pero tampoco resultó, porque las vacas variaron su camino, como si alguien las dirigiera y no dañaron al niño, que se divertía al verlas pasar. 
Nuevamente se puso a prueba al destino, que no quería perjudicar al niño. Habis se hizo amigo de una jauría de perros salvajes y de cerdos hambrientos, en cuyo camino fue colocado. Viendo que el niño seguía vivo, Gárgoris ordenó arrojarlo al mar. Un delfín apareció en las playas del río Guadalquivir, trayendo al niño de vuelta. Nunca se había visto un delfín a las orillas del río y las gentes empezaron a pensar que el niño era de origen divino, y más cuando vieron que una cierva lo adoptaba como propio.
La princesa Sibis no pudo soportar por más tiempo los sobresaltos que se llevaba, cada vez que se enteraba de los atentados contra la vida de su hijo y murió de pena, aunque sospechaba que su bebé sobreviviría a todos los peligros a los que le arriesgaba su abuelo. Además había oído decir que el niño se llamaba Habis. Quizá alguna de sus siervas había revelado el nombre, que ella le había impuesto al niño al nacer.
Todo el mundo empezó a quererlo, a pesar de que se convirtió en un hábil bandolero, para poder comer y llevar una vida al margen de los animales. Formó un grupo de jóvenes, abandonados como él, que robaban en los campos y lugares cercanos a las ciudades.
Los campesinos, hartos de perder algunos de sus animales y parte de sus cosechas, lo apresaron como responsable del grupo y lo llevaron ante el rey. Se celebraba el juicio, cuando Gárgoris interrogó al preso:
-          No sé quién eres, pero tu rostro me resulta conocido. Identifícate.
-          Me llamo Habis. Sólo sé que tengo un lunar en el hombro, con forma de corona. No conocí a mi madre, y mucho menos a mi padre.
-          Ese lunar has podido hacértelo tú mismo. Es la señal de la familia real. ¿Pretendes retarme?
-          No tengo ningún interés en pertenecer a la familia real, porque me parece que todos sois malvados. No os ocupáis de vuestros súbditos y el pueblo pasa hambre. Por eso tenemos que robar, para poder sobrevivir.
-          ¿Cómo te atreves a hablarme así, siendo tú un malhechor?
-          Porque tú ya me has sentenciado. Si voy a morir, prefiero hacerlo diciendo lo que pienso.
El rey, al ver su determinación, reconoció las palabras de su propia hija, que él sabía que era la madre del joven, por su parecido con ella. Admirado por los peligros que había sufrido y de los que había salido ileso, consideró que era digno de ser su heredero. Reunió a sus consejeros y nombró a Habis heredero del trono. Pocos días después, Gárgoris sufrió un infarto y murió.
Desde ese momento, Habis, como nuevo rey, decidió que el pueblo llano no pasaría los apuros que había pasado él y dio un fuerte impulso a la agricultura, inventando el arado. Reformó también los sistemas de riego de los campos y la distribución de agua. Su mayor interés era que todos tuvieran lo suficiente para vivir, sin tener que mendigar o robar.
En cuanto a los ciudadanos, estructuró la sociedad, dividiéndola en siete clases, por orden de capacidades intelectuales y manuales. Sus leyes fueron consideradas las más justas de todo el mundo conocido, porque reconocía los derechos de todo hombre y mujer a ser tratados por igual ante la élite. Organizó las labores serviles, de modo que fueran llevadas a cabo por la clase inferior, aunque se podía pasar de una clase a otra con esfuerzo e inteligencia.
            Estando en su pleno poder, el rey de Tartessos era considerado el símbolo de la felicidad, la fortuna y el buen gobierno. Habis reunió al consejo real, formado por los diez jefes de tribus y convocado en Asta por el mensajero vestido de azul y tocando la tuba. El sacerdote de Posidón espolvoreó las cenizas del toro sagrado, sacrificado en las fiestas. Acto seguido, el mayordomo real dio el turno de palabra a los oradores. El primero en hablar fue Habis.
 
-          Vamos a votar las alianzas para el comercio. ¿Qué pensáis que debemos hacer?
-          Mi opinión es que demos preferencia a los griegos frente a los fenicios, porque, si Tiro cae en poder de los persas, Gadir sufrirá las consecuencias, dijo Arbal, el jefe de la flota tartessia.
-          Me parece buena idea, pero el comercio de la púrpura es el que más beneficios nos reporta, contestó Casis, el jefe del gremio de los comerciantes. Si damos preferencia a los griegos, Gadir se opondrá, y no nos conviene enemistarnos con Gadir, que enseguida buscará apoyo en las otras ciudades.
-          Ambas opiniones me parecen prudentes, dijo Habis, debemos votar. Traed las urnas.
 
Las votaciones se hacían mediante piedras rojas y blancas, que los votantes echaban en una urna de marfil: si la piedra era blanca, significaba que se aceptaba la propuesta; si era roja, se rechazaba. Así conseguían una especie de democracia, aunque sólo votaban los ciudadanos de las cuatro primeras clases, representados en los diez componentes del consejo. Una vez realizada la votación, salió la propuesta de Arbal.
 
-          Espero que no nos equivoquemos, dijo Casis, aunque acepto la          decisión de la mayoría. Los griegos sólo quieren nuestros metales y ellos ofrecen productos que tenemos aquí de igual o mejor calidad, como el aceite y el vino.
-          Es cierto, dijo Habis, aunque hay algo que sólo los griegos nos pueden dar, su experiencia para comerciar con sus colonias en Asia Menor y en las islas del Egeo. Además su carácter aventurero puede más en ellos que el afán de riqueza de los fenicios. Pasemos al siguiente tema.
 
Los reyes anteriores encargaban llevar la semilla tartesia a otros lugares para evitar que su civilización desapareciera, acosada por la codicia extranjera. Uno de los primeros reyes llamado Nórax había tratado con los griegos y colonizó Sardinia, donde fundó Nora. Desde allí pudo comerciar con Micenas y con el resto del Egeo. Los focenses comerciaban con el ámbar y el estaño de los bretones de Massilia y llegaron a fundar Mainake, en la actual Torre del Mar, en Málaga.
 
-          Ahora debemos tratar sobre una alianza con el sufete de Gadir, Zakarbaal.
-          Explícanos algo sobre sus últimas alianzas y sobre sus intereses más acuciantes, pidió Habis a su jefe de diplomacia, Dríos.
-          Han tenido noticias de nuestras dos minas de Cástulo y Bakenor, contestó Dríos, y creo que pretenden pedirnos una concesión para explotarlas, pagando un buen precio por ello.
-          Esas minas nos reportan mil talentos de plata al año. Si les alquilamos la explotación de una de ellas, tendrán que pagar, al menos, los intereses de la mitad de su producto, explicó Esus, el jefe de economía. Nosotros, en cambio, podemos emplear a nuestros trabajadores en los yacimientos de Massilia. Eso podría duplicar nuestras ganancias anuales.
-          Pues pasemos a la votación, dijo Habis. Mañana quiero que estudiemos unas reformas administrativas que he preparado.
 
La votación fue nuevamente favorable a firmar un tratado con Gadir. Para sellar las decisiones tomadas, sacaron la tésera de la alianza, firmada por los antepasados de todos los clanes de la Turdetania. La tésera era una lámina de bronce, donde se anotaban todos los tratados desde la fundación de la nación tartessia. Tenía forma de puzzle, y sus piezas encajaban para formar una piel de toro. Una vez escritos los acuerdos, se derramaba sobre ella la sangre del toro ceremonial, sacrificado a Posidón. Por último firmaban todos los presentes.
 
Habis reformó todo tipo de comportamientos sociales y administrativos. Fue un rey querido y admirado y su longevidad fue proverbial, puesto que se creía que era debido a su origen divino. Él se reía de su supuesto origen divino y explicaba siempre que su buena salud se debía a su dieta, sólo de productos mediterráneos.
 
Siendo ya muy anciano, dejó como heredero a Argantonio, que se creía que era su hijo. Habis ya intuía las conspiraciones que sufriría su reino y que heredaría Argantonio. Y consideraba que era un joven con suficiente capacidad para enfrentarse a cualquier tipo de problema.
 
Aunque el reino de Tartessos fue el más grande, culto y desarrollado  del occidente mediterráneo, acabó desapareciendo al morir Argantonio y su cultura fue ignorada por los siguientes pobladores de la zona. Hay indicios de una cultura heredera de la tartessia, más allá de las columnas de Hércules, en los dominios de los Atlantes.
 
Ésa será otra historia.
 

7.- Creso

            Al anciano Creso ya sólo le quedaban los recuerdos. Vivía en la corte persa de Ciro II el Grande, en Sardes, la que había sido su capital; no le faltaba de nada, pero añoraba su libertad y su anterior felicidad.

Tenía que reconocer que se había equivocado con algunas personas, sobre todo con su hijo mayor, Bastis, al que había despreciado por su minusvalía. Bastis tenía una malformación en el pie izquierdo, por lo que cojeaba ostensiblemente. Además era sordomudo, lo que hizo pensar a Creso que no era inteligente.

            Ahora quien vivía con él era su nieto, hijo de Bastis, un niño encantador, que seguía a su abuelo a todas partes, y al que todas las noches contaba una historia. Iba desgranando ante su nieto la historia de su propia vida, a la vez que le aconsejaba, para que no se equivocara como él. El pequeño Bel le escuchaba embelesado y hacía tantas preguntas, que Creso tenía que decir que ya era hora de dormir y prometer que seguiría al día siguiente.

      -          Abuelo, cuéntame otra vez cómo te hiciste rey.

-          Pues verás, yo ya era un hombre casado y ya tenía dos hijos, que daban mucha más guerra que tú. Tu padre era más tranquilo, pero tu tío Atis no paraba de revolver todo lo que encontraba en su camino. Tu abuela era una mujer bellísima, se llamaba Deyanira y sólo con verla, yo me sentía el hombre más feliz del mundo

-          Ya he visto retratos de mi abuela. Dicen que me parezco a ella.

-          Es verdad, te pareces mucho a ella.

-          ¿Por eso me quieres tanto? ¿Te parece que la estás viendo a ella, cuando me miras?

Creso dejó resbalar una lágrima, porque era cierto lo que decía el niño y, además, era tan inteligente como ella y como su padre Bastis. ¿Por qué no había sabido ver la inteligencia de su hijo mayor? Tendría que compensarlo amando a su nieto.

-          Cuéntame cómo fue tu coronación, y por qué tuviste que esperar a que muriera tu padre, insistió Bel.

-          Era el año 560 yo tenía 35 años y ya ayudaba a mi padre Aliates en el gobierno. Así había sido siempre en la dinastía Mermnada. Tenía la suerte de que mi esposa Deyanira se ocupara de que nuestra casa fuera cómoda y artísticamente decorada, de forma que, cuando yo volvía, después de un día de duro entrenamiento en el campamento, me sentía tan a gusto que me costaba volver a marcharme al amanecer.

-          ¿Te gustaba la guerra?

-          Claro. Lo que no me gustaba era el trabajo administrativo, pero era obligatorio, si quería seguir perteneciendo al consejo real.

-          ¿Hubo muchas ceremonias para coronarte como rey?, insistía el niño.

-          Primero tuvimos que celebrar las ceremonias de los funerales de Aliates. Era largo y pesado, pero era necesario. Yo tenía que ir vestido con el manto real. Cuando estaba ya enterrado, se celebró un desfile de todas las tropas, que me juraron su lealtad.

-          Eso me parece muy interesante. ¿Iban contigo tu esposa y tus hijos?

-          No. Sólo iba mi lugarteniente, llevando mi espada y mi escudo. Fue emocionante. Cuando todo terminó, tu abuela estaba esperándome en casa con un refresco de menta, que era lo que más me gustaba beber.

-          ¿Y qué dijeron mi padre y mi tío?

-          Nada, porque ya estaban durmiendo. Como tú debes irte ya a dormir. Ya es muy tarde.

-          Prométeme que mañana seguirás.

-          Te lo prometo.

La misma escena se repetía todas las noches, cuando el pequeño Bel, a pesar de estar casi vencido por el sueño, quería saber más de su abuelo y de cómo había sido el reino de Lidia, cuando aún no estaba dominado por los persas.

-          Hoy quiero que me cuentes algo de mi tío Atis. No llegué a conocerlo, pero mi padre hablaba de él con mucho cariño, dijo Bel la noche siguiente.

-          El recuerdo de Atis es muy doloroso para mí. ¿Qué quieres saber?

-          Cómo murió. Mi padre no quiere recordarlo. ¿Sabes que hablo con mi padre por señas? Me enseñó mi madre desde muy pequeño y me alegro, porque mi padre me ha enseñado cosas muy interesantes, como el amor a los demás y a los animales y a las plantas. Él dice que son seres vivos, como nosotros.

-          Tu padre tiene razón. Es un buen hombre. Sólo siento no poder estar con él, pero ha sido muy generoso, al dejar que vivas conmigo y alegres mi vejez.

-          Cuéntame cómo murió mi tío.

-          Pues verás. Una vez tuve un sueño, en el que veía que mi hijo Atis moría, clavado en una lanza. Entonces prohibí que se acercara a cualquier instrumento afilado, para evitar que se cumpliera el sueño. Pero todo fue en vano, porque al final murió al clavársele la lanza de un amigo, en una cacería.

-          Qué triste. Mi padre me dijo que había llorado por su hermano durante muchos días. No podía dejar de pensar en ello y no encontraba consuelo.

Creso recordó los sucesos de aquellos días. Un día se había presentado en Sardes el extranjero Adrasto, de familia real, desterrado por haber matado a su hermano sin querer. Creso, como ordenaba la tradición, lo aceptó en la corte y lo purificó de sus crímenes, cosa que sólo podían hacer los reyes.

Mientras esto sucedía, apareció en la región un jabalí que arrasaba todo a su paso. Se organizó una cacería y Atis pidió a su padre que le dejara formar parte de la cacería. Creso no consideró que los colmillos de un jabalí pudieran matar a su hijo, porque el sueño hablaba de una punta de hierro. Así y todo, Creso dejó que también fuera Adrasto, con la intención de que vigilara, para que no le pasara nada a Atis.

En medio de la cacería, Adrasto lanzó su jabalina, que fue dirigida por el viento hacia Atis, que murió, como había predicho el sueño. Al presentar el cadáver de Atis, Adrasto pidió a Creso que lo matara, como compensación por haber matado a su hijo. Pero Creso se negó, porque no lo consideró responsable de lo sucedido. Pese a todo, Adrasto se suicidó, porque se consideraba el más desgraciado de los hombres.

             La noche siguiente, el pequeño Bel quiso saber lo importante que era el reino de Lidia y Creso le contó cómo había conquistado Panfilia, Misia y Frigia. Sometió también a las ciudades griegas de Anatolia, llegando hasta el río Halis. Sólo dejó libre Mileto y además había decidido no atacar a los isleños, por consejo de uno de los siete sabios de Grecia, quizá Biante.

            Hizo grandes donaciones a las ciudades griegas, para sus templos y para aumentar su prosperidad. Su esposa era jonia e influyó mucho para que su esposo, considerado el hombre más rico del mundo, repartiera una parte de sus riquezas con los demás, sobre todo con los pueblos de origen griego. En su corte de Sardes se reunían sabios de todas las metrópolis helenas. Uno de ellos fue Solón, que, tras promulgar sus leyes, decidió tomarse unas vacaciones de diez años, por todo el mundo conocido.

  


      -          Cuéntame otra vez tu entrevista con Solón, abuelito. Me gusta mucho, dijo Bel, a pesar de que se sabía la historia de memoria.

-          Está bien. Yo estaba entonces obsesionado con la felicidad. Entonces le pregunté a Solón si sabía quién era el hombre más feliz del mundo, pero no quiso contestarme.

-          ¿Por qué?

-          Porque decía que sólo se puede decir si ha sido feliz o no de una persona que ya haya muerto.

-          ¿Por qué? Volvió a preguntar Bel, que no entendía el razonamiento.

-          Porque hasta el final de la vida no se puede saber si una persona ha sido totalmente feliz.
 
Creso estaba cada vez más convencido de la razón de Solón, sobre todo, cuando pensaba en su propia vida. Había sido el rey más feliz y más rico del mundo conocido y ahora era un prisionero del imperio persa, bien tratado y con todos los lujos, pero no dejaba de ser un prisionero. Por lo menos había conseguido librarse de la muerte que le tenía reservada Ciro, que ahora lo tenía como consejero.

-          Cuéntame cómo te libraste de la muerte en la pira, quiso saber el niño.

-          Yo me encontraba en una ciudad sitiada y había pedido ayuda a los espartanos. Pero entonces un persa se dio cuenta de cómo acceder a la ciudad, que yo creía inexpugnable. Antes de que los espartanos pudieran llegar a prestar su ayuda, se dio la batalla de Capadocia, donde los persas me apresaron. Era el año 546.

-          ¿Y se acabó tu reinado?

-          Sí. Lidia ya era dominio persa.

-          ¿Y qué pasó entonces?, dijo el niño, aunque ya sabía lo que había pasado, porque su abuelo ya se lo había contado otras veces.
 
Creso recordó cómo había sido conducido a la pira, castigo reservado para los más notables enemigos. En vez de pedir clemencia, empezó a hablar de su encuentro con Solón, que le había dicho que la suerte de cada uno era inestable. Y la prueba era él mismo, que, siendo el rey más feliz y rico del mundo, se veía ahora en esa situación extrema. 

Ciro sintió curiosidad y lo sacó de la pira, pidiéndole que le hablara de Solón. Ciro pensó que él ahora tenía suerte, pero le podía pasar lo mismo que a Creso. Decidió tenerlo en su corte y lo contrató como consejero de su hijo Cambises. Se quedó con Cambises, que ya había sido nombrado heredero del trono persa. 

-          ¿Y cómo llegaste a estar sitiado?

-          Eso es más largo de contar. Ahora es hora de dormir. Mañana seguiré contándote por qué cambió mi suerte.

Todo sucedió tras el duelo por la muerte de Atis. Creso veía como una amenaza el creciente poder del persa Ciro II el Grande, que había destronado a Astiages, rey casado con Arienis, hija de Aliates, y hermanastra de Creso. Aunque había dicho que no creería en ningún oráculo, decidió probar en varios y envió mensajeros a todos los santuarios conocidos, para que le dijeran qué hacía Ciro en cada momento y cómo debía actuar él.

Decidió hacer caso sólo a Delfos y a Anfiarao, a cuyos santuarios envió ofrendas. Como se enteró de que el adivino Anfiarao había muerto, pensó que su única opción era Delfos. Delfos le respondió que, si conducía su ejército hacia el Este y cruzaba el río Halis, destruiría un gran imperio. Alentado por el oráculo, Creso organizó una alianza con Nabónido de Babilonia, con Amosis II de Egipto y con la ciudad griega de Esparta.
     Las fuerzas persas derrotaron a la coalición en Capadocia, en la batalla del río Halis, en el 547 a.c. Así se cumplió el vaticinio de Delfos, aunque el imperio destruido no fue el persa, sino el suyo propio. Pensó que nunca más iba a creer en un oráculo. Así y todo, realizó otra consulta sobre cuánto duraría su monarquía. La pitia contestó que sólo la perdería, cuando un mulo reinara sobre los medos. Creso no entendió que Ciro podía ser considerado mulo, por ser hijo de una pareja de diferente condición, un medo y una persa.



Antes de partir hacia una batalla que creía ganada, Creso desoyó la recomendación del sabio Sandamis, que le dijo que organizar un enfrentamiento contra los persas, hombres carentes de riquezas, ponía en riesgo a los lidios, que, frente a un desenlace positivo, no ganarían nada, mientras que, si había un resultado negativo, podían perder mucho.

Tras cruzar el Halis, las tropas de Creso se establecieron en Pteria, comarca de Capadocia, y esclavizaron a sus habitantes. Ciro se dirigía a su encuentro, sumando tropas de los lugares por donde avanzaba. Al ver que su ejército era menor, Creso volvió a Sardes, para pedir ayuda a sus aliados. Los citó para cuatro meses más tarde y despidió a sus mercenarios.

Ciro iba adivinando las intenciones de Creso y avanzó rápidamente hacia la capital. Se enfrentaron en la batalla de Timbrea y los persas vencieron ampliamente, mientras los lidios corrían a refugiarse tras las murallas de su ciudad. Creso creía que Sardes era inexpugnable y se preparó para un largo asedio, tras enviar mensajes a sus aliados. 

-          ¿Y por qué pensabas que tu ciudad era inexpugnable, abuelo?

-          Porque la leyenda lidia decía que el rey Meles había hecho pasear por la muralla a un león, consagrado a Sandón. Pero el león no había pasado por la parte de la muralla más escarpada, que era de difícil acceso.

-          Y así consiguió entrar en la ciudad, ¿verdad?

-          Sí, aunque hubo alguien que se lo dijo. No sé quién, pero estoy seguro de que fue uno de los míos.

-          Si yo hubiera estado allí, nadie te habría traicionado, dijo el niño emocionado.

-          Claro, dijo el abuelo. Si tú hubieras estado allí, nadie se habría atrevido a luchar contra mí.

-          ¿Y qué pasó con Ciro?

-          Pues que se enfrentó a la reina de los amsagetas, Tomiris, y no volvió de la batalla. Pero ya había nombrado a su sucesor Cambises y el imperio persa siguió con sus conquistas. 

Creso recordaba cómo había impulsado la libertad de las mujeres lidias, que podían dedicarse incluso a la prostitución, para conseguir su dote de matrimonio y casarse con quien quisieran. También las mujeres espartanas gozaban de una cierta libertad, en oposición a las persas y medas, que debían permanecer en el harén.

      Ahora la moneda era el dárico de oro. Creso echaba de menos el libre comercio de Lidia y cómo él había emitido monedas de oro puro, que se apreciaban en cualquier mercado.

 
Se basaban en una aleación de electro, oro y plata con algunas trazas de cobre y quizá algún otro metal. Se decía que la composición de estas monedas era similar a los depósitos de sedimentos del río de la capital Sardes. Esos eran otros tiempos, que ya no volverían para los lidios. Los persas tenían la intención de ampliar su imperio, a costa de los egipcios y de los griegos.

         -          Yo haré que nuestro imperio vuelva a ser libre, dijo Bel para consolar la tristeza de su abuelo.

-          Estoy seguro de ello, dijo Creso. Pero para ello tienes que estudiar, entrenarte en el campamento y obedecer a tus profesores. Y. sobre todo, intentar ser feliz.

-          Voy a hacerlo, abuelo. Y haré que también tú vuelvas a ser feliz.
 
 

8.- Timoleón de Corinto

            Había continuas revueltas en Corinto: unos eran partidarios de la oligarquía reinante, tras las guerras del Peloponeso; otros intentaban restaurar un gobierno que tanto Esparta como Tebas menospreciaban. Corinto había sido la causa principal por la que Atenas, su rival comercial, había acabado perdiendo su supremacía en el mar y su imperio. Corinto era una ciudad orgullosa de sí misma y sus ciudadanos se vanagloriaban de su estirpe, que algunos consideraban divina.

 

            Efectivamente, la antigua Corinto, había sido fundada por Sísifo, su primer rey, que llamó a la ciudad Éfira. La dinastía de Sísifo fue derrocada por los dorios, raza dura y guerrera. La historia de la ciudad, contada de generación en generación, hablaba de personajes, que se perdían en la leyenda. El personaje más famoso, sobre todo por sus desgracias, fue Edipo, que iba a ser heredero del trono de sus padres adoptivos Pólibo y Mérope, aunque luego fue rey de Tebas.

También se contaba la historia de Medea y Jasón, que se refugiaron en Corinto, después de que Medea organizara la muerte de Pelias. Lo que sí creían todos era que el nombre de Corinto se debía a Corinto, hijo de Zeus. Por eso algunos se consideraban de estirpe divina. Corinto era un heráclida, dorio, de la clase dirigente.
 
            Empezaba el s. IV .a.c  y en medio de las luchas partidistas, uno de los principales ciudadanos, Timófanes, estaba acorralado, cuando su hermano Timoleón lo salvó con un pequeño grupo de aliados. Timófanes, envalentonado, subió a la acrópolis de Corinto, la ocupó y se proclamó dueño de toda la ciudad. Timoleón, verdadero artífice de la victoria de los nacionalistas, no estuvo de acuerdo, pero, cuando vio que su hermano era asesinado por los mismos amigos que lo habían acompañado, dio su consentimiento y tomó la acrópolis. Todo el pueblo de Corinto proclamó a Timoleón un patriota, salvador de la patria.
-          Te maldigo para toda tu vida, dijo su madre. Has hecho que mi hijo pequeño muera. Sobre ti caerá la culpa y el remordimiento.
-          Madre, contestó Timoleón, sólo le he salvado la vida y tú no quieres reconocerlo. Yo le avisé de lo quqe podía pasar, pero no quiso escucharme.
-          Pero ahora está muerto.
-          Sus propios amigos lo han asesinado. No he tenido nada que ver en ello. Pero, si te resulto tan despreciable, abandonaré la vida pública. No volveré a ostentar ningún cargo.

       Pocos meses después, la madre moría, pero Timoleón mantuvo su promesa durante veinte años. Se dedicó a sus abejas y a la confección de yogurt, que había sido el negocio de la familia, como de la mayoría de los corintios. Incluso había extendido su comercio fuera de las fronteras de la ciudad.

Hasta el año 344 en que se presentaron en el senado de la ciudad unos embajadores de Siracusa.

-          Queremos ver a Timoleón,

-          Ya no está en el gobierno, les contestaron

-          Necesitamos de su valor y experiencia, para que nos ayude a restablecer nuestro gobierno.

Cuando avisaron a Timoleón, él se presentó ante el senado de la ciudad. Los siracusanos solicitaban ayuda de su metrópolis ante los feudos internos que tenían que sufrir los habitantes de Siracusa y las otras ciudades griegas de Sicilia. Cartago, su vieja enemiga, tramaba todo tipo de intrigas junto a los déspotas locales.

Corinto no pudo negarse a la ayuda, a pesar de que los principales ciudadanos declinaron la responsabilidad de intentar establecer un gobierno estable en la turbulenta Siracusa. Timoleón fue elegido en la asamblea por unanimidad, para llevar a cabo la misión. Se preparó la flota y Timoleón navegó hasta Sicilia, con los ciudadanos más prominentes de Corinto, tras haber reunido una pequeña tropa de mercenarios griegos. Consiguió eludir un escuadrón cartaginés y desembarcó en Tauromenium, donde lo recibieron con vítores. Ahora tenía que planear su estrategia.

En Siracusa gobernaba Hicetas, tirano de Leontino. Sólo escapaba a su gobierno la isla de Ortigia, ocupada entonces por Dionisio. Timoleón venció en Adrano a Hicetas, que tuvo que retirarse a Siracusa. Dionisio, sin recursos, tuvo que rendirse en Ortigia, con la condición de que le proporcionaran un salvoconducto para Corinto.

Pero Hicetas no se rendía. A pesar de ser su metrópolis, consideraba que Corinto no tenía ningún derecho a apropiarse de la isla, y menos de su ciudad más próspera, Siracusa. Pidió y recibió sesenta mil hombres de Cartago, además de dinero, pero desconfiaban mutuamente, por lo que los cartagineses abandonaron a Hicetas, que estaba sitiado en Leontino, y no tuvo más remedio que rendirse.

Timoleón se convirtió en dueño de Siracusa y, con su habitual sentido de la responsabilidad, empezó a reconstruir la ciudad, trayendo colonos de la metrópoli y de Grecia en general, y estableciendo un gobierno popular, basado en las leyes democráticas de Diocles. La ciudadela había sido arrasada y se construyó en su lugar un tribunal de justicia. El sacerdote de Zeus, el amfípolos, elegido anualmente entre los miembros de los tres clanes, fue nombrado magistrado jefe.

-          General, llamó el capitán de la tropa, levantando la cortina de la tienda de Timoleón, Hicetas vuelve a las andadas.

-          ¿Qué sucede ahora? ¿Aún no se ha convencido de que está vencido?
-          Al contrario, general, ha vuelto a pedir ayuda a Cartago y le han enviado setenta mil hombres.
-          ¿Cómo?!!!
-          Han desembarcado en Lilibea.

Timoleón no podía creer lo que le decía su capitán.

      -          Llama a todos a filas. Volvemos a iniciar campaña

-          Tenemos pocos soldados fieles. La mayoría son mercenarios

-          ¿Con cuántos efectivos contamos?

-          Como mucho, calculo que, con doce mil hombres, entre caballería, infantería y arqueros.

-          Avisa a los oficiales de que nos dirigimos al oeste. Llegaremos a Selinunte, antes de que nadie se dé cuenta de nuestro avance.

A pesar de su inferioridad numérica, el factor sorpresa jugó a su favor y Timoleón consiguió una gran victoria en Crimiso. Además, también le ayudaban los dioses, porque una gran tormenta de granizo y lluvia acabó con los enemigos. No le cabía la menor duda de que los dioses apreciaban la justicia. Y los griegos consideraban que su causa era más justa que la cartaginesa. No en vano, Sicilia era parte de la Magna Grecia.

Se auguraba una larga época de paz para Sicilia. Pero Cartago seguía intentando prolongar el conflicto entre Timoleón y los tiranos, alentando a Hicetas. Los enfrentamientos terminaron, al fin, en el 338, con la derrota definitiva de Hicetas, que fue cogido prisionero y condenado a muerte.

Se firmó un tratado, por el que el dominio cartaginés en Sicilia se relegaba al oeste del Halycos. Timoleón se retiró entonces de la vida pública, aunque seguía siendo un ejemplo para toda la isla. Fue proclamado campeón griego de Siracusa. Y recordaba su patria de origen, Corinto, echando de menos sus abejas y a su hermano. Quizá no tanto a su madre, que tan injusta había sido con él.

Hasta su muerte, continuó asistiendo a la asamblea, a pesar de estar ya ciego, y expresando su opinión, que todos tomaban en consideración. Los ciudadanos de Siracusa, agradecidos por todo el bien que Timoleón había hecho a la ciudad, pagaron los costes de su entierro y un monumento a su memoria, que situaron en el mercado y rodearon con un pórtico y un gimnasio. El monumento se llamó Timoleonteum.

Todas las reformas de Timoleón duraron hasta los tiempos de Augusto, en el s. I, cuando el imperio romano dictaba las normas en todo el mundo mediterráneo y en Europa.

9.- Argantonio
            Las conspiraciones se sucedían sin interrupción. Argantonio llamó a su mejor amigo, Haerbal. Tenía que confiar en alguien y que ese alguien le aconsejara lo que debía hacer.
-          No puedo fiarme de nadie, sólo confío en ti. Te pido que vayas a Gadir, como mercader particular, y averigües las negociaciones que se están llevando a cabo.
-          Iré encantado, pero todos me conocen y sabrán que voy a espiar para ti.
-          Si te disfrazas como mercader, nadie te reconocerá. Sobre todo guarda bien ese amuleto tuyo de tabas, que todos conocen y envidian.
-          Haré lo que me pides, pero ¿cómo voy a averiguar nada? En cuanto empiece a preguntar, todos sabrán lo que pretendo.
-          Eres inteligente y sabrás cómo debes indagar, sin levantar sospechas.
-          ¿Cuándo debo partir?
-          Cuanto antes. Sal con una nave que no despierte sospechas. Te llevarás a mi fiel Balkas, nadie sospechará de un eunuco.
-          En cuanto tenga algo que comunicarte, te enviaré a Balkas con unas ánforas griegas, llenas de garum. En su decoración deberás adivinar mi mensaje. Emplearé la jerga, que usábamos cuando éramos pequeños.
-          Buena idea y buena suerte, amigo.
En su camino a Gadir, Haerbal iba recordando la historia de la gran ciudad. Gadir, la Fortaleza fue fundada por Arzena, príncipe mercader de Tiro, por orden del oráculo y del rey Pigmalión, en el s. X .a.c. Pigmalión había asesinado al legítimo rey de Tiro, Siqueo, su cuñado, y había expulsado a su hermana Elisa, que se había refugiado en África, fundando la ciudad de Cartago.
Gadir estaba formada por varias islas: Eritrea, con los templos de Astarté y Baal Hammón. Kotinussa, la de los olivos silvestres, con el templo de Melqart y Antípolis, enfrente de Kotinussa, un islote. Estaba regida por un consejo de veinte miembros. Haerbal, seguido por Balkas fue recorriendo las principales vías, donde se encontraba la fábrica de garum, cerca del templo doble de Astarté Marina y de Hércules Tebano. Allí tuvo que parar para sacrificar tres palomas para tener a los dioses propicios. No es que fuera muy religioso, pero, por si acaso.
Al otro lado vio el zoco, donde debía ofrecer sus mercancías, seguido de las fábricas de cristal, salazón y seda, para concluir la avenida en el palacio de los Sufetes, llamado Torre de Tavira de Cádiz. Allí tenía que ir en primer lugar, para pedir los permisos necesarios para poner su puesto de venta en el zoco.
-          ¿Qué pretendes vender en nuestro mercado?
-          Traigo láminas de bronce y cerámicas
-          ¿De dónde eres?
-          Soy de Turpa y tengo permiso de mi rey Argantonio para vender nuestro bronce, a cambio del mejor garum, el vuestro.
-          Debes pagar el impuesto de la sociedad mercantil de Gadir, la Hibrum. Si lo prefieres, puedes hacer el pago en especie, es decir la ofrenda al templo de Melqart.
-          ¿En qué consiste la ofrenda? Porque hasta que no haya vendido algo, no podré pagar ni mi propia comida.
-          Eso lo tenemos previsto. Ve al templo y pide que sacrifiquen una paloma por ti. Entregas este documento que te daré y ya haremos cuentas, si tienes éxito en tus negocios.
-          ¿Y si no vendo nada?
-          Entonces tendrás que servir en el templo durante un día.
-          Me parece un trato justo.
Con el documento en la mano, Haerbal se dirigió al templo de Melqart, dejando al cargo de sus mercancías a Balkas, que se sentó a las puertas del templo a esperar. Hizo como si durmiera. Era la mejor forma de escuchar las conversaciones de los transeúntes, sin despertar sospechas. Algunos, incluso, creyendo que era un mendigo, le echaban alguna moneda. Balkar sonreía para sus adentros. No les vendría mal una ayuda económica, para su arriesgada labor, o por lo menos, para comer algo.
Cuando Haerbal tuvo el permiso en la mano, ya se había hecho de noche. Decidieron preparar su tenderete y cenaron bajo su toldo, como hacían casi todos los mercaderes. En voz muy baja, Haerbal fue contando a su compañero cómo se había fundado la ciudad de Gadir. Melqart era un rey mítico de origen fenicio, de las ciudades de Biblos, Tiro y Sidón y que llegó a ser deificado por su ayuda a las ciudades fenicias.
Pasó luego a describir el interior del templo. El gran sacerdote presidía casi todos los sacrificios de los suplicantes. Era el Archirréus. Dentro del templo, estaba el árbol áureo de Pigmalión, con ramas de oro y frutos de esmeraldas. Las columnas eran de oricalco, de ocho codos de altura y significaban las columnas de Hércules. En la sala de los tesoros se guardaban el cinturón y el yelmo del troyano Teucro y del ateniense Mnestheo. No tardaron en quedarse dormidos, con el frescor de la noche y el cansancio del viaje.
Cuando amaneció, montaron su tenderete. Detrás de las mesas estaba Balkas, colocando la mercancía y escuchando las conversaciones a su alrededor. Haerbal se adelantaba para dirigirse a los posibles compradores y convencerlos de la belleza y buena factura de sus láminas de bronce y de sus cerámicas.
Un hombre, con aspecto de ser muy rico, se paró ante el puesto y observó las láminas de bronce con gran interés. Tras él estaba su séquito, donde se encontraban cuatro hombres y una mujer. La mujer debía ser la compradora, porque observaba a los vendedores y hacía señas al hombre que iba a comprar para ella.
-          ¿Cuánto pides por esta lámina de bronce?, dijo el hombre. Me refiero a la que brilla al sol como si fuera oro.
-          ¿Cuánto ofreces?
El hombre miró a su señora, sin saber qué contestar. Haerbal tenía que tantear la situación del mercado, porque nunca se había ocupado de comprar en persona. Era el primer fallo de su plan. Tendría que pensar esa misma noche cómo solventar ese tipo de problemas. La mujer se adelantó y ofreció una bolsa repleta de monedas de plata.
-          Necesito que me enseñes cómo grabar un mensaje en esta lámina. Me parece tan bella, que estoy segura de que el sufete leerá con más detalle lo que tengo que escribir en ella.
-          Ahora mismo te enseño cómo hacerlo, señora, dijo Haerbal. Te regalo el estilete con el que puedes grabar y, si quieres, yo mismo escribiré el mensaje para ti.
-          De acuerdo, dijo ella. El mensaje va dirigido al sufete y debe escucharlo el Consejo de los Veinte en la asamblea de ancianos. Sólo necesito que escribas el destinatario. El resto lo haré yo misma.
Haerbal escribió el nombre del sufete y se quedó con las ganas de conocer el texto del mensaje. Eso le habría proporcionado algo que contar a su rey. Tras la primera venta del día, se sentaron a tomar un refresco, porque el sol ya calentaba demasiado. Entonces oyeron una conversación. Era el sumo sacerdote de Gadir, Zakarbaal, hablando contra los reyes, como personas dobles, que fallan a sus aliados, si les interesa.
Algo en el tono del sumo sacerdote no le gustó a Haerbal. Esa tarde lograron vender dos ánforas y así pagar el adelanto de la paloma, que les había hecho el templo. Seguía haciendo un calor sofocante, por lo que decidieron dormir bajo el cielo estrellado. Pero no pudieron dormir mucho, porque esa noche empezaba la fiesta agrícola de Gadir, en honor a Astarté Marina. Esa noche gobernaban las mujeres. Al salir la Luna, salía la procesión de las Kirinas, con trajes de púrpura y velos negros. Todas llevaban cestillos con jacintos y azucenas. El negro significa el duelo por la muerte de Adonis-Tanmuz, el amante de Astarté.
Cuando llegan al templo, se entregan por una moneda al primer extranjero que las solicite. La diosa elige a uno de ellos y le da su protección para toda la vida. La ofrenda que deben entregar  a la doncella de la luna debe ser de cobre, porque la depositan en un platillo con mercurio líquido. Si la ofrenda es de oro o plata, se deshará. En cambio el cobre flota. Mientras Haerbal pasa el rito de la doncella de la luna, Balkas escucha a los sacerdotes oficiantes cómo piensan boicotear el comercio de Tartessos, ofrecer tratos a los fenicios, rechazando a los griegos, y explorar la ruta de las Casitérides.
Al día siguiente, Haerbal y Balkas deciden volver a Turpa. La ruta de las Casitérides ya estaba asiendo explotada por Argantonio, que la mantenía oculta, porque estaba enviando colonos al mar de los Atlantes y a sus islas. Pretendía que la cultura tartesia siguiera viva más allá de las Columnas de Hércules. Argantonio escucha a su amigo con interés y van juntos al oráculo de Therón. El oráculo dice que no deben emprender viajes después del equinoccio de invierno y que es en Tartessos donde están los conjurados.
Entonces el rey lleva a Haerbal a la Cripta de los Inmortales. Allí le muestra las cartas de navegación de los Atlantes, la ruta de las Casitérides y los arcanos de los tartesios. Allí está el mausoleo de los reyes míticos de Tartessos, colocados en círculo:
-          Cryasor, nacido de Medusa y casado con Callirhoe, hija del Océano, origen del pueblo tartesio.
-          Gerión, padre de Eryteheia, vencido por Heracles.
-          Nórax, nieto de Gerión, que colonizó Sardinia en tiempos de Hylklus, hijo de Heracles, que introdujo el culto al toro, amigo de Creta.
-          Gargoris y Habis, fundadores de la dinastía de Argantonio, que enseñaron la agricultura e introdujeron las leyes.
También se guardan allí los documentos de los pactos con Gadir, Nora, Lixus y Utica, así como las cartas astrales de planetas y constelaciones.
Dentro del sepulcro de Cryasor está el gereb, documento de su herencia y de su reinado, donde hay una carta marítima basada en cálculos cartográficos hacia las Casitérides. En los sepulcros están las cartas de navegación hacia Sardinio, Sicilia y Kirnos, la ruta de Libia y de las Islas Afortunadas, donde ya había colonos tartesios.
Éstos eran los mapas que había copiado la sibila y había entregado a Cartago. La sibila de la luna era la traidora. Y era cómplice del sacerdote Zakarbaal de Gadir. Argantonio pensaba que sólo ella era la traidora, pero quería descubrir a su cómplice. Celebra una fiesta, donde presenta a sus nuevos socios carios, rodios y focenses. A la fiesta asiste su esposa Klaitó y su segunda esposa Erguena, de la tribu de los gymnetes, casada con el rey por un pacto tribal. Le rodean los diez jefes tribales que forman la nación:
-          Elimos, rey de los cilbicenos, marinos, primo de Argantonio
-          Abilonus, rey de los hiberis, fundidores de metal de Olba
-          Turibas, rey de los curetes del lago Ligur, herreros y forjadores, crían caballos y toros. Son hermanos de los tartesios y Ispalis y Kart Yuba
-          Aruncio, re de los ileates, agricultores y ganaderos de las llanuras del Tertis
-          Ousos, rey de los massieni, frente al mar de Malaca
-          Carmunis, rey de los bástulos
-          Lidos, rey de los bastetanos, de las montañas nevadas del este, tribus guerreras de pelo largo
-          Garos, rey de la tribu del Orongis, amigo de Kulkas, custodio de las minas de plata, de los maessi, de piel morena. Cultivan olivos tirios
-          Attenes, príncipe de los cempsi, rubios y de ojos azules, de estirpe celta del río Anas, que asegura la ruta del estaño y la plata en el norte de Iberia.
La comida estaba toda cocinada con aceite de oliva de Ispali y con quesos de Arunda. Al final de la fiesta se quemó un gran falo de madera de junco trenzado, símbolo de la fertilidad. En la cabecera de la gran mesa estaba el símbolo lunar tartesio: una hoz de oro y unos cuernos de bronce.
El rey Argantonio vivió más de cien años, después de haber dirigido una de las más brillantes culturas de la antigüedad, donde no se permitía la esclavitud y donde se apreciaba el trabajo de cualquier persona, aunque fuera de baja clase social. Los tartesios abrieron la ruta atlántica, haciendo desaparecer las leyendas de monstruos, creadas por los fenicios, para que nadie traspasara las Columnas de Hércules. Los heraclidas se habían extendido ya hasta Finisterre.


10.- Príamo. la llave del comercio mediterráneo.
            El pequeño Podarces veía con entusiasmo cómo se iban construyendo las murallas alrededor de la fortaleza de Troya. Le parecía increíble que esos enormes bloques pudieran ser colocados firmemente y que las obras avanzaran con tanta velocidad. Fue corriendo a contarle a su hermana mayor lo que veía todos los días.

     -          Hesione, Hesione, ¿Has visto cómo construyen las murallas?

-          Pues claro, dijo ella, que tenía predilección por el más pequeño de sus hermanos.

-          Y ¿quiénes son esos dos colosos que hacen el trabajo de varios hombres?

-          Se llaman Posidón y Apolo. Apolo es sobrino de Posidón y dicen que son dioses.

-          ¿Cómo pueden ser dioses? Yo los veo igual que a los demás, contestó el niño.

-          Fíjate bien en ellos. Son más fuertes y hacen mucho más trabajo que los otros obreros. Eso sólo pueden hacerlo los dioses.

-          No entiendo por qué trabajan, si son dioses.

-          Es que su padre los ha castigado, por no obedecer y los ha mandado entre los mortales, para que aprendan lo que es trabajar.

    El niño se quedó pensando. Aquello no le parecía bien. Los dioses no debían estar trabajando como los mortales, o eso le habían enseñado. Su madre, la ninfa Estrimón, hija del río Escamandro, mandaba hacer los trabajos del palacio a sus criadas, no lo hacía ella. Pero su madre era muy fría también con él. Le habría gustado que su madre fuera su hermana Hesione, que le consolaba cuando tenía pesadillas y jugaba con él. El pequeño no quería que su hermana se separara nunca de él. 

Un día oyó una fuerte discusión en la sala del trono. Su padre Laomedonte era el rey de Troya y discutía con los dos dioses.  

-          No tengo por qué pagaros por vuestro trabajo, porque sólo estáis cumpliendo el castigo de Zeus.

-          Nuestro castigo era pasar una temporada como mortales, no tener que construir tus murallas, contestaba Posidón.

-          Yo creo que es una forma de pagar por lo que hayáis hecho, dijo Laomedonte, y no me importa por qué vuestro Zeus os ha castigado. No conseguiréis nada por mi parte.

-          Estas murallas harán que tu ciudad sea inexpugnable. Creemos que es justo que nos pagues lo que nos has prometido.

-          No tenemos más que hablar. Aquí mando yo. Retiraos. 

El pequeño Podarces corrió a ver a su hermana Hesione. No entendía por qué su padre se negaba a pagar lo que había prometido. 

-          No me parece justo. Un rey tiene que cumplir lo que promete. Si no, ¿cómo van a obedecerle sus súbditos?

-          Es difícil de explicar, dijo Hesione, sin querer reconocer ante el niño que su padre estaba cometiendo una injusticia. Posidón es hermano de Zeus y Apolo es su hijo. Intentaron rebelarse contra Zeus, pero no les salió bien.

-          ¿Qué significa rebelarse?

-          Pues... (no sabía cómo explicar un concepto tan difícil a un niño tan pequeño). Hera, la esposa de Zeus quiso quitarle el poder y aprovechó un día que estaba borracho para atarlo, con ayuda de su hermano Posidón, que también quería el trono de los dioses. Apolo lo ayudó, porque consideraba que Zeus se había portado mal con su madre Leto. Mientras discutían, llegó el centímano Briareo y desató a Zeus, que castigó a todos los conspiradores.

-          ¿Qué es un centímano?, preguntó Podarces, que siempre tenía que saber de qué hablaban los mayores.

-          Un gigante que tiene cien manos

-          ¿Cómo va a tener cien manos? Es imposible

-          Tú sí que eres imposible. Tienes que buscar explicación a todo. 

Hesíone estaba orgullosa de su hermano. Él sí sería un buen rey de Troya, mucho mejor que su padre, pero era el más pequeño y no tendría opción al trono. El pequeño siguió preguntando. 

-          ¿Y cómo los castigó?

-          Pues el peor castigo fue para su esposa Hera. La colgó del cielo sujetando su pelo con argollas de oro y le puso pesos en los pies.

-          ¡Qué barbaridad! Y ¿no se le rompía el pelo?

-          No, porque ella también es una diosa inmortal

-          Me parece una tontería. Una cosa es que respetemos a los dioses y otra es que nos hagan creernos estas historias.

-          ¿Quieres que te cuente lo demás o vas a seguir con tus reflexiones?

-          Sigue, por favor. Es que no veo cómo se puede hacer eso a nadie. ¿Qué le hizo a los demás?

-          Pues a Posidón y a Apolo los envió a servir al rey Laomedonte, nuestro padre. Lo que hablaran sobre el trabajo que les encomendó ya no lo sé. 

Podarces se marchó a reflexionar. Tenía que encontrar una explicación a todo esto. Pero tuvo poco tiempo para ello, porque  al día siguiente se escucharon en palacio las lamentaciones de los campesinos: una peste se iba extendiendo por las regiones de alrededor y un monstruo marino devastaba los campos. Si seguían así, pronto las cosechas se perderían y todos pasarían hambre. 

Laomedonte sabía que era por su culpa y trató de convencer a los dos dioses de que su gente no debía pagar por lo que él había hecho. Ofreció a su hija Hesione en sacrificio.  

Pasaba por la región el héroe Heracles y al verla, decidió salvarla. A cambio, quería las yeguas inmortales, que el propio Zeus había regalado a la casa real troyana, porque había raptado joven Ganímedes, y se lo había llevado al Olimpo, para que fuera su copero.  

Otra vez Laomedonte rompió su promesa, intentando engañar al héroe y dándole unas yeguas mortales. Heracles se enfadó y envió a sus dos heraldos Teucro e Ificles a reclamar su recompensa. Pero el rey ordenó encarcelarlos y ya no pudo evitar la cólera de Heracles, que mató al rey y a todos sus hijos, excepto a Hesione y a Podarces, para que la casa real troyana tuviera un heredero y porque habían pedido a su padre que liberara a los dos emisarios.  

Hesione fue entregada a Telamón, amigo de Heracles y Podarces se quedó como rey, aunque era demasiado joven. Le dieron el nombre de Príamo, que significa “el comprado”. Telamón se llevó a Hesione a Salamina y tuvo con ella un hijo, Teucro, que luego formaría parte de la expedición aquea contra Troya.


 El nuevo rey estaba al principio desconcertado: tenía que organizar su reino y echaba de menos a su hermana y consejera. Envió embajadas para liberar a su hermana, pero no consiguió que la devolvieran.  

Desde entonces se dedicó a aumentar el poder y la riqueza de Troya, mediante pactos o expediciones guerreras, por ejemplo contra las amazonas. Su principal objetivo era controlar el tráfico de mercancías, cobrando una tasa a todas las embarcaciones que pasaban por Troya.  

Troya se iba enriqueciendo y ninguna otra ciudad podía competir con ella. Sus guerreros llevaban armas de oro y sus mujeres lucían joyas jamás vistas. Las llanuras se llenaban de caballos de raza y todos los ciudadanos aumentaban su fortuna y sus recursos. 

Enseguida apareció un rival comercial, Micenas, que pretendía también controlar el comercio y la navegación del Mediterráneo oriental. Las riquezas y la cultura troyana ya eran famosas en todo el Mediterráneo y el rey Agmaneón era avaro, envidioso e insaciable. Ya había conseguido que su hermano Menelao se casara con la heredera del trono de Esparta, la bella Helena.  

Agamenón consideraba que también le pertenecía el reino de su hermano. Tenía que buscar un motivo de discordia y convencer a todos los demás reyes de las ciudades griegas, para atacar a Troya. Si todos se unían, Troya caería y sus recursos pasarían a sus manos. 

Cuando Hécuba, la esposa principal de Príamo, se quedó embarazada por enésima vez, Casandra, una de sus hijas, dijo que el niño no debía nacer, porque destruiría Troya. Como siempre sucedía, nadie la creyó.  

La princesa Casadra tenía el don de la profecía, igual que su hermano mellizo Héleno. La diferencia era que a ella nadie la creía y a él sí. Ella había desairado una vez a Apolo, dios de la adivinación y él la había castigado haciendo que nadie la creyera. Y Héleno nunca se metía en problemas: si un tema era escabroso, no daba su opinión. 

Príamo había tenido un sueño, en el que el nuevo bebé era una tea ardiendo, que incendiaba la ciudad. Los sacerdotes dijeron que alejaran al niño de la ciudadela y así lo hicieron en cuanto nació. Lo enviaron al monte Ida y unos pastores lo criaron como hijo propio. Nadie le dijo que era un príncipe de la casa real. 

Pasados unos años, Héctor, el heredero del trono troyano, organizó unos juegos, en los que participó un joven pastor. 

-          Padre, dijo la princesa Casandra, no admitas a ese joven en el torneo. No debe entrar en palacio.

-          ¿Por qué?, preguntó Héctor. Parece hábil y es un buen arquero. Quizá nos convenga contratarlo.

-          Destruirá el palacio, y después toda la ciudad. Todos nosotros moriremos y la cultura troyana desaparecerá.

-          ¿Qué tonterías estás diciendo? Vete a contar tus historias a quien quiera escucharlas. 

Casandra se marchó, sabiendo que nadie la escucharía. Vio cómo su padre hablaba con el joven y tembló cuando su madre Hécuba se echo a llorar y perdió el conocimiento, al ver al joven. Lo habían reconocido como su hijo menor Paris. Enseguida fue integrado en la corte. Héleno, por su parte, no quiso dar su opinión al respecto. 

Los problemas en el control del Mediterráneo continuaban y Príamo decidió enviar una expedición de paz a Esparta, a la corte de Menelao, hermano de Agamenón, buen guerrero y más noble que su hermano. Príamo envió como jefe de la expedición a su hijo menor Paris, que debía presentar una demanda, para que devolvieran a sus tía Hesione. 

Y Paris volvió sin Hesione y con la reina de Esparta, Helena, que estaba harta de su esposo. Helena fue recibida como esposa de Paris y aceptada por sus cuñadas, excepto por Casandra, que sabía lo que iba a suceder. 

Efectivamente, tal como Casandra había predicho, Agamenón organizó una flota, contando con la ayuda de casi todos los jefes aqueos y se dirigió a Troya. Su interés era apoderarse del comercio del Mediterráneo, y su disculpa fue ir a recuperar a su cuñada. Sólo Menelao iba a buscar a su esposa, los demás sabían el verdadero motivo de la guerra. 

Pasaron diez años, en los que ninguna batalla parecía definitiva. Había muerto el príncipe Héctor, el jefe del ejército troyano, a manos del mejor guerrero griego, Aquiles, que también había resultado muerto por una flecha que se clavó en su talón. 

-          ¡Los griegos se marchan!!, gritaba la gente por las calles

-          No puedo creerlo, dijo Príamo, asomándose a las puertas Esceas.

-          Las naves ya han superado Tenedos, y en la playa no queda ningún guerrero, decía Andrómaca, la viuda de Héctor. Llevo varios días aquí, esperando que la muerte también me lleve a mí.

-          No digas eso, hija, tu hijo Astianacte será mi heredero y debes mantenerte viva, para dirigir su educación, como habría hecho su padre.

-          Esa es mi única razón de vivir, contestó Andrómaca, la más querida de sus nueras, y la más fuerte de las mujeres de la casa real. 

También otros miembros de la casa real se habían acercado a las murallas y observaban esperanzados la marcha de los griegos. Sólo Helena temía que todo fuera un engaño, porque conocía al que había sido su cuñado, Agamenón. 

-          ¿Qué es eso que han dejado delante de nuestras murallas?, preguntó entonces Helena. Parece una ofrenda ritual, pero no me fío de los aqueos.

-          Es un caballo de madera. Será una ofrenda, para conseguir una buena navegación de regreso.

-          Debemos preguntar a los sacerdotes, dijo Andrómaca. Yo tampoco me fío de los aqueos. 

A pesar de la negativa del sacerdote Laocoonte, Príamo se fió de la explicación de un desertor griego. Era una ofrenda para la diosa Palas, que aseguraba que Troya se salvaría. El caballo fue introducido en la ciudad y en él los guerreros griegos, que la destruyeron e incendiaron. 

Príamo vio morir a casi todos sus hijos, excepto a Casandra y Héleno, que fueron tomados prisioneros, y él mismo y su esposa Hécuba murieron a manos de Neoptólemo, el hijo de Aquiles. 

La profecía de Casandra se había cumplido. Troya fue destruida hasta los cimientos y Príamo tuvo que sufrir la destrucción de su reino, que con tanto esfuerzo y cariño había construido. El único descendiente que sobrevivió fue Ascanio, el hijo de su hija Creusa y del príncipe dárdano Eneas, que consiguió salir con vida, para fundar una nueva Troya.






ATLANTIS....... 

2ª parte de la trilogía de Atlantis:

LA CONFEDERACIÓN


         Tras diez años dedicados a la construcción de puentes y canales, las islas del Egeo se habían visto modificadas. Algunas habían mejorado su economía, sus relaciones y sus expectativas de futuro; otras seguían como antes, aunque era importante el aumento de las relaciones entre unas y otras, las amistades e incluso los matrimonios; otras habían empeorado su situación económica, habían persistido en sus odios, rencores e individualismos, con razón o sin ella. Algunas habían desaparecido, por fenómenos naturales. La Madre Naturaleza, tras varios avisos, había dicho la última palabra.


Lo que no había cambiado demasiado era el poder y dominio de la isla de Creta. Gracias a los puentes interinsulares, los espías de Ira la informaban puntualmente de todos los sucesos de cada isla. Y ella informaba a su esposo, cuando le convenía. A veces, procuraba ocultarle hechos, que él habría considerado importantes.









1.- Delos, la brillante 

            Diez años duraron las obras para construir los puentes, que unieran a la isla de Delos con las de Naxos, Paros y Tinos. Sus gobernantes Dión, Hebe y Posidón estuvieron de acuerdo en la forma y situación de los puentes, dejando la entrada y salida cerca del mar, de modo que también se pudieran amarrar allí las naves, por si tenían que seguir viajando por mar.  

Las obras eran de una belleza extraordinaria, porque habían aceptado el proyecto de un arquitecto famoso, Ineni el egipcio, que había trabajado para varios faraones. Ineni no sólo proyectó los puentes, diciendo cómo se debía trabajar, la forma y estructura más conveniente, en cada caso, los hombres que se necesitarían para las obras y el material más adecuado, sino que habló con Leto y Artemis de la posibilidad de dotar a la isla de canales de agua potable, para que todos los habitantes tuvieran provisión de agua.     

La isla de Tinos tenía fuentes de agua clara y limpia, que su jefe Posidón quería comercializar, pero no puso ninguna pega para que sus vecinos de Paros, Naxos y Delos disfrutaran del agua que tanta salud les reportaba a los habitantes de Tinos. Él ya había pensado cómo mantener relaciones comerciales con ellos, aprovechando los mármoles de color rosado, los magníficos tintes de Delos y las extraordinarias cepas de Naxos, que ya intentaba plantar en Tinos. 

            Artemis accedió enseguida. Le parecía incluso más importante la canalización del agua potable, que los puentes. Sobre todo, porque no le gustaba ser la primera en “obedecer” a Ira y a Palas. Artemis pensaba que no era idea de su padre Zeus, sino de su hija Palas. No le caía bien Palas, aunque la admiraba por su inteligencia y porque compartía con ella la idea de la superioridad femenina y su negativa a casarse. Tenía que pensar muy bien sus actuaciones, porque sabía que todas las Cícladas se mirarían en La Isla Brillante, para cualquier actuación o decisión.

            La brillante isla de Delos, estaba de luto. Su querida reina madre acababa de morir. El color azul de los vestidos de sus habitantes se cambió ese día por el blanco, el color del duelo. La reina Artemis organizó juegos atléticos, como ya venía siendo costumbre en la isla, cuando había una defunción. También se hicieron competiciones de caza, para ofrendar a la mujer que había sentado las bases de la felicidad en la isla. Todos los Tintoreros del Clan del Fuego  participaron en el banquete funerario. El lugar de su tumba fue rodeado de cipreses, árbol preferido de Artemis, porque su altura llegaba hasta el éter.

Los habitantes de la isla decidieron implantar un culto a Leto, como si fuera una divinidad, culto que se extendió rápidamente a otros lugares, no sólo de las islas, sino en tierra firme, tanto en la costa oriental, como en las costas occidentales, La Hélade, el lugar de donde muchos provenían y de donde habían traído costumbres y ritos.

            Artemis ya tenía 17 años y el pueblo le exigía que les diera una heredera, pero ella no quería saber nada de hombres, porque los consideraba inferiores. Su intención era dejar su reino a la primera hija que tuviera su hermano Febo; no sería difícil ni tardaría mucho, porque su hermano era muy enamoradizo. Ella había tenido un admirador, pero se había deshecho de él. Era Acteón, un joven cazador, que la seguía y procuraba verla sin ser visto. Un día Acteón, que la miraba desde detrás de unas ramas, la vio entrar en el agua de una laguna y se quedó tan embobado, que no se dio cuenta de que ella lo había visto y se acercaba. Como castigo por tal atrevimiento, azuzó a los perros de Acteón, que mataron a su dueño. Artemis se libró de él, sin mancharse las manos.

Mientras tanto, Artemis seguía fabricando sus propias flechas, que, como su arco, eran de madera de roble, árbol que se daba en abundancia en la isla y por el que Artemis sentía una verdadera veneración.

Un día su hermano Febo se acercó a Delos para llevar a cabo una venganza, que él no se atrevía a realizar solo: debían castigar a la orgullosa Níobe, que había ofendido a su madre Leto, aunque ya estaba muerta.

Níobe era hija de Tántalo y hermana de Pélope, el fundador del Peloponeso. Se había casado con Anfión, un músico que llegó a ser rey de Tebas, porque la música de su lira había ayudado a construir las murallas de la ciudad, moviendo los bloques de piedra. La pareja tuvo 14 hijos, de los que Níobe se sentía tan orgullosa que decidió prohibir en su ciudad el culto a Leto, diciendo que Leto sólo había tenido dos hijos, mientras ella había tenido 14.

Febo, ya consumado adivino, se enteró, porque tenía un templo dedicado a la adivinación en Tebas. Y decidió castigar a Níobe, por la ofensa a su madre. Pero a él, de naturaleza dulce y amable, no se le ocurría la forma de vengarse y pensó que su hermana decidiría cómo hacerlo.
Artemis se iba haciendo cada vez más exigente y cruel. Incluso sus propios súbditos la temían, más que quererla, porque no consentía ningún error en las normas que iba imponiendo poco a poco, sobre todo a los hombres, a los que despreciaba. Sólo admitía como compañero de caza al gigantesco Orión, tan cruel y orgulloso como ella y tan certero con el arco. Sólo respetaban, a veces, a los ciervos, animales por los que Artemis sentía una verdadera admiración. La llamaban “Señora de las fieras”.
Efectivamente, Artemis pensó cómo vengarse de Níobe: matando a todos sus hijos. Sabía que sería el peor castigo para ella. Convenció a Febo, que se sentía horrorizado por la propuesta de su hermana, y ambos fueron a Tebas, con la disculpa de participar en unas competiciones atléticas.
Cuando se estaban celebrando los juegos atléticos, los dos hermanos mellizos prepararon su arco, cada uno con siete flechas y empezaron a disparar, Artemis mató a las  siete hijas y Febo a los siete hijos de Níobe. Todos cayeron muertos.
El padre de los caídos, sin entender por qué tenían que morir sus hijos, quiso quemar el templo del oráculo de Febo. Pero Febo, que había adivinado sus intenciones, también mató a Anfión, por indicación de su hermana, aunque le dolió, porque era un músico.
Níobe no encontraba consuelo y huyó al monte Sipilo, en la costa de Asia Menor, a una ciudad que había pertenecido a su padre Tántalo. El viaje fue largo y difícil, pero consiguió llegar al monte. Allí, ya sin fuerzas y deseando morir, quedó convertida en roca, pero seguía llorando, por lo que de la roca empezó a manar un manantial con las lágrimas de la desgraciada madre. Artemis la orgullosa no permitía el orgullo en nadie más.
El tiempo iba empeorando en Delos. Artemis envió mensajeros a las otras islas, para que le dijeran si el cambio atmosférico se daba en todas las tierras cercanas o era una especie de venganza de la Diosa Naturaleza. Ahora llovía todos los días, hecho que reverdecía la isla, cuya vegetación había aumentado y mejorado, Pero la temperatura también era cada vez más fría y los animales se refugiaban antes del atardecer en las cuevas y bosques, de forma que la caza se estaba haciendo cada vez más difícil.
Una noche en que estaba paseando bajo la lluvia por el bosque, vio dormido a un joven que le pareció de una belleza especial. Se trataba de Endimión. Sintió algo especial al contemplarlo; se acercó sigilosamente y le besó en la frente. El joven seguía dormido y ella siguió un buen rato contemplándole. A pesar de que sabía que enamorarse no era su destino, siguió yendo a verlo cada noche. Una noche no lo vio, ni las noches siguientes, de forma que Artemis decidió mantenerlo en su recuerdo hasta que dejó de ir al bosque. Nunca supo quién era ni dónde estaba.
Artemis empezó a estar preocupada, porque cada día llovía más. La isla era flotante, como sabía desde niña, y la historia de que estaba atada al fondo del mar con cadenas ya no le parecía más que un cuento de niños. Su hermano Febo, que para ella lo sabía todo, podría quizá darle una respuesta y decidió visitarle.
Igual que su hermano mellizo, Artemis fue considerada una diosa y llegó a asimilarse a Selene, la diosa de la luna. Como tal, presidía las noches, al igual que sus hermano Helios – Febo presidía los días.


2.- Hebe de Paros
        Cuando en la isla de Paros se iniciaron las obras de los puentes, que la unirían con Naxos y Tinos, y que les proporcionarían el agua pura y clara de Tinos, Hebe vio horrorizada cómo los manzanos empezaban a secarse. No sabía qué hacer ni si tenía que decírselo a sus padres. Se lo contó a su amiga Ilia y luego a los padres de Ilia. Después de mucho pensar, creyeron que lo mejor sería transplantar los manzanos a otra tierra, que pudiera darles vida y no desaparecieran.

         Tenían en cuenta que ellos también solían comer las manzanas, que Hebe les llevaba a diario. Hebe sabía que las manzanas doradas les darían la inmortalidad, que ansiaba para su amiga y sus padres; pero ¿qué haría para seguir enviando las manzanas a sus padres hasta Creta? Por supuesto los puentes mejoraban el transporte, pero, si los manzanos morían, también sus padres morirían.

Se le ocurrió preguntar en primer lugar a su amigo Febo, que parecía ser amigo de todos los nuevos jefes de los clanes. Él ya dominaba la adivinación y seguramente sabría dar una solución. Pero Sérifos estaba lejos y, cuando llegara la respuesta de Febo, los manzanos habrían muerto. Tampoco sus nodrizas sabían dar una solución, hasta que Eunomía pensó en una isla lejana, en otro mar, que podría quizá tener y cuidar los manzanos. Esto tenía que pensarlo bien, porque ese jardín estaba en las Hespérides y era difícil llegar allí y recogerlas.
           Pensaron que, si Dión seguía en Trinacria, quizá él pudiera viajar a las Hespérides, porque los barcos de Trinacria ya habían navegado hacia el oeste y habían encontrado unas islas en el llamado mar de Thetis. Eunomía pensó que quizá Dión también querría llevar las semillas de sus vides a las Hespérides.
            Hebe e Ilia tenían ya 17 años, edad en que muchas jóvenes ya tenían esposo, e incluso hijos. Un suceso inesperado vino a cambiar la tranquila vida de las dos jóvenes: la cantera en la que trabajaba el padre de Ilia se derrumbó; había sido un ligero movimiento de tierras, pero un bloque de mármol dio en la cabeza al padre de Ilia y murió instantáneamente. Todos se quedaron desolados por la muerte del jefe del Clan de la Piedra, pero las más afectadas fueron su esposa y las dos jóvenes.
            Enseguida nombraron a Hebe jefe del clan, aunque Hebe no quería. La madre de Ilia entró en una especie de depresión, que la llevó a la muerte en pocos meses. Hebe e Ilia no podían asumir que todo hubiera cambiado en tan poco tiempo. Seguían siempre juntas, pero ya nada era igual.
            El consejo de marmolistas tomó la decisión de casar a las dos jóvenes. A Hebe porque necesitaban una heredera y a Ilia, porque ambas amigas parecían estar siempre en sintonía y posiblemente podrían celebrar las dos bodas a la vez.
La noticia del movimiento sísmico llegó enseguida a oídos de Zeus  e Ira. Enviaron un mensajero, pidiendo que Hebe se presentara en Creta. Sus padres le propusieron matrimonio con Heracles, un hijo de Zeus, que a Hebe le pareció demasiado grande y demasiado bruto. Las nodrizas Eunomía, Dice e Irene intercedieron a favor de Heracles, diciendo que era un hombre justo y valiente y que siempre defendía al débil, frente a los abusos de los poderosos. Hebe aceptó sin demasiado entusiasmo. Aún no conocía a Heracles y no sabía si iba a estar a gusto con él.
            También Ilia tendría que casarse y el consejo le propuso a un famoso marmolista tallador, llamado Mármaros, cuyas figuras se vendían con gran facilidad, porque su finura y realismo atraía a numerosos compradores de otras islas. Pero a Hebe no le gustaba Mármaros: era orgulloso y se consideraba mejor que nadie. Incluso despreciaba al difunto padre de Ilia, al que consideraba un simple cantero.
            Ilia pospuso la boda hasta que pudo viajar al oráculo de Sibila, para que le dijera lo que tenía que hacer. Ya daría su respuesta. Cuando se presentó en la sala del oráculo, sin avisar a nadie, Sibila se quedó asombrada. Algo grave debía suceder, para que Ilia hubiera hecho un viaje tan difícil, sobre todo con las continuas tormentas que ahora se tragaban a tantos barcos. El oráculo de Sibila le dijo que no se preocupara, porque no tendría que casarse con Mármaros.
No entendió la respuesta. Ella pensaba que le iban a decir otro nombre o que le iban a proporcionar una disculpa para rechazar al pretendiente. De todas formas dio las gracias y se quedó unos días en casa de Sibila. Su casa sí que era una verdadera obra de arte: era de mármol. Ni siquiera en Paros había casas como aquélla.
            La isla y su color rosado iban cambiando y se asemejaba más bien a un cielo grisáceo, intensificado por las continuas tormentas que amenazaban la isla. Todos consideraban que el movimiento sísmico, que había costado la vida a algunos canteros, tendría sus réplicas. Y efectivamente, hubo algunas sacudidas más, en las que la tierra parecía que iba a abrirse y hundirse en el mar.
            Cuando Ilia volvió de su viaje, Hebe le comunicó que su futuro esposo había muerto, de la misma forma que su padre: un bloque de mármol le había caído encima del pecho y había muerto al faltarle el aire para respirar. Lo sacaron de debajo del bloque, pero el rescate fue costoso, porque la tierra se había convertido en un barro espeso y resbaladizo. Cuando consiguieron sacarlo, ya había muerto.

            Ilia no sabía si lamentarlo o alegrarse. Ahora entendía el oráculo de Sibila. Pensó que ahora le propondrían otro esposo y no se quedó tranquila hasta que su propia amiga Hebe le comunicó que se casaría, si quería, con un joven escultor, que había venido con el arquitecto Ineni a construir los puentes. Se llamaba Aache y había pedido a Hebe la mano de Ilia. Era guapo, agradable y tan bueno como escultor, que ya muchas familias le habían pedido que esculpiera los retratos de cada uno de ellos.
            Ilia ya se había fijado en él, pero su característica humildad le había hecho pensar que el joven buscaría a una mujer más bella. Aache la había observado y la consideraba como la mejor modelo que podía tener. Tantas veces la había mirado a escondidas, que acabó enamorándose de ella. Ilia aceptó enseguida.
            La boda se celebró con grandes fiestas. Y en medio de los festejos, empezó a llover de una forma que no habían visto nunca. Parecía un verdadero diluvio. El mar rugía enfurecido y las olas llegaban, hasta el interior de la isla. Todos corrían, sin saber dónde refugiarse, porque el agua lo anegaba todo. La Madre Naturaleza estaba enfadada. Tenían que averiguar la causa de su enfado.
            Aache había construido ya la casa donde vivirían. Allí llevó a su reciente esposa, que quedó asombrada, al ver que era una casa parecida a la casa del oráculo de Sibila. Era toda de mármol y estaba asentada en lo alto de una colina. Era el terreno que el consejo de marmolistas le había entregado como regalo de bodas, como hacían siempre que una pareja iniciaba una nueva vida en común.
            Allí Ilia se sentía segura frente a los temporales y los seísmos. Invitó a su amiga Hebe y a su esposo a ir a vivir con ellos, porque había muchas estancias, aisladas unas de otras por fuertes paredes, también de mármol. Además así Hebe no se sentiría tan sola, por las muchas ausencias de su esposo. Pero Hebe ya había decidido marcharse de la isla, porque su esposo Heracles era un viajero infatigable y se metía en continuas aventuras, defendiendo a los humildes. Se iría con él y fijaría su residencia en una tierra firme, que consideraba más segura que una isla.
Las hazañas de Heracles fueron tantas y tan brillantes que se mitificaron, contándose aventuras que en realidad no habían sucedido. Una de ellas fue su viaje a la lejana Hesperia, donde se asentaría con su esposa, antes de ser divinizados. Allí sus descendientes, los heráclidas, llegarían hasta el fin del mundo: finis terrae, donde construyeron el famoso faro de la actual Coruña.          



3.- Los rivales


           Dión tenía ya 14 años. Como jefe del Clan de Viticultores había decidido que todos los habitantes tuvieran las mismas oportunidades, de forma que no quiso ser jefe de nadie en la isla color vino. En cuanto se iniciaron las obras del puente que los uniría a las islas de Tinos y Paros, había intentado preservar sus viñedos del polvo que provocaban los trabajadores.

            No quiso que ninguno de sus viticultores dejara sus quehaceres con las viñas y pagó a trabajadores de fuera para que realizaran las obras. Mandó cubrir todas las cepas con telas, que preservaran las plantas. Así consiguió que sus vinos fueran de la misma calidad que antes.

            Aprovechando las relaciones que le proporcionaba su colaboración con Posidón, tuvo largas charlas con él: para tratar de eludir el dominio de Creta y para sentar bien las bases de sus futuras amistades. Tenía muy claro que se relacionaría con quien quisiera, no con quien decidiera su padre Zeus. Así pues, sus preferencias fueron para la dulce Hebe y para el rebelde Dédalo. En cambio, empezó a cortar relaciones con Febo y los muchos amigos que éste se había hecho, como Sibila, Selene, por supuesto Artemis, a la que consideraba cruel y despótica y, sobre todo,  no pensaba relacionarse con Palas, que era la viva imagen de su padre, aunque más inteligente.

            Nefeli, su querida nodriza había muerto. También en Naxos se habían dado tremendas tormentas y un día, cuando estaba en la playa tomando el sol, una ola arrastró a Nefeli, que no supo defenderse contra el poder del mar. Unos días después, apareció su cadáver en la playa. Dión la lloró, porque era la única madre que había conocido y la persona a la que más quería, después de a sí mismo.

            Pero seguía viéndose con Hierón de Trinacria y haciendo algunos viajes. Podía permitírselo, porque, además de las ganancias que obtenía con la venta de las uvas, su padre Zeus le enviaba, de vez en cuando, una bolsa de oro, quizá para compensar el poco caso que le hacía. Nunca había viajado Zeus a Naxos, pero enviaba mensajeros de vez en cuando, para que le llevaran el oro a Dión y para recibir, a cambio, hermosos racimos de uvas, que le gustaban bastante.

            La rivalidad con Febo empezó cuando el oráculo dijo que su amistad con Dédalo terminaría de forma brusca. Dión no podía entender por qué Febo se metía en medio de una amistad, que parecía firme. Además Dión era rencoroso y vengativo, a pesar de que casi todo le daba igual, mientras no le atacaran a él directamente. El hecho de que el oráculo hablara sobre algo que no parecía tener fundamento hizo que Dión cortara las relaciones con Sérifos.

Posidón, que disfrutaba fomentado las rivalidades de los demás, le dijo que Febo se consideraba mucho más inteligente que él. Y Dión sabía que tenía razón, por lo que su envidia se acrecentó. La verdad es que eran muy diferentes: Febo se dedicaba a actividades de la inteligencia, mientras Dión se dedicaba a los placeres materiales, entre ellos, a disfrutar del buen vino que le proporcionaban sus viñedos.

           Cuando los viticultores se dieron cuenta de que el tiempo cambiaba ostensiblemente y que sus viñedos peligraban, Dión, como hombre práctico, decidió visitar a su amigo Hierón de Trinacria. Cuando llegó se dio cuenta de que Hierón ya era anciano y pensaba dejar el poder en manos de su hijo Gelón. La familia repetía continuamente los nombres de sus vástagos masculinos: todos se llamaban Hierón o Gelón. ¡Qué poca imaginación!, pensó Dión.

            Lo primero que planteó Dión fue llevar sus cepas a Trinacria, que era una isla muy fértil. Los vientos y lluvias mediterráneas ayudaban a la agricultura, de forma que muchas regiones de la cercana Thirrenia y de la no tan cercana Hélade la consideraban como su granero. Hierón aceptó de buena gana la oferta de Dión y le comentó que él, a su vez, pensaba probar fortuna en las islas de la lejana Hesperia, donde había oído decir que el clima era mejor que en Trinacria, porque estaban más resguardadas de las inclemencias marinas.

Ambos pensaron que llevarían a Hesperia sus cepas, donde suponían que crecerían en libertad y con buenos resultados. También pensó Dión en su amiga Hebe, que le había dicho que sus manzanos dorados se estaban secando, por causa del polvo de las obras de los puentes y canalizaciones. Probarían suerte con ambas cosas, los manzanos y las cepas.

También conservaba Dión la amistad de Filomelo, el delfín que le había salvado en su primer viaje a Trinacria. Pero el delfín ya estaba viejo y cansado y le había comunicado que en breve iría a morir con los suyos, aunque también había conocido, por medio de Filomelo a otros amigos delfines, que seguirían yendo a pasear con Dión.
 

Un día en que Dión fue a visitar la tumba de su querida Nefeli a la playa, se encontró a una joven, que le pareció bellísima. Estaba dormida y con vivas señales de haber llorado. Esperó a que despertara, observándola desde una distancia prudencial, para no asustarla. Ella, al verle, volvió a echarse a llorar. Cuando Dión le preguntó por la causa de sus lágrimas, ella le contó su historia.

Era hija de un noble de Creta y había ayudado a un heleno, que había ido a matar a su medio hermano Minotauro, que asustaba a todo el que se atrevía a entrar en el laberinto, donde lo habían encerrado. Ella se llamaba Ariadna y el heleno que la había llevado con él para agradecerle su ayuda, se llamaba Teseo. La verdad era que Ariadna se había enamorado de Teseo, pero él no la correspondía. Cuando la nave de Teseo se acercó a la isla de Naxos para coger agua y comida, Ariadna, cansada, se quedó dormida en la playa. Y Teseo partió sin ella.
Dión la consoló y la llevó con él a su propia cabaña, para que se repusiera y luego le dijera qué quería hacer o dónde quería ir. Los días de estancia en Naxos fueron como un bálsamo para Ariadna, que no parecía querer marcharse de allí. Los días se convirtieron en meses, cuando ambos jóvenes se dieron cuenta de que se habían enamorado.
El siguiente paso de Dión fue proponer matrimonio a Ariadna, que aceptó encantada. Las fiestas fueron espectaculares, con competiciones vinícolas, donde todos los habitantes de la isla competían bebiendo, hasta ver quién quedaba en pie, que sería el ganador. Ariadna y Dión tuvieron un hijo, al que llamaron Enopión, nombre que recordaba el vino que se fabricaba con las uvas de la isla.
Cuando empezaron las lluvias y los viñedos peligraron, Dión decidió marchar de Naxos y buscar fortuna en otras tierras. Ariadna lo acompañó con su hijo y se embarcaron en una nueva aventura. Llegaron a las costas de Hélade y se asentaron en la ciudad de Argos. Allí se enteró Dión de que su ya enemigo Febo iba a conquistar un oráculo en la región del Parnaso. La ciudad se llamaba Delfos. Dión enseguida se propuso disputarle el oráculo a Febo. Dejó a Ariadna en Argos y se embarcó hacia Parnaso.
Llamó a sus amigos delfines, que le habían seguido durante la travesía hacia Hélade, y les preguntó la mejor forma de llegar hasta Delfos. La región era montañosa y el mar resultaba muy peligroso, de modo que los delfines ayudaron a Dión a llegar hasta la costa más cercana a la cordillera del Parnaso.
            El camino hacia las montañas era difícil, aunque nada le parecía demasiado, si conseguía vencer a Febo. Pero cuando llegó, Febo ya había vencido al anterior señor del oráculo, llamado Pitón, y se había hecho dueño de la caverna y de las profecías.
            Dión, sin poder disimular su envidia y su rabia, volvió, con ayuda de los delfines, hacia Hélade, donde se reunió con su esposa Ariadna. Sin embargo, como hombre astuto, pensaba en cómo recuperar sus dominios y en cómo vengar la muerte de su madre Sémele, a la que seguía teniendo en su mente.
            En Argos se enteró de que su madre había muerto por la envidia de Ira, que la consideraba una rival peligrosa para ella. Ira consiguió engañar a Sémele, de modo que fue a consultar a una vieja profetisa, que vivía en una cueva en lo alto de una montaña. Subiendo hacia allí la alcanzó un rayo, que la fulminó. La viaja profetisa sacó al niño, que aún no había nacido y se lo entregó para su cuidado a las ninfas de la lluvia.
            Transcurrido mucho tiempo, llegó a ser inmortalizado como dios de las cosas materiales, en contraposición a Febo Apolo, dios de la inteligencia.
 
4.- Desaparición de Thera
            Las primeras manifestaciones del desastre natural que iba a suceder, se dieron en la isla de Thera. Después de construir el puente que la unía con  Amorgos, empezaron a notarse movimientos sísmicos y el mar desató su furia contra la isla. El puente con Creta fue imposible, o así lo consideró Palas, de modo que movilizó a sus tropas y las fue transportando a Creta.
            Su intención final era ir a vivir con su padre, a pesar de la repulsión que le producía su esposa Ira. La reina de los blancos brazos, como la llamaban todos, contrastaba con la piel tostada de Palas, que vivía al aire libre, y cuyas armas y vestiduras eran de color negro, igual que todos los hombres y mujeres que formaban sus escuadrones.
            El Clan de la Lanza y sus guerreros fue trasladándose a la isla de Creta, que lo acogía con interés, porque se sentían protegidos por la joven guerrera. También su amiga Gnome estaba contenta al cambiar Thera por la isla de Creta, donde veía más posibilidades de futuro. Ambas jóvenes tenían ya 20 años y la idea fija de no casarse, porque seguían considerándose superiores a cualquier hombre que conocieran. Habían tenido varios pretendientes, que habían sido rechazados sin contemplaciones.
            Las dos amigas habían decidido ser las últimas en abandonar la isla, después de haber puesto a salvo a sus compañeros. Su decisión resultó ser acertada, cuando vieron que no sólo había seísmos y grandes olas, sino que empezó a sentirse un calor abrasador de día y de noche, lo que hizo pensar a Palas que algo se estaba removiendo en el interior de la tierra.
            Efectivamente, un día los sorprendió un río de fuego que salía de la montaña, seguido de grandes estallidos atronadores, cuando la montaña expulsaba al aire trozos de piedra que parecía ser de fuego. Ya estaban saliendo las últimas naves con dirección a Creta, cuando un gran maremoto arrasó la isla. También el éter parecía estar de acuerdo con la catástrofe, porque empezó a llover como nunca habían visto antes.
            Esta circunstancia vino a ser beneficiosa, de algún modo, puesto que la lluvia torrencial apagó, de momento, el fuego de la montaña y la nave donde iban Palas y Gnome pudo poner rumbo a Creta. Llegaron con grandes dificultades, pero sanas y salvas, como la mayoría de sus compañeros.
            Pocos días después de su llegada, vieron cómo su querida isla estallaba a causa del fuego volcánico. Las cenizas se veían desde Creta y llenaban las aguas, volviéndolas de color gris. Pasaron varios meses hasta que el agua volvió a tener su color azul característico. El puente con Amorgos había desaparecido y las distancias se hacían mayores, porque ningún barco se aventuraba a navegar en las revueltas aguas del Egeo.
            Gnome estaba triste porque no podía olvidar a su querida Thera, pero Palas la animaba diciendo que estarían mucho mejor en Creta. Tenía la idea de viajar por otras tierras y tener su propia ciudad. A pesar de que seguía queriendo a su padre, ella quería tener sus propios dominios.
            Y, después de pensarlo mucho, un día decidió hablar con su padre y proponerle un viaje. Zeus frunció el ceño, como solía hacer cuando algo no le parecía demasiado seguro, pero al fin le aconsejó diversos lugares, donde podría establecerse. El primer viaje debía ser a tierra firme, a la Hélade, donde ya otros habitantes de las islas habían buscado refugio. Allí ya podría planear su siguiente destino.
            Para llegar al continente heleno, la mejor opción era hacer una última parada en Andros, donde ya gobernaba Dédalo. Era la isla menos dañada por los seísmos y maremotos y parecía una buena posibilidad. El problema era que Dédalo mantenía el rencor de su padre hacia Zeus y hacia ella. No en vano había sido la primera isla que había sufrido sus incursiones militares.
            Pensando que de alguna forma podría tratar con Dédalo sin despertar antiguos rencores, se puso en camino hacia Andros. La gente aún recordaba la muerte de la mayoría de los suyos a manos de las patrullas de Palas, sobre todo Naucrates. No podía olvidar que sus padres habían muerto cuando aún era muy pequeña y seguía echando la culpa a Palas. No quiso influir en su esposo, así que dejó que él tomara su decisión.
            Y la decisión de Dédalo fue decir a Palas que era mejor que se marchara. Palas ya se había imaginado la situación y ya había equipado su nave, para emprender su viaje definitivo. Llegó a las costas de Hélade y se asentó con su grupo de guerreras en una región llamada Ática. Allí se dirigió  al principal asentamiento, que le pareció el mejor, porque tenía una acrópolis bien defendida por las rocas y con abundante agua.
            Estando allí, llegó Posidón, que también estaba buscando un lugar para asentarse. Posidón siempre había pretendido seducir a Palas, aunque sabía que ella lo despreciaba. Sabiendo que ella siempre ponía a dos de sus guerreras para hacer guardia, acechó hasta que vio el momento de acercarse. Intentó violarla, aunque no lo consiguió, porque ella escapó a tiempo. Pero el producto de su deseo cayó en la tierra y la madre Tierra  engendró un hijo.
            Palas adoptó al bebé, porque consideraba que había nacido por causa de ella. Lo llamó Erictonio y, como ella no podía (o no sabía) cuidarlo, se lo entregó a tres hermanas, que vivían en el asentamiento. Las tres hermanas, Herse, Pándroso y Aglauro dejaron caer al bebé y Palas las acosó de tal forma que se volvieron locas. Dos de ellas se arrojaron desde lo alto de la acrópolis, convencidas de que no servían  para nada.
            No quedó ahí el acoso de Posidón. Cuando Palas consiguió que su hijo adoptivo llegara a ser el jefe del asentamiento, los habitantes de la región buscaban una buena protección y ofrecieron a Palas la protección de su territorio. Entonces volvió a presentarse Posidón, diciendo que él era mejor protección, porque dominaba el mar mejor que ella.
            Sin saber qué hacer, los hombres y mujeres del lugar propusieron una competición entre ambos: el que ofreciera mejor regalo para ellos sería su protector. Posidón dio un golpe en la roca con su bastón y salió agua del mar.
Agua salada, que no les pareció demasiado interesante. Palas ofreció un olivo, que había traído consigo en su viaje. Los habitantes de la roca eligieron a Palas, porque el olivo les parecía mucho más útil. Desde entonces lo consideraron el árbol de la paz.
            Posidón se marchó enfadado, mientras Palas se quedó como protectora de la acrópolis y de los terrenos anexos. Decidieron poner el nombre de Palas a la nueva ciudad que se iba formando. Palas Atenea, por lo que la ciudad se llamó Atenas.
            Pasado el tiempo, la historia se convirtió en mito y llegaron a deificar a Palas, a la que dieron el nombre de Palas Atenea. Los progresos posteriores de la región se le atribuyeron a ella y todos los años, el día séptimo del mes séptimo, celebraban fiestas en honor a Atenea, a la que regalaban un manto nuevo, fabricado por las doncellas de la ciudad.
            Se hacía una procesión en la que todas las doncellas solteras participaban para honrar a su protectora, que seguía siendo soltera. No sólo protegió a la región con sus tropas, que fueron aumentando paulatinamente, sino que les enseñó el arte de navegar, de forma que los atenienses llegaron a ser la primera potencia marina de su tiempo.
            Como doncella llegó a llamarse Atenea Párthenos y como guerrera se llamó Atenea Prómajos.

5.- Febo viaja al Parnaso

        La isla de Sérifos estaba destinada a desaparecer, como le sucedería a otras islas del Egeo. Los seísmos y maremotos se habían multiplicado, tras la construcción de los puentes, que la unían con Amorgos y Paros. La placidez de sus playas ya no era tal, porque el mar se había tragado la mayoría de la arena y los pescadores ya no podían recoger el pescado que solían tener como alimento básico.

       El clan de la lira se iba dispersando, porque todos los habitantes de la isla, más tarde o más temprano, iban emprendiendo su viaje de salvación, antes de que los puentes se perdieran del todo, porque la aventura de viajar por mar les resultaba peligrosa. Quien más quien menos, todos tenían miedo a un futuro incierto.

También Febo, con 17 años, consideraba que debía buscar un nuevo destino. La isla de Delos, la flotante, no parecía tener tantos riesgos como las otras islas. Todos habían llegado a la conclusión de que la tierra se revolvía a partir de Thera, y las islas más lejanas tardarían más en perder su estabilidad. Por supuesto, la mayoría de los jefes de clan creían que la isla de Thera había desaparecido la primera, como castigo de la Madre Naturaleza, por su afán de dominio y sus incursiones guerreras.

Febo se había convertido en un experto médico, utilizando las plantas que tantas veces había recogido y aprendido a emplear, con ayuda de la nodriza Eufeme. También había aprendido a recoger el veneno de algunas serpientes, que, administrado en cantidades dosificadas, servía para aliviar todo tipo de dolores.

         Mnemósine había muerto, a pesar de los esfuerzos de Febo para aliviar sus dolores de cabeza, que en los últimos días le habían resultado insoportables. Febo seguía dedicándose también a su música, que salía de su lira con una facilidad asombrosa. Incluso había formado una especie de escuela de música, en la que participaban todos los jóvenes que sentían la necesidad de expresar sus sentimientos por medio de la música. Pensaba llevarlos consigo, si conseguía viajar al lugar que se había propuesto.

     También había aprendido a interpretar las señales que le revelarían el futuro, gracias a las enseñanzas de Urania. Una de las mejores cualidades del joven era saber escuchar y saber observar. Urania le había inculcado la paciencia necesaria para escuchar lo que tuvieran que decirle. Escuchando, podía adivinar lo que cada uno necesitaba. 

        Cuando los puentes empezaron a caer y los canales que cruzaban la isla empezaron a traer el agua turbia, que ya no servía para beber, decidió emprender su viaje, con todos los que quisieran acompañarle. Entre ellos las tres jóvenes que le habían educado. Quizá influido por su hermana Artemis, aún no se había decidido a tomar esposa, aunque había tenido varias aventuras amorosas.

       Una de ellas había sido con una de las amigas y compañeras de su hermana, Cirene, joven cazadora, que, como Artemis, había decidido no casarse. Pero al conocer el amor de Febo y nublada por su belleza, cedió a sus deseos y tuvieron un hijo, llamado Aristeo. Aristeo se convertiría con el tiempo en el mejor apicultor de la época.

            Después de equipar las naves, que transportaban a casi todos los habitantes de Sérifos, pusieron rumbo a tierra firme, a la Hélade, que otros isleños habían elegido como meta. Pero en lugar de quedarse en la región del Ática, se dirigió a la gran isla que había fundado Pélope, el Peloponeso. Allí varó sus naves y siguió el viaje a pie.

            Llegó a Epidauro, ciudad con frondosos bosques de eucalipto, cuyas propiedades ya conocía. Le gustó tanto que decidió fundar allí un oráculo y una escuela de medicina. Al frente de ella puso a su hijo Asclepio, hijo de Corónide, una de sus aventuras, que, como casi todas, acabó desgraciadamente, porque Corónide fue atravesada por una flecha de Artemis, que no perdonó el desliz de Corónide con su hermano. Asclepio aprendió de su padre el arte de la medicina, las plantas y el veneno, como remedio curativo, y, quizá lo más novedoso, el arte de curar por medio del sueño. Inducían al paciente a dormir y luego, durante el sueño, se le revelaba su propia curación.

            A pesar de que los amores de Febo duraban poco tiempo, mientras iban de camino a su nuevo destino, tuvo una aventura algo más duradera con Urania, su consejera en materia de adivinación. De esta relación nacieron dos famosos músicos, Lino y Orfeo.

            Desde Epidauro, Febo siguió andando hasta encontrarse con el mar de nuevo. Para llegar al destino que había soñado, Delfos, debía volver a cruzar el mar y, esta vez, lo hizo solo, con ayuda de los delfines, que se prestaron voluntarios a llevarle hasta la cordillera del Parnaso.

            Después de salvar la distancia hasta Delfos, a través de los montes, donde dejó a sus jóvenes compañeras Calíope, Melpómene y Urania, para que fundaran una casa de las artes, se dirigió solo al oráculo, que era propiedad de un anciano llamado Pitón. Trató de convencerlo para que le cediera el lugar, alegando que él ya era viejo y que él traía ideas nuevas, pero el anciano Pitón no quiso escucharle y se aprestó a la lucha. Lógicamente venció el atlético Febo, por su juventud y por su preparación física.

            Empezó a organizar el oráculo, pensando que necesitaría alguien que le ayudara. Enseguida se acordó de su amiga Sibila. Si ella también emigraba, intentaría convencerla para que le ayudara. El joven Febo se puso al día de las redes de información que ya funcionaban con Pitón, informaciones que le serían de gran utilidad para saber lo que pasaba en todas partes y así poder acertar en sus vaticinios.

        Poco a poco fueron llegando sus antiguos compañeros, que se pusieron rápidamente a colaborar con él en su gran empresa. Pronto se dieron cuenta de que estaban bien entrenados como corredores y decidieron construir un estadio, para realizar carreras y otros deportes atléticos, que realizaban todos los días al despuntar el alba. Otra de las ventajas del lugar era la existencia de una fuente de agua clara y continua: la llamaron Calirroe “la que fluye bien”. Y al lugar del oráculo le pusieron el nombre de Delfos, en recuerdo de los delfines que habían ayudado a Febo a llegar.

        Cerca del oráculo, construyeron una especie de santuario, para que los suplicantes, que venían a pedir consejo o adivinación, pudieran reposar del viaje y presentaran sus peticiones a Febo. Solía atender a todo tipo de personas; si eran ricos, les pedía como pago una cantidad de oro; si eran pobres, los atendía gratuitamente. Eso sí, todos debían llevar un cabrito recién nacido, al que bañaban en la fuente Calirroe. Si el animal temblaba con el agua helada, la pregunta era respondida. Cerca del santuario, construyeron una casa, donde se alojaban los antiguos sacerdotes de Pitón, ya asimilados a las nuevas ideas de Febo.

        Febo observaba a los peticionarios, como bien le había aconsejado Urania, y con sus informaciones, relativamente recientes, daba sus oráculos, de forma tan ambigua que siempre acertaba. La sacerdotisa, a la que pronto llamaría pitonisa, en recuerdo de Pitón, daba respuestas, que parecían absurdas y que luego eran interpretadas y explicadas por los sacerdotes.

     En el lugar en que se situaba la pitonisa había una cueva con emanaciones sulfurosas, lo que hacía que la joven entrara en una especie de ensoñación, que, unida a los efectos de hojas de laurel, que masticaba, daban la impresión de que la pitonisa estaba en trance. Poco tiempo después de la situación de trances, daba su respuesta.

         El oráculo se hizo tan famoso que llegaban personas de toda la Hélade, e incluso de tierras lejanas, para hacer sus preguntas. Con el tiempo, el personaje de Febo fue objeto de múltiples historias y mitos, de modo que los habitantes de Delfos lo divinizaron.

       Como dios de la inteligencia, la adivinación y la medicina, fue confundido con Helios, el dios del sol, hermano de Selene, que también sería confundida con Artemis, como hermana melliza de Febo Apolo. El nombre de Apolo se convertiría, con el tiempo, en sinónimo de belleza masculina.




6.- El laberinto

            La isla de Andros estaba tan lejana a la zona de los seísmos que pensaron que a ellos no les llegaría el castigo de la Madre Naturaleza. Su puente con Tinos aún no se había destruido y las canalizaciones de agua seguían trayendo el agua pura a todas las casas, aunque estaban acostumbrados a refrescarse y beber en las fuentes naturales que poseía la isla. El lugar seguía manteniendo su color verde característico y sus frondosos bosques y fuentes.
            Dédalo y Naucrates se habían casado y Eupálamo dejó la jefatura del grupo a su hijo. A nadie extrañó la boda de los dos jóvenes, porque se amaban desde niños, y siempre habían estado juntos, desde que murieron los padres de Naucrates. Las fiestas de la boda fueron juegos acuáticos, que seguían realizando, a pesar de que la reconstrucción de la isla, tras el ataque de Palas había sido lenta y difícil. Sobre todo porque habían quedado muy pocos y la repoblación les parecía poco menos que imposible.

            El Clan del Toro había aumentado gracias a algunos familiares, que se habían quedado en la isla para ayudar y luego ya no se quisieron ir. Gracias a la venta de objetos de oro y tallas de todo tipo, habían podido salir adelante. Los amigos de Eupálamo, Licos y Dorcas, habían sido pilares en los que todos se habían apoyado para levantar la economía. Los jóvenes ya estaban todos en edad de casarse y formar nuevas familias, que ayudaran al desarrollo de la isla. Dédalo ya tenía 17 años. Las aventuras de otros jóvenes de islas cercanas habían llegado a oídos de todos ellos y muchos soñaban con viajes sencillos y productivos.

            Dédalo y Naucratis pensaron llegar al continente, como hacían todos. Llegaron al Ática y se asentaron en la ciudad de Atenas. Pero no se encontraban demasiado a gusto, porque Palas ya había extendido su dominio por toda la región, aunque no ponía pegas a nadie, porque necesitaba población. En Atenas, crearon un taller de orfebrería, donde pronto tuvieron aprendices.

            Uno de ellos era el hijo de su hermana, llamado Pérdix, a quien su madre dejó con Dëdalo para que aprendiera el oficio de orfebre. El joven Pérdix era tan inteligente que no sólo aprendía, sino que trataba de imaginar nuevas técnicas y aparatos. Entre sus inventos estaba la sierra, que imaginó probando con espinas de pescados grandes o mandíbulas de serpientes. También había inventado el compás, el formón o el torno de alfarero, después de mucho practicar con los objetos más inverosímiles.

            Dédalo empezó a tener envidia de su sobrino y, aprovechando que se habían acercado al acantilado de la acrópolis, lo empujó y el chico se despeñó. Inmediatamente el consejo de ciudadanos del Ática expulsó de Atenas a Dédalo, su esposa y sus dos hijos.

En la isla de Creta habían oído hablar de su habilidad y, al enterarse de que lo habían expulsado de Atenas, lo contrataron. En Creta gobernaba como dueño absoluto un hijo de Zeus, llamado Minos, cuya madre Europa, abandonada por Zeus, se había casado con el rey Asterión, que dejó como heredero a Minos. Zeus e Ira habían decidido marcharse, y dejar el gobierno a uno de los numerosos hijos de Zeus. En la isla abundaba el oro y Dédalo podía lucir sus habilidades. Empezó construyendo un ser metálico, que podía actuar como una especie de robot; era Thalos, que vigilaba las costas de la isla de Creta y la protegía de los posibles piratas.

Para una de las hijas de Minos, llamada Ariadna, Dédalo construyó una pista de baile, de bronce. Era tan resistente que la niña jugaba, daba saltos y bailaba con todas sus amigas sobre la pista.
          La isla no poseía fortificaciones, ni muros de defensa, porque creían que nadie sería capaz de atacarla. Pero, por si acaso se diera un ataque, decidieron construir unos túneles subterráneos, que sirvieran de protección a los cretenses, pero que no pudieran ser descubiertos por los posibles enemigos. Fue la obra más importante que ideó y realizó Dédalo. Los túneles atravesaban toda la isla. Era tan difícil seguir la ruta, que se decía que nadie podría entrar en el laberinto sin perderse.
Una vez construido, Minos prohibió a Dédalo abandonar la isla, para que no pudiera contar a nadie la estructura del laberinto. Dédalo se sentía como prisionero. Su esposa había muerto y su hija Yápige se había casado con un joven cretense. Estaba sólo con su hijo Ícaro y empezó a pensar cómo librarse de lo que le parecía una prisión.

La idea se le ocurrió un día, que estaba sentado en la playa observando a las aves levantar el vuelo desde la playa. Después de mucho pensar, empezó a recoger las plumas que se desprendían de las aves marinas. Ató las más grandes con hilo, de modo que se parecieran a las alas de las aves y puso en los extremos las plumas más pequeñas, pegándolas con cera.

Cuando terminó de hacer dos pares de alas, le explicó a su hijo cómo usarlas y así poder escapar de la isla. Ató un par de alas a los hombros de su hijo y otro par para él mismo y dio a Ícaro las recomendaciones necesarias: no acercarse demasiado al sol, para que no se derritiera la cera que unía las plumas; y no acercarse al agua para que no se mojaran, porque el peso le haría perder altura.

Pero Ícaro, emocionado por la altura, no se acordó de las normas de su padre y se acercó demasiado al sol. La cera empezó a derretirse y el niño cayó al agua. Dédalo perdía así a su única familia. Bajó, recogió el cadáver de su hijo y lo llevó volando hasta una pequeña isla a la que llamó Icaria.

Después se fue a la isla de Trinacria, donde reinaba un rey llamado Cócalo, que le dio asilo, porque Minos mandó perseguir a Dédalo por todas las islas. Incluso envió emisarios de ciudad en ciudad. Como nadie conseguía encontrar a Dédalo, Minos propuso un gran premio para quien resolviera un acertijo: cómo se podía pasar un hilo a través de una caracola espiral, haciendo sobresalir el hilo por los dos extremos.

El propio Minos dirigía su embajada, para que nadie dudara que obtendría un buen premio. Cuando llegó a la ciudad de Camico, el rey Cócalo, sabiendo que Dédalo sería capaz de resolver el acertijo, buscó al anciano. Dédalo ató un  hilo a una hormiga y la introdujo por un extremo de la caracola, mientras ponía un grano de trigo en el otro extremo. La hormiga recorrió todo el interior de la concha enhebrándola completamente.

Minos entendió que Dédalo estaba en la ciudad, porque consideraba que ningún otro habría podido imaginar tal ardid. Exigió a Cócalo que le entregara al artesano. Lo que no pensó fue en que Dédalo era muy apreciado en todas partes y él no. Cócalo, quizá advertido por Dédalo del afán de conquista de Minos, que se quedaría con la ciudad, convenció a Minos para que tomara un baño y después le entregaría a Dédalo. Minos accedió y las hijas de Cócalo lo mataron en el baño, quemándolo con agua hirviendo.

Dédalo se había salvado una vez más, gracias a su ingenio.

Otras versiones mitológicas cuentan un final diferente para Minos: dada su afición a las mujeres, a las que luego olvidaba y abandonaba, una de ellas lo envenenó, muriendo ella también, al beber de la misma copa.

De todas formas, como Minos era hijo de Zeus y había sido un rey justo, los dioses decidieron que pasara a ser uno de los tres jueces del Hades, junto con sus otros dos hermanos Sarpedón y Radamantis, hijos de Zeus y Europa, a la que Zeus había raptado, tomando la forma de un toro.


Pero eso es otra historia...

7.- Planes de Posidón

            Posidón no tenía intención de ayudar a Ira y Zeus en sus planes de unificación de las islas. Sabía que la idea de los puentes sólo era una disculpa para controlar mejor el comercio y conseguir ganancias, con el trabajo de los demás. No se opuso a la construcción de los puentes con Paros y Naxos. De hecho, había puesto en práctica su idea de canalizar agua potable, que beneficiaba a todos y a él le reportaba buenas ganancias. Pero pensaba boicotear los puentes. Tendría que pensar cómo hacerlo.

            Cuando se enteró de que Paros y Naxos habían sido tragadas por las aguas, supo que su isla de Tinos también sufriría el mismo destino. El trasporte por los puentes ya no funcionaba hacía semanas y ahora se explicaba el porqué. No en vano eran pescadores y conocían el mar mejor que su propia tierra. La idea de trasplantar los manzanos y las viñas, que ya habían llevado a término Hebe y Dión, le pareció acertada.

Pensaba cómo construir una nueva vida para sus pescadores y ya tenía 30 años. Tenía que darse prisa para poder disfrutar de las manzanas de la juventud, que su sobrina compartiría con él de buena gana. 

            De momento, el mar estaba revuelto, lo que dificultaba la pesca, pero aún no había señales de otros fenómenos naturales. Aún así, decidió poner a trabajar a Perdikas, constructor de balsas, para que preparara suficientes para todos los pescadores y sus familias. Las balsas eran situadas en la costa y casi todas las familias iban depositando en ellas sus posesiones, en espera del momento en que hubiera que usarlas.

Además de sus barcas de pesca, Posidón decidió construir una nave de mayor capacidad. Si el tiempo se lo permitía, construirían otros barcos, que fueran sustituyendo a las balsas. Puso como jefe de la flota al capitán Peltas.Todos iban colocando en las balsas sus mejores cestos de algas y sus mejores anzuelos y fabricaban unos y otros con mayor rapidez, para tener buenas reservas para el viaje.

          Las balsas estaban bien atadas, en prevención de los fuertes vientos que siempre azotaban a la isla. A los costados de cada una de las balsas, ataron cestos, que habían impermeabilizado con pieles de pescado, bien limpias, y los llenaron con  agua mineral natural. Todas las balsas y navíos mantenían el color plateado de la piel de pescado, característica del clan de los pescadores.

            Cuando consideró que todo estaba preparado, comunicó a su gente que se embarcaban, con rumbo al continente. Estaba decidido a afincarse en el estrecho de tierra que unía la Hélade y el Peloponeso: era la región de Corinto. Allí consiguió alianzas con los habitantes y todos se adaptaron enseguida a su nueva patria.

            Pero Posidón quiso investigar en otras tierras cercanas y emprendió viaje hasta la región del Ática, donde sabía que estaba Palas. Siempre había tenido la intención de conquistar a su joven sobrina, aunque sabía que ella despreciaba a los hombres y no tenía ninguna intención de casarse. Cuando llegó al asentamiento de la acrópolis, tras un intento fallido de seducción, retó a Palas por el dominio de la región. Pero perdió la competición y se marchó de nuevo a Corinto. No había tenido en cuenta la brillante inteligencia de su sobrina.

            Corinto era una tierra que daba al mar por ambas partes, por lo que los pescadores procedentes de Tinos se sentían bien y enseguida congeniaron con los habitantes autóctonos, que se dedicaban en su mayor parte a la cría de ganado vacuno y ovino, además de poseer colmenas, que les proporcionaban una miel tan deliciosa como la que se daba en el Himeto.

Los habitantes de Corinto los recibieron bien, porque habían sufrido anteriormente un intento de conquista por parte de Helios (el hermano de Selene) y como no les había gustado su forma de actuar, consiguieron que se fuera. En cambio los nuevos emigrantes no tenían afán de conquista, sólo querían asentarse en paz.

            Tras su fracaso frente a Atenea, Posidón buscó una esposa más acorde con su forma de ser, más marina que terrena. Recordó que, hacía ya varios años, había visto a una joven bellísima, bailando con sus compañeras en la isla de Naxos. Se trataba de Anfítrite. Pero ¿dónde podría encontrarla, ahora que Naxos ya no existía?

Tendría que buscarla, porque la imagen de la joven no se le iba de la cabeza. Entonces recordó que su sobrina Hebe había conseguido plantar sus manzanos en las Hespérides, por consejo de Dión. Sabía que este vergel estaba cuidado por Atlas y que Anfítrite era su protegida.

            A Posidón no le importaba embarcarse continuamente, porque consideraba que el mar era su mejor dominio, por tanto se dirigió a las Hespérides con su barco y su capitán Peltas. Y, efectivamente, allí estaba Anfítrite. Le propuso matrimonio y la convenció fácilmente, para que le acompañara.

Además, encontró las famosas manzanas de Hebe y pidió permiso para llevarse algunas semillas, que tenía intención de plantar en Corinto, aunque Hebe le advirtió de que el clima influía mucho en las plantas y no estaba segura de que los manzanos germinaran en Corinto, debido a las brisas marinas.

            El primer hijo de Posidón y Anfítrite fue Tritón. Desde niño le encantaba pasar el día en la playa y se aficionó a recoger caracolas. Escuchaba el sonido marino que provenía de las caracolas y consiguió sacarles un sonido más fuerte, soplando en su interior. El niño era muy inteligente y enseguida pensó en que, soplando con distinta intensidad, produciría sonidos distintos e imaginó cómo podría guiar a los barcos con el sonido. Hizo pruebas con los marinos y decidieron entre todos que el sonido agudo indicaría peligro, mientras el sonido grave, indicaría tranquilidad.

            Cuando Tritón ya tenía cinco años, sus padres tuvieron otro bebé, que fue una niña, a la que llamaron Rhode. Al ver la belleza de la niña, su madre Anfítrite empezó a planear cómo resolver su futuro. Buscaría un lugar para ella, donde crecieran las rosas y donde Rhode consiguiera ser reina.

Un año más tarde, Anfítrite dio a luz a otra niña, a la que puso el nombre de Benthesicyme. Pero esta niña no tenía la luz y el brillo de su hermana y Anfítrite pensó que ya se ocuparía del futuro de su hija más pequeña, cuando hubiera resuelto el de los dos mayores.

            La pareja se fue haciendo popular, porque siempre intentaban mejorar la economía y el bienestar de Corinto. Incluso habían organizado juegos atléticos, que se convertirían más adelante en parte de los juegos panhelénicos, combinando las fechas de celebración con los juegos nemeos, píticos y olímpicos.

Posidón fue nombrado protector de la zona y, con el tiempo, llegaría a ser mitificado y considerado dios. Como era hermano de Zeus, fue considerado dios de los mares, puesto que Zeus era considerado dios de los cielos. Posidón siempre consideró que él tenía tanto poder e importancia como su hermano.

El tiempo determinaría las jerarquías...


8.- La Espiral
            Selene había sido nombrada reina de Amorgos. Todo iba bien, puesto que la fama de su sabiduría llevaba a la isla a gran cantidad de personas, que consultaban con ella todo tipo de temas. Su madre Theia era aún joven y se dedicaba a recoger plantas medicinales y fabricar con ellas medicinas y ungüentos para curar a sus vecinos y a los viajeros que acudían a su casa, atraídos por la fama de sus curaciones.
            La construcción del puente con la isla de Naxos había sido fácil para los habitantes de Amorgos, que consideraban una obra fácil, porque la abundancia de piedra caliza había facilitado las obras. El ambiente seguía siendo gris, por la escasez de agua. De modo que, cuando empezaron las lluvias torrenciales, agradecieron al cielo que enviara la lluvia y aclarara el aire, que empezó a ser azul.
            Selene se reunía a veces con sus hermanos Helios y Eos, que visitaban la isla cada tres o cuatro meses. Ahora Helios brillaba en el cielo con más intensidad que antes y Eos, la aurora, se veía con más claridad, cuando el rocío que había dejado la lluvia brillaba en las plantas al amanecer. Selene seguía adentrándose en la cueva, donde había descubierto la espiral. Su amigo Febo le había dicho que descubriría algo más que la espiral y que estos descubrimientos le hablarían de tiempos pasados y de la forma de vivir de los habitantes de la isla en esos tiempos remotos.
            Un día, un presentimiento la animó a adentrarse algo más en la cueva de la espiral. Llevó agua de lluvia, que todos recogían para tener agua clara siempre disponible, y se llevó algunos frutos secos y tortas de las que hacía su madre y que a ella le encantaban. Pensaba que iba a tardar en salir algo más que de costumbre y siguió hacia un recoveco que la espiral parecía indicarle. Su sorpresa fue inmensa, cuando vio unos dibujos en las paredes de la roca: eran pinturas de animales y cazadores, en colores rojo y negro.
            No supo cómo reaccionar y decidió salir enseguida y contar a su madre lo que había visto. Selene consideraba a su madre la persona más sabia que conocía y siempre le pedía consejo, cuando celebraba las reuniones con sus vecinos. Su madre no sabía que existían esas pinturas sobre la roca y fue con ella para verlas y pensar en lo que significaban.
            Al volver a casa, su madre pensó que alguien muy antiguo había dejado esas pinturas para orientar a sus descendientes y contar su forma de vida y cómo cazaban. Theia creía que las pinturas eran sagradas. De hecho, las formas de los animales parecían resaltar y estar llamando a los cazadores. Las dos decidieron llamar a sus vecinos Hekas y Giorgos, a los que consideraban muy sensatos, para que entraran en la cueva con ellas. Selene también llamó a sus dos amigas más fieles, Calisto y Altea.
            Juntos se encaminaron a la cueva y, esta vez, llevaron también teas encendidas para iluminar las pinturas. Había escenas de caza, pero también escenas de la vida cotidiana, como el nacimiento de un pequeño ciervo y el dibujo de algunos objetos de cerámica, como cuencos y vasos. El descubrimiento les pareció tan importante que convocaron una asamblea general del clan de la espiral, con todos los habitantes de la isla. Incluso asistieron los pequeños, porque Theia pensaba que los niños ven con más claridad los mensajes de las divinidades, como Selene había visto la espiral, cuando era pequeña.
             Todos coincidieron en que las pinturas eran muy antiguas, porque en la actualidad, no había ciervos en la isla y la única cerámica que conocían eran los objetos que habían comprado a la isla de Siros, con cuyo jefe Vulcan tenían buenas relaciones.
            Las lluvias torrenciales empezaron a inundar la isla y todos tuvieron que construir nuevas casas en la cima de la montaña, pensando que así podrían mantenerse a salvo. Sin embargo, estaban muy preocupados y Selene decidió consultar de nuevo con su amigo Febo.
            Cuando todo estaba dispuesto para viajar a Sérifos, uno de los viajeros, que solían ir a Amorgos a buscar medicinas, les contó que Febo se había ido con toda su gente al continente, que todos llamaban Hélade y que la isla de Sérifos había desaparecido tras unas lluvias torrenciales y movimientos sísmicos. Todos se quedaron consternados y volvieron a celebrar asamblea general. Las lluvias eran cada vez más intensas y quizá su isla sufriría la misma suerte que Sérifos.
            No podían arriesgarse a perder a nadie, por lo que equiparon tres naves y abandonaron la isla definitivamente. Una de las naves estaba dirigida por Hekas, y en ella iba también Theia, porque pensaba que el arte de la medicina no podía perderse y quiso ir en una nave diferente a la de su hija. La segunda nave iba dirigida por Giorgos y la tercera por la propia Selene, acompañada de sus amigas Calisto y Altea.
            No quisieron volver la vista atrás, para no ver lo que sucedía en Amorgos, pero, cuando llegaron a Hélade, les dijeron que su isla había sido engullida por un maremoto. Ahora tenían un nuevo desafío: buscar un lugar adecuado para iniciar su nueva vida. Todos estuvieron de acuerdo en buscar un lugar con agua y abundante vegetación.
            La navegación los llevó al Peloponeso. Y encontraron un asentamiento en la región de Epidauro. Allí había frondosos bosques de eucaliptos, que proporcionaban sombra y un aroma intenso, que daba paz al espíritu e invitaba al recogimiento. De momento, construyeron sus chozas cerca de uno de los bosques, en cuyo extremo fluía una corriente de agua cristalina. Les pareció que revivían su propio asentamiento en Amorgos, cuando Theia decoró su casa con pinturas de color azul y blanco, semejantes a las que tenía en su casa del oráculo. No podían conseguir mármol, pero sí intentaron rememorar las escenas de sus casas.
           Tenían que construir una sede para el oráculo y, durante varios días, estuvieron buscando el lugar idóneo para ello. Theia encontraba plantas que no conocía y estaba ilusionada por descubrir sus propiedades. Lo primero que descubrió fue las propiedades de las hojas de eucalipto, que, hervidas, ayudaban a respirar mejor.
           Selene había descubierto unas cavidades en la roca y estaba empeñada en buscar su señal de la espiral, aunque todavía no había conseguido descubrir nada. Sabía que la espiral no la abandonaría. Un día se quedó dormida dentro de una cueva y, cuando salió al día siguiente, tenía un fuerte resfriado. Theia solía utilizar en estos casos corteza de sauce hervida, pero no había encontrado, de momento, ningún árbol semejante, hasta que se le ocurrió hervir las hojas de eucalipto. Cuando vio cómo se reducía la congestión nasal de Selene, hizo otras pruebas, que resultaron positivas, y lo consideró como un feliz descubrimiento.
           Selene hacía excursiones a diario, con sus amigas Calisto y Altea. Un día se encontraron con una niña, que se quedó mirándolas con curiosidad. Era preciosa y casi no se fijaron en que tenía una leve cojera. La pequeña se sentó con ellas y les contó que su padre era médico y que había conseguido que ella anduviera, fortaleciendo sus piernas.
           Las tres jóvenes le preguntaron su nombre y la niña dijo que se llamaba Higíeia. Salió corriendo, porque su padre le había hecho un encargo y ya se había retrasado. Dijo que le gustaría volver a verlas y que ella solía estar por allí todos los días.
           Selene recordó entonces que su amigo Febo le había hablado de un lugar espléndido para realizar curaciones, por las características de la Naturaleza, y que pensaba buscarlo para establecerse allí algún día. No se atrevía a pensar que el padre de la niña fuera Febo, pero, al día siguiente, volvió con sus amigas muy temprano, para ver a la niña.
           Efectivamente, Higíeia apareció sonriente y con los rizos brillando al sol. Había contado a su padre su encuentro del día anterior y su padre le había dicho que llevara a las tres chicas para hablar con él, si ellas querían. Naturalmente Selene estaba deseando saber si allí estaría su amigo Febo o algún compañero, que le pudiera dar noticias de él.
           También Theia quiso ir, porque quería compartir conocimientos con el padre de Higíeia. Se saludaron con respeto y curiosidad. El padre de Higíeia se llamaba Asclepios y enseguida Theia y Selene notaron el parecido que tenía con Febo. Pero él no dijo nada y parecía no conocer a Febo. Asclepios las animó a mover su asentamiento de chozas más cerca de su casa de medicina y así poder trabajar juntos y aprender unos de otros. Theia dijo que consultaría con su grupo y quedaron en verse más a menudo.
            Con el tiempo llegaron a formar un oráculo y una casa de reposo para los convalecientes, después de que fueran curados.


 9.- La fragua de Vulcan

Vulcan ya tenía 17 años, igual que sus mejores amigos, Janos y Janis, con los que seguía aprendiendo, bajo las directrices de Sethlas. El maestro ya era anciano, pero su ilusión por enseñar sus artes lo mantenía vivo. También seguía con ellos la anciana Tana, a la que ayudaban los tres jóvenes a preparar el fuego y a llevar los calderos con la comida, porque ella ya no tenía fuerzas.
La isla de Siros resplandecía con las fraguas, creadas por Vulcan, que enseñaba su oficio a otros muchachos jóvenes. Habían desarrollado la artesanía de escudos y armas y el comercio era fructífero, sobre todo con la facilidad de transporte que facilitaban los puentes. Las figurillas de hueso eran apreciadas en todas partes, porque no parecía que nadie pudiera igualarlas. Los puentes habían sido construidos con entusiasmo por los habitantes de Siros, y reforzados con planchas de hierro, para que fueran más fuertes y duraderos. La idea se le había ocurrido a los gemelos Janos y Janis y Sethlas estuvo de acuerdo enseguida.
Los puentes unían Siros con Delos y Tinos, y desde el principio el paso de comerciantes fue ininterrumpido. Posidón de Tinos intercambiaba agua potable por armas de hierro. El resto de productos se vendían a buen precio, lo que iba enriqueciendo a los habitantes de Siros.
Los problemas empezaron cuando Posidón se enemistó con Artemis y decidió que no llevaría su agua potable a Siros, si después iba a llegar a Delos. Los artesanos se reunieron y decidieron nombrar un rey. El elegido fue Vulcan, puesto que era hijo de la reina de Creta y podría tener más influencia ante su madre, para cualquier petición que llevaran. Además Ira no tenía buenas relaciones con Artemis y quizá Vulcan sabría convencerla a favor de Siros.
Habían mantenido relaciones comerciales con el clan de la lanza de la isla de Thera. Pero Thera había estallado y sus habitantes habían viajado a Creta en primer lugar y luego al continente, a la Hélade. Palas estaría ya afincada en la región del Ática, o eso habían oído decir.
El consejo de ciudadanos decidió enviar una embajada a Creta. Así Vulcan hablaría con su madre y le pediría consejo, sabiendo que le favorecería, puesto que Ira no soportaba ni a Artemis ni a Palas. Posidón fue informado y estuvo de acuerdo. Aconsejó a Vulcan que fabricara para su madre un trono de verdad, donde pudiera sentarse.
En Siros tenían gran reserva de oro rojo, procedente de Andros, porque a veces los escudos y las armas eran rematados con oro. Vulcan se puso manos a la obra y, con ayuda de todos sus compañeros de taller, tuvo preparado su regalo para Ira en pocos días. Era de oro puro, con trabajos de filigranas y relucía con los rayos del sol y con la luz de la luna. Parecía tener vida propia.
Pero Vulcan tenía aún una duda sobre su cojera y pensaba preguntarle a su madre sobre su causa y sobre su poco interés con respecto a él. Consultó con su maestro Sethlas y con Posidón, que había estado presente admirando la construcción del trono de oro. Quizá Posidón, como hermano de Ira, supiera algo.
Y Posidón le contó la verdad: que cuando nació, Zeus lo arrojó al suelo. El niño quedó con una pierna doblada y Zeus sentenció que no podría vivir en la corte, por su deformidad. Ira tampoco puso mucho interés en quedarse con él y se lo entregaron a Sethlas y a Tana. Por si Vulcan no le creía, Posidón le dijo que obligara a su madre a contarle la verdad.

Y ¿Cómo puedo obligarla?
Muy fácil, contestó Posidón. Su orgullo hará que se siente en su trono enseguida, porque le parecerá que así es más importante que su esposo. Pon un dispositivo en el trono, que no permita que pueda levantarse, hasta que tú no lo vuelvas a accionar.
Pero luego puede vengarse de mí.
Yo te protegeré. De todas formas, dile que es un dispositivo remoto y que puedes volver a accionarlo, aunque no esté sentada.
Pero yo no sé hacer eso.
Claro que sabes. Coloca un imán en la parte de debajo del trono y le regalarás también una pulsera, que contenga otro imán. A tu madre le encantan las pulseras y no la rechazará.

Y así lo hizo Vulcan. Unos días después emprendió su viaje a Creta. Ira lo recibió con poco entusiasmo, pero, en cuanto vio el trono, se sentó en él, pavoneándose ante los demás cortesanos. Y, cuando se dio cuenta de que no podía levantarse, se quedó pálida y pidió explicaciones a su hijo. Pero fue Posidón quien habló. Ira no tuvo más remedio que contarle la verdad a Vulcan y prometió dejarle vivir con ella, si quería.
Vulcan se quedó unas semanas, pero no le gustó la corte de Creta y volvió a su casa, con sus amigos y su vida sencilla. Ira pensó que no le molestaría más. Cuando llegó a casa, le esperaba la triste noticia de la muerte de Tana. Los funerales ya se habían celebrado y Vulcan quiso dedicarle su último adiós, fabricando una lápida, donde la llamaba madre y había esculpido una reproducción de su rostro, cuando era joven.
También Sethlas pensaba que llegaba su hora definitiva y quiso asegurarse de que Vulcan encontrara una esposa, que le diera hijos y no se sintiera solo. Viajaron a Trinacria, donde los reyes siempre eran amigables, como sabían por Dión y otros jefes de islas. El rey de Trinacria le ofreció como esposa a Aetna, que se fijó en el carácter y las cualidades de Vulcan y lo aceptó de buen grado. Vivieron varios años felices y tuvieron tres hijos, llamados los Palicios, que eran trillizos: Palinuro, Palladio y Pallade.
Pero el poder de los mares y de los elementos también llegó a la isla de Siros y sus habitantes decidieron viajar, mientras fuera posible, a Trinacria, patria de la esposa de Vulcan. Poco después de que zarparan todos los barcos, la isla de Siros fue engullida por un tsunami. Todos pudieron ver que se habían salvado por poco, aunque sentían una tristeza profunda al ver desaparecer su patria.
Llegados a Trinacria, se asentaron en las tierras que les cedió el rey, al noreste de la isla. Y Vulcan buscó el mejor lugar para situar su fragua: la región del Etna, donde el propio cráter del volcán permitía tener fuego en diversas cuevas, donde Vulcan y sus compañeros instalaron sus talleres.
La fama de sus armas se extendió por toda la isla y llegó también a las regiones más cercanas de la tierra Ausonia, desde donde llegaban encargos de armaduras, escudos y lanzas, que por su belleza y fortaleza dejaban contentos a los clientes, cada vez más numerosos. Incluso les hicieron encargos desde la lejana Hélade, donde ya se conocía el nombre de diversos héroes, famosos por su nobleza y hazañas.
También le llegó la noticia del éxito de las fraguas a Febo, asentado ahora en la región de Delfos. Los espías que Febo tenía en casi todas las regiones de la Hélade le habían ido informando del lugar de asentamiento de todos los habitantes de las islas de la confederación del Egeo.
Febo tenia interés, sobre todo, en saber dónde se había asentado su amiga de la infancia Selene. Pronto supo que estaba en la región de Epidauro y se propuso visitarla. También quería visitar a Vulcan, al que tenía simpatía por su enemistad con Ira, aunque le resultaba un viaje demasiado complicado y además no se fiaba de su protector Posidón, al que consideraba engañoso e interesado.




10.- El oráculo de Cumas

La isla de Milos también había desaparecido a causa de los fenómenos naturales que iban arrasando todas las islas del Egeo. El clan del Ofidio había tenido que buscar un nuevo asentamiento, como les había sucedido a los otros clanes. Conocían el destino de Hebe de Paros, de Ilía, su amiga y de Dédalo. Sibila ya era la sacerdotisa del oráculo y tenía que fundar otro en el lugar que les deparara el Destino.

Su amigo Febo ya había conseguido un asentamiento en la Hélade y su madre había decidido que debían ir a buscarlo y pedirle consejo. La reina era Sibila, pero seguía siempre los sabios consejos de su madre, desde que era pequeña y empezó a aprender los misterios de la adivinación.

Mientras viajaban, Sibila pensaba en cómo serían las otras gentes que vivían en la Hélade y si podría hacer sus predicciones con sólo observar la mirada de los que iban a consultar el oráculo. Estaba segura de que sabría hacerlo y de que aprendería a utilizar las plantas de la región donde se asentaran, para que su madre siguiera con sus recetas y curaciones.

También tenía que buscar ofidios con cuyo veneno en cantidades mínimas podría aliviar el dolor de los enfermos. Todas las mujeres de la expedición iban vestidas de blanco, como era tradición en el Clan del Ofidio. También tendrían alguna oportunidad si encontraban a Posidón, primo de su madre.

Tanto la madre como la hija pensaban también que, al tener ya 17 años, debía encontrar un esposo, para engendrar una hija, que pudiera continuar con el oráculo y las enseñanzas ancestrales de las Sibilas. Sibila pensaba en su amigo Febo, del que reconocía que siempre había estado un poco enamorada. No sabía lo que pensaría él, pero ella debía tener una hija, aunque no tuviera esposo.

Después de varios meses de viaje, consiguieron llegar al Parnaso. Estaban agotadas y decidieron descansar, antes de continuar su viaje a Delfos. Encontraron un refugio en las costas del Ática y se instalaron, aunque sabían que sería por poco tiempo.

Sibila madre recomendó construir un templete circular. La piedra del lugar no era igual que la de la isla de Milos, pero se esforzaron para que tuviera el aspecto de mármol, como era su residencia anterior. Alrededor del templete, fueron adosando pequeñas estructuras, también circulares, para instalarse en ellas cada una de las familias, que habían acompañado a Sibila.

La comunidad echó a andar, con la alegría que siempre la caracterizaba y con el entusiasmo que una nueva vida y una nueva aventura les iba a deparar. Sibila madre empezó a buscar plantas, primero conocidas y después desconocidas, para ir elaborando sus medicinas, que tanto bien habían reportado a su pueblo. Sus acólitas, tres niñas de unos diez años, la ayudaban a recoger y seleccionar las plantas medicinales, que luego dejaban secar, para molerlas y rellenar pequeñas cerámicas, en las que una letra permitía identificar la planta, sus características y sus aplicaciones.

Parecía que habían encontrado su nuevo hábitat, pero Sibila sabía que no sería definitivo. Su primer deber como reina era encontrar un esposo, que le diera una hija. Y ésa fue la tarea que desempeñó su madre, enviando mensajeros a las regiones cercanas, para que se conocieran y formaran una comunidad de vecinos que se ayudaran unos a otros. Y también que se defendieran, porque, algunas veces, los piratas se acercaban a tierra y saqueaban la costa.

Los oráculos de Sibila y las medicinas de su madre ya habían atraído a numerosas familias, algunas de las cuales se habían quedado a vivir con el grupo. Así se fue formando una comunidad mucho más numerosa que la que constituían los habitantes de la destruida Milos.

Un día llegó un joven, que decía venir de Delfos. La fama de Sibila se había extendido y Febo quería asegurarse de que se trataba de su amiga Sibila. Ella organizó un viaje para visitar a su querido amigo. En la comunidad se quedó como regente su madre y Sibila emprendió el viaje tranquilamente, porque sabía que todo iba a seguir en orden, mientras ella estaba fuera.

El joven se llamaba Ión y Febo lo había recogido del bosque, donde lo había abandonado su madre, pensando que era hijo suyo. Lo llevó a Delfos y allí le encargó el cuidado del templo. Durante el trayecto hacia Delfos, Ión y Sibila se dieron cuenta de que se gustaban.

Llegados a Delfos, tras atravesar la cordillera del Parnaso, Febo y Sibila se abrazaron, emocionados por volver a verse. Febo ya sabía la suerte que habían corrido las islas del Egeo y estaba decidido a convencer a Sibila, para que se quedara con él. También se dio cuenta de la emoción que sentían Sibila e Ión, cuando estaban juntos.

Febo decidió que ofrecería a ambos jóvenes un matrimonio provechoso, además de feliz. Planteó la cuestión y los dos jóvenes aceptaron. Pero la verdadera intención de Febo era retener a su lado a Sibila, para que participara en el oráculo y fundara con él una escuela de pitonisas.

Enviaron una embajada a la madre de Sibila, para que viniera a ratificar el matrimonio. Enseguida les llegó la noticia de que Sibila madre había muerto, por haber tomado en cantidad excesiva una de las hierbas que estaba probando, el acónito. Sibila no podía creer lo que le estaban diciendo, pero se convenció, porque al frente de la infausta embajada iba una de sus mejores amigas, Kali, vestida de luto, con una capa negra sobre la túnica blanca.

Sibila pidió a Kali que se quedara a su boda, y que después volviera a dirigir la comunidad que tan sabiamente había fundado su madre. Kali aceptó el encargo. Se celebró la boda, donde, por primera vez, se bañó a la novia con el agua de la fuente Calirroe, hecho que se convertiría en costumbre a partir de entonces.

Un año después, Sibila daba a luz a una niña, a la que puso su mismo nombre. A pesar de que estaba cumplida su misión de tener una hija que la sucediera, Sibila no quiso separarse de Ión y continuaron viviendo juntos muchos años.

La pequeña Sibila demostró enseguida tener las dotes de su madre e iba aprendiendo los ritos y costumbres del oráculo. A los cuatro años, fue incluida en la escuela de pitonisas y Febo se iba fijando en ella con interés. En uno de sus viajes a la tierra Ausonia, poblada por Thyrrenos, y cercana a la isla de Trinacria, se llevó a la niña. Le mostró un lugar que tenía las mismas características que el oráculo de Delfos y le dijo que algún día, ése sería su destino y su propio oráculo.

El lugar estaba en una región cuya forma recordaba la de una crátera y se llamaba Cumas. La niña no olvidaría nunca ese lugar. En cuanto llegó a Delfos le contó a su madre lo que había visto y lo que le había dicho Febo.
Sibila, como buena adivina, miró fijamente a su amigo y entendió lo que él pretendía.

Cuando la pequeña Sibila cumplió los quince años, sus padres decidieron permitir que fundara su propio oráculo en Cumas. Se organizó el viaje, al frente del que iba el propio Febo. Algunos de los habitantes de Delfos habían accedido a quedarse con la joven Sibila y a construir su oráculo y sus casas en la bahía de la crátera.

Cuando las obras estaban ya iniciadas, Febo decidió volver a Delfos.
Pero, antes de salir, pidió a Sibila que se casara con él. La joven le dijo que accedería, si él le regalaba sus dotes de adivinación. Febo aceptó y ella empezó a sentir cómo la sabiduría de Febo entraba en su espíritu.

Estaba segura de que no necesitaba a Febo ni a ningún otro hombre, porque ella no pensaba seguir la tradición de su madre de tener una hija que la sucediera. Así que, se negó a casarse con él. Febo no podía arrebatarle el don de la adivinación, pero sí le dijo que le haría un regalo de despedida. Le dijo que cogiera un puñado de arena del mar y le dijo que viviría tantos años como granos de arena pudiera encerrar en sus manos.

Sibila estaba encantada: se había librado de un amante al que no quería y además viviría muchísimos años, durante los que podría enseñar a otras jóvenes el arte de la adivinación, sin tener la obligación de casarse.

Lo que no se dio cuenta de pedir a Febo fue el don de la juventud. De modo que iba envejeciendo y empequeñeciéndose hasta ser una mujer diminuta. Así pasaron generaciones de Sibilas en Cumas. Sibila aceptaba a sus alumnas con siete años y las enseñaba durante otros siete, hasta que ellas, a su vez, se convertían en maestras. Así formó una comunidad de adivinación, que se haría famoso en todo el mundo heleno.

Y ella seguía envejeciendo y arrugándose...


11.- El gobierno central
           
Ira presentía que todos sus planes se estaban desmoronando. Algo en su interior le decía que las cosas ya no funcionaban igual. Su poder se estaba debilitando por momentos. En primer lugar, su esposo Zeus ya ni siquiera discutía con ella. De hecho, ni se veían. Él seguía con sus romances, cada vez más frecuentes, y con su gran cantidad de hijos, de los que ni se acordaba, a no ser que le hicieran falta.
           
En cuanto a sus sueños de dominio sobre todas las islas del Egeo, ya sabía que eran irrealizables, porque casi todas las islas habían desaparecido por causas naturales, o bien por maremotos o erupciones volcánicas, o bien porque los famosos puentes de unión habían desparecido, después de tanto trabajo, recursos y planes de comercialización de los productos naturales de cada una.
           
Incluso pensaba que Creta llegaría a desaparecer, aunque estaba mejor situada que el resto de islas y podría mantenerse firme ante los envites del mar. La isla estaba además bien preparada para rechazar cualquier invasión enemiga. No había fortalezas ni murallas, pero sus puertos estaban bien vigilados y el interior de sus palacios tenía un sistema de refugio, que había resultado inexpugnable para cualquiera que no conociera sus secretos.
           
Por su parte, Zeus, seguía viviendo sin preocuparse de casi nada, sólo de sus propios intereses, casi siempre amorosos. En uno de sus viajes de “caza” femenina, había visto a una joven en las playas de Tiro, ciudad fenicia, jugando con sus amigas. Enseguida se enamoró de ella y la raptó. Consiguió llevarla a Creta y allí la mantuvo con él, hasta que se cansó y la dejó, después de haber engendrado a tres hijos varones.
           
Europa despertó un día y se encontró sola. Enseguida se dio cuenta de que su amante la había abandonado. Sus tres pequeños, Minos, Sarpedón y Radamantis jugaban cerca de ella, sin notar ninguna diferencia con los días anteriores.
           
Europa tuvo que sacar adelante a sus tres hijos, con ayuda de buenos vecinos, a los que ella siempre ayudaba, y con su carismática sonrisa, que le valía el aprecio de todos. Y volvió a suceder lo mismo que cuando era una adolescente: el príncipe de la ciudad de Heraclion, Asterión, se fijó en ella.

El príncipe era un hombre amable y honrado. Le propuso matrimonio y le prometió hacerse cargo de los niños, como si fueran sus propios hijos. Europa aceptó.
           
Y Asterión cumplió su promesa. Los tres hijos de Europa fueron considerados príncipes de la ciudad y Asterión nombró heredero del trono al mayor, Minos. Además, consideraba que el joven era honrado, justo y con suficiente carácter para gobernar.
           
Sarpedón se casó con una princesa troyana y fue a vivir a la corte de su esposa. En cuanto a Radamantis, murió joven y al entrar en el mundo de los muertos, con su sonrisa, heredada de su madre, fue considerado como un buen portero del submundo.
           
Al morir Asterión, Europa se quedó tan triste, que le sobrevivió pocos meses. Minos fue proclamado rey por todos sus súbditos, cuya lealtad se había ganado. Lo primero que sometió a la aprobación de su consejo fue el refuerzo de sus defensas subterráneas, puesto que esperaba que llegaran inmigrantes de las otras islas, sobre todo, quienes no hubieran podido instalarse en la Hélade o en Trinacria.
           
Sus consejeros estuvieron de acuerdo con el refuerzo de las defensas, y además, le aconsejaron que tomara esposa. Incluso le presentaron el nombre de algunas candidatas. Minos se decidió por una de ellas, Pasifae, hija de Helios y princesa de la Cólquide.
           
La reina dio muchos hijos a Minos, entre ellos las princesas Ariadna y Fedra. Pero se volvió loca y comunicó que se había enamorado de un toro. Minos había contratado a un famoso orfebre, expulsado de Atenas por haber cometido un crimen, Dédalo, que ya había perfeccionado los túneles subterráneos de los palacios, para reforzar las defensas de sus habitantes.

Dédalo dio una solución al rey para el problema de su esposa: construyó una vaca, donde la reina se metería y podría tener relaciones con el toro del que se había enamorado.
           
Producto de los amores de Pasifae con el toro, nació un ser biforme, mitad toro, mitad hombre, el Minotauro. El engendro parecía un verdadero monstruo y Minos decidió que nadie debía verlo. También esta vez Dédalo dio una solución al problema. Construyó un laberinto especial, donde el Minotauro viviría solo. Los encargados de alimentarlo serían prisioneros de guerra.
          
Entre estos prisioneros de guerra estaba el hijo del rey de Atenas, Teseo, que decidió eliminar al Minotauro, para que nadie más pereciera.

Una de las princesas, Ariadna, se había enamorado de Teseo y decidió ayudarle a eliminar a su hermanastro. Le habló de la disposición de los laberintos y le dio un ovillo de lana, para que fuera desenrollándolo y pudiera volver por el mismo camino.
           
Teseo prometió, a cambio, llevarla con él en su viaje de vuelta a Atenas. Venció al monstruo y se llevó a Ariadna. Lo que no sabía era que en el barco camuflada se había introducido la hermana pequeña, Fedra, que también se había enamorado de él.
           
En la primera ocasión, abandonó a Ariadna a su suerte. Ni siquiera se había dado cuenta de la presencia de Fedra en su barco. Posteriormente, ya en Atenas, se casaría con ella, y le traería la peor suerte de todas, la muerte de su hijo Hipólito.
           
La isla de Creta siguió prosperando, con su color dorado y bajo el mando del Clan del Olimpo, del que descendía Minos. Los adelantos científicos eran notables, entre ellos los canales de agua en los palacios, los baños particulares en las habitaciones y su cultura extraordinaria.
           
Nadie había vuelto a saber nada de Zeus e Ira. Muchos decían que habían subido a los cielos, dándoles la categoría de dioses. Pero la mayoría pensaba que habían buscado refugio en alguna tierra cercana y más segura, que podría ser la región de Jonia o la de Lidia. Era lo más probable.
           
Minos había conseguido armar una flota muy superior a la que tenían las tierras más cercanas y tenía el dominio del mar Egeo, con o sin islas, porque después de varios maremotos y diluvios, que parecía que se iban a tragar todo, algunas de las islas habían vuelto a resurgir y necesitaban población, que Minos se apresuró a preparar, para que su dominio sobre todo el Egeo fuera total, sin imposiciones ni guerras, sólo repoblando las nuevas tierras con sus propios súbditos.
           
El jefe de la flota cretense era Periplos, que hacía viajes informativos en el este, por si era necesario crear colonias cretenses en las regiones orientales. Así, cuando se produjo un diluvio universal, que sumergía bajo las aguas a todas las tierras conocidas, Periplos ya había preparado un asentamiento para su rey y para sus compatriotas.
           
El dominio cretense se fue reduciendo hasta ser eclipsado por las recientes culturas que se iban formando bajo el manto protector de la Hélade. La Confederación soñada por Ira se iría formando, pero ella ya no estaría para dominarlo todo con sus manejos políticos. Lo que sí sabía era cómo los demás clanes, con sus jefes, habían encontrado una forma de vivir más libre, cada cual con sus propias normas y sin depender de Creta.
           
Ira tendría que imaginar la forma de volver a dominar sobre los demás clanes, con o sin ayuda de su esposo. Sobre todo, tendría que destruir las nuevas formas de gobierno, democráticas, donde todos los ciudadanos podían opinar en igualdad de condiciones con los demás integrantes de los gobiernos. No podía entenderlo.
           
Volvió a formar una red de espías, para poder intervenir en los gobiernos y en sus decisiones. Y, aunque odiaba a Febo, pensó en asociarse con la red de espías de Delfos, que alcanzaba ya extensas zonas orientales.

Por supuesto, no le comentó nada a su esposo, que no se interesaba por nada que no fueran sus amantes y algunos de sus hijos, de los que se sentía orgulloso.
           
Y así llegaría el momento de la desaparición definitiva y total de Atlantis, aunque eso es otra historia.

FINAL DE LA SEGUNDA PARTE DE ATLANTIDA

Muy pronto seguiremos ….. con la TERCERA




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            Esta nueva trilogía está dedicada a todos mis nietos, que, en este momento, son seis: Eder, Ricardo, Julen, Paula, Mariana y Aitana. Con esta nueva historia quiero explicaros que, desde el principio de los tiempos, lo más importante fue la Naturaleza. Los dioses aparecieron tiempo después, cuando algunos seres que existieron y destacaron por algún hecho importante, fueron mitificados y llegaron a convertirse en dioses, pero sólo en la imaginación de la gente. Algunos de estos dioses fueron los dioses griegos y éstos son los que quiero explicaros. También fueron niños y pasaron aventuras y llegaron a ser tan conocidos, que la leyenda los convirtió en dioses.

Es posible que vivieran en la antigua y desaparecida Atlántida y ahí los he situado. De las distintas versiones sobre la Atlántida, he elegido como primera opción la leyenda que la sitúa en el mar Egeo. Más adelante, la situaré en la civilización azteca, y por último en Tartessos.

           Espero que os gusten estos nuevos cuentos y que aprendáis algo con ellos. Al fin y al cabo, ésa es mi intención, que aprendáis leyendo y que leáis aprendiendo.


LOS INICIOS DE ATLANTIS

Una historia imaginada, que bien podría haber sido cierta.


Los diez clanes de Atlantis:

Clan del Asta                Isla de Siros                     Herreros                     Vulcan
Clan de la Vid               Isla de Naxos                  Viticultores                 Dión
Clan del Mar                 Isla de Tinos                    Pescadores                 Posidón
Clan de la Piedra           Isla de Paros                   Marmolistas                Hebe
Clan del Fuego              Isla de Delos                   Tintoreros                   Artemis
Clan de la Espiral          Isla de Amorgos             Magos/médicos           Selene
Clan del Ofidio              Isla de Milos                  Oráculo                        Sibila
Clan del Toro                 Isla de Andros               Orfebres                       Dédalo
Clan de la Lanza            Isla de Thera                  Guerreros                     Palas
Clan de la Lyra              Isla de Sérifos                Músicos                        Febo

Gobierno general centralizado

Clan de Olimpo Isla de Creta Gobierno Zeus/Ira

Reyes de clan
Vulcan =     hijo de Ira
Dión            hijo de Zeus y Sémele
Posidón =    hermano de Zeus
Hebe =        hija de Zeus e Ira
Artemis =    hija de Zeus y Leto, hermana melliza de Febo
Selene =      hija de Helio y Persis
Sibila =       hija de Dárdano y Nesis
Dédalo =     hijo de Alcipe y Eupálamo
Palas =        hija de Zeus y Metis
Febo =         hijo de Zeus y Leto, hermano mellizo de Artemis
Zeus =         rey de reyes, hijo de Crono y Rhea
Ira =            esposa y hermana de Zeus

Significado de los colores:

1.- Color azul, Isla de Delos, porque es la isla central y predomina el color del mar.

2.- Color dorado, isla de Creta, donde abunda el oro, y porque sus reyes, Zeus e Ira, comen las manzanas doradas de la juventud.

3.- Color vino, Isla de Naxos, porque es la isla de las uvas y es la característica de Dión, futuro dios del vino con el nombre de Dioniso.

4.- Color verde, por el color de las algas. En la isla de Andros

5.- Color rojo de la isla de Siros, por sus atardeceres y las fraguas creadas por Sethlas.

6.- Color blanco, Isla de Milos, de Sibila, porque las Sibilas viven en las cavernas de oráculos y ven poco la luz del sol

7.- Color negro de la isla de Thera, por su carácter volcánico y porque se dedican a la guerra.

8.- Color gris de la Isla de Amorgos, es el color que toma el cielo en las noches iluminadas por la luna, y el color del polvo que sale de las canteras de caliza

9.- Color violeta de la isla de Sérifos

10.- Color rosa, de la isla de Paros, por el mármol.

11.- Color plateado, de la isla de Tinos, el color de las escamas de los pescados y el color del tridente de Posidón



1.- Los mellizos

La isla de Delos, la brillante, en el centro de las Cícladas, en el mar Egeo, estaba de fiesta. La reina Leto había dado a luz a dos hermanos mellizos, Artemis y Febo. Enseguida vistió a los niños de azul, el color preferido de los tintoreros; porque los habitantes de Delos se dedicaban a teñir las telas y cueros que otras islas cercanas fabricaban y preparaban.

Había una total colaboración entre las islas del Egeo, sobre todo, porque así sobrevivían y prosperaban. Había diez islas importantes, de las que dependían otras más pequeñas y que colaboraban bajo el gobierno de una reina o un rey. Las familias reales eran parte de diferentes clanes, cuya línea de sucesión era siempre femenina: las herederas eran siempre las princesas y sólo en el caso de no tener hijas, las reinas nombraban sucesor a uno de sus hijos, el que más lo mereciera por sus cualidades, no siempre el mayor en edad. La sociedad era matriarcal.

El Clan del Fuego reinaba en Delos hacía varias generaciones. La felicidad y la prosperidad eran generales. Lo que nadie sabía era que los mellizos eran hijos del gobernador general, el rey de reyes, Zeus. Pero la reina no tenía que dar explicaciones de quién era el padre de sus hijos. La costumbre general era que la reina tomara un esposo cada año, que luego era despedido y reemplazado por un nuevo campeón. En cuanto la reina tenía descendencia femenina, ya no necesitaba tomar esposo, porque ya se nombraba reina a la princesa.

Artemis y Febo eran rubios, con ojos azules y de gran belleza. Cuando los niños cumplieron los tres años, Artemis fue nombrada reina sucesora y la niña se comportó en la ceremonia como una verdadera reina. Febo la miraba entusiasmado: su hermana era preciosa, aunque un poco altanera. Andaba con pasos lentos y precisos, siempre acompasados, como si oyera una música, que la fuera guiando.

Él se encargaría de poner música en todos los momentos de su vida, porque él oía sonidos sin necesidad de pensar en ello, los sentía. Tenía la madre y la hermana mejores del mundo y las defendería siempre, contra todo y contra todos y haría que su vida fuera feliz.

  • Tenéis que dedicaros a algo que os guste y nos ayude a todos los que habitamos la isla. – dijo Leto a sus hijos, el día de su quinto cumpleaños.
  • A mí me gusta la caza y los ejercicios atléticos. – dijo Artemis
  • Me parece bien, porque así formarás un grupo de caza, que nos ayudará a tener variedad en la comida. En cuanto al ejercicio, te vendrá bien para la caza, pero debes tener un grupo de jóvenes de tu edad, que compartan tus ejercicios. Podríamos necesitar guerreros alguna vez y tú serías la jefe de nuestro ejército.
  • Ya tengo amigas. No quiero niños en mi grupo.
  • Bueno, eres aún muy joven. Ya veremos cuando tengas cinco años más. Los guerreros deben ser de ambos sexos: hombres, por su fuerza, y mujeres, por su astucia.
        La niña miró a su madre con el ceño fruncido, como si no entendiera que hablase así. El único hombre que le parecía inteligente era su hermano, aunque le trataba como si fuera más pequeño que ella, y sólo era unas horas más joven.

  • No necesito chicos. Tú estás sin esposo desde que nacimos mi hermano y yo y te veo siempre feliz. – dijo la niña.
  • ¿Y tú? – preguntó Leto a Febo rápidamente, porque no quería responder a su hija, - ¿Qué piensas hacer? Siempre te veo en el campo, recogiendo plantas.
  • A mí me gusta la música, madre. Cuando miro los campos y la Naturaleza, me parece que todo tiene un sonido propio. Además, cada planta me dice para qué puedo utilizarla.
  • Entonces te voy a entregar el regalo que tu padre Zeus te hizo cuando naciste: una lira de oro.

Mandó a una de sus doncellas que trajera una caja de madera, decorada con hilos de oro. El niño la abrió impaciente y se quedó con la boca abierta, al ver la belleza de la lira. Enseguida pulsó las cuerdas y su sonido nítido y puro aún le entusiasmó más.

  • ¿Por qué no me la has dado antes?
  • Porque me parecía que eras demasiado pequeño y además, no estoy segura de que ser músico sea un buen oficio para un príncipe.
  • No es un oficio, madre, es una distracción y una necesidad. Necesito sacar música de esa lira y cantar a la Naturaleza. Al fin y al cabo, es nuestra madre y nuestra diosa. Ella me ayudará a tocar la lira, como me ayuda a encontrar las plantas que busco.
  • Iba a preguntártelo: ¿por qué buscas plantas durante las horas de luz? ¿Para qué las quieres?
  • Madre, Naturaleza me ha enseñado a encontrar plantas curativas y las voy guardando para cuando se necesiten.
  • ¿Para qué las vas a necesitar?
  • Porque quiero dedicarme a la medicina, para curar a todo el que esté enfermo.
         Leto miró a su hijo con afecto. Era un chico encantador y todo el mundo le quería. Artemis era más seria y elegía con quién quería hablar; y eran pocos los que le agradaban. Sería una buena reina, pero tendría que aprender a tratar con todo tipo de personas. Ella siempre catalogaba a los demás por su inteligencia, o por lo que ella consideraba como inteligencia, es decir, que entendieran a la primera lo que ella decía. Aún no había aprendido a ver que hombres y mujeres eran diferentes y se podían complementar. Siendo tan pequeña, ya pensaba que ella no se casaría ni admitiría el hecho de tener que elegir un campeón. Si tenía que nombrar una sucesora, quizá podría nombrar a una hija de su hermano. Ya lo pensaría.

Los tres se querían mucho y Febo, sin ni siquiera imaginar lo que pensaba su hermana, pensaba que él cuidaría de ellas. Leto, por su parte, pensaba que había tenido suerte con sus dos hijos.

  • Madre, ¿por qué nuestro Clan se llama Fuego? – preguntó un día Artemis.
  • Porque nuestra isla no tiene un lugar fijo
  • ¿Y qué tiene eso que ver con el fuego?
  • Porque no tiene un lugar fijo debido a las continuas erupciones del volcán. A pesar de ello, nos mantenemos vivos y no nos falta trabajo.
  • Sigo sin entender por qué le han dado ese nombre.
  • Los jefes de otros Clanes dicen que antes era una isla flotante y que Naturaleza la ató con cadenas al fondo del mar.
          Artemis seguía con cara de no entender, y entonces fue a Febo al que se le iluminaron los ojos.

  • ¡Claro! ¡Qué interesante! - dijo Febo – y supongo que Naturaleza mantiene el fuego de los volcanes vivo para que podamos fabricar nuestros tintes.
  • Exacto. – dijo Leto admirada -. No me equivocaba cuando pensé que serías inteligente. Eso ayudará a tu hermana en el gobierno.
  • Trataré siempre de adivinar sus pensamientos y aconsejarla lo mejor que pueda.

    Ambos niños salieron de la sala donde charlaban con su madre, pensando lo mismo: a su madre sólo le interesaba seguir gobernando en la isla y que su hija siguiera con su misión. Ahora empezaban a entender por qué aceptaba las órdenes de Zeus, era igual que él.


          Así y todo, era su madre y ellos la querían: harían por ella lo que fuera necesario.



2.- Las manzanas de la juventud

          La niña empezó temprano esa mañana a recoger sus manzanas doradas como el sol. Le gustaba el olor de la Naturaleza y el olor de las manzanas; sólo podía recogerlas en un lugar determinado, que sus padres le habían indicado. Cuanto antes terminara, más tiempo tendría para jugar.

Sus padres eran los reyes de Creta: Zeus e Ira. Habían enviado a la niña a vivir a la isla de Paros, con la intención de que fuera la reina. Zeus quería colocar a sus hijas e hijos (que eran muchos) en las distintas islas, para formar parte de los Clanes, pues su intención era dominar todas las islas del Egeo por medio de sus hijos. Ira no siempre estaba de acuerdo, porque la mayoría de estos hijos e hijas no eran de ella, sino de las múltiples aventuras de su esposo. No era el caso de Hebe, hija de ambos, y por tanto la preferida para Ira.

Hebe había nacido en Paros, cuando Ira había ido a supervisar unos bloques de mármol rosa, que se extraía allí y era utilizado para las mejores obras y figuras decorativas. Ambos, Ira y Zeus pensaron que era una oportunidad para dejar allí a la niña. Su dulzura y belleza haría que todos la quisieran y que la aceptaran como reina.

   Sus nodrizas eran las Horas, tres hermanas que representaban las estaciones, Eunomía, Dice e Irene. Ellas eran las mensajeras de la Naturaleza y ayudaban a Hebe a elegir las mejores manzanas doradas. Jugaban con ella y le iban enseñando todo lo necesario para llegar a ser una buena reina.

  • ¿Por qué es tan importante que yo recoja las manzanas todos los días?
  • Porque son las manzanas que dan la juventud y la inmortalidad a tus padres, por eso te han dejado aquí con nosotras, para que sólo tú puedas recoger las manzanas y llevárselas a ellos – dijo Dice.
  • No entiendo por qué no dejan que otros coman estas manzanas.
  • Tú significas la juventud y ellos quieren ser siempre jóvenes. Si dejaran que otros comieran las manzanas doradas, todos serían inmortales y ellos no tendrían el privilegio de vivir, mientras los demás van muriendo.
       La niña seguía sin entender a sus padres. Tampoco les tenía mucho cariño, porque casi no los veía y pensaba que ellos no la querían. En cambio las tres hermanas encargadas de su educación, las Horas, sí parecían quererla.

  • ¿No tienen bastante con ser los reyes más poderosos de las islas y tener más riquezas que todos los demás? – siguió insistiendo Hebe-
  • Ellos piensan que su mejor riqueza es la juventud y la belleza.
  • Y la inmortalidad, según me has dicho, aunque yo no entiendo qué significa inmortalidad.
  • Pues que vivirán siempre.
  • Eso no es posible, porque yo he visto morir a algunas personas. Todos moriremos alguna vez.
  • Ya te lo explicaremos cuando seas algo mayor – dijo Dice-, para acabar una conversación que se le estaba yendo de las manos.

Hebe aceptó lo que decían; seguía pensando que no era justo que sus padres acapararan las manzanas para ellos, además de otras muchas cosas. Pero Dice era la Justicia y se fiaba de ella. Ya había terminado sus tareas de ese día y prefería seguir jugando.

Sólo tenía siete años, pero intentaba siempre entender el porqué de todo lo que sucedía en su vida. Fue a ver a su mejor amiga, Ilia, hija del jefe del taller de marmolistas más grande de la isla. Solían pasar casi todas las tardes juntas y, si se lo permitían, dormían juntas, porque era el mejor momento para contarse sus cosas.

  • Tenemos algunos trozos de mármol que nos ha dejado mi padre para jugar, - dijo Ilia -, ¿quieres que hagamos figuritas como si fueran flores?
  • Estupendo, ya sabes que a mí me gustan las flores, pero con el mármol rosa sólo podremos hacer rosas.
  • Podemos hacer lo que queramos, porque hay aquí unos tintes que suele usar mi padre y me ha dicho que podemos usarlos, si queremos; podríamos hacer violetas, amapolas y otras flores de colores.
  • ¿Y qué hacemos con las flores que vayamos tallando?
  • Podemos colocarlas en la ventana de nuestra habitación, así parecerá que son naturales.

Hebe asintió con la cabeza, no muy convencida de sustituir flores naturales por flores de mármol. Era un juego más y las dos amigas siempre se imaginaban cosas irreales para hacerse su propio mundo, en el que no dejaban entrar a nadie más.

  • Os he traído unas manzanas, de las que comen mis padres. Me gustaría que tus padres y tú comierais de ellas, porque son estupendas. Vosotros sois como mi familia. A veces me siento sola, porque mis padres no vienen nunca a verme, sólo los veo si mis nodrizas me llevan a Creta.
  • ¿Cómo es Creta? ¿Es tan grande y bonita como dicen?
  • Sí. Pero yo me siento más feliz aquí, porque es donde viven mis amigos; además, me gusta recoger manzanas y pasar mi tiempo contigo y tu familia.
  • Ya sabes que te queremos como una más de la casa. Tus nodrizas vinieron a pedir leche para ti cuando acababas de nacer y mi madre se ofreció a amamantarte a la vez que a mí; creo que somos hermanas de leche, que es más que si fuéramos hermanas de padres.
  • No lo sé, pero te quiero a ti más que a mis hermanos que no conozco.

Hebe decía la verdad. No conocía a ninguno de sus hermanos; le gustaría conocer a Ares, pero él tenía otras cosas mejores que hacer que visitar a su hermana pequeña. En cuanto a su otra hermana Ilitía, vivía con su madre siempre. La había visto una sola vez y le parecía demasiado seria y con poca personalidad, porque siempre obedecía a su madre en todo, sin discutir nunca sus órdenes. Sus otros hermanos eran hijos sólo de su padre y no le gustaba que pudieran hablarle de otra madre, que no fuera la suya.

Por la noche, Hebe volvió a su casa con sus nodrizas. Era Eunomía la que siempre la acompañaba a la cama y le contaba historias antiguas del origen del mundo y de la madre Naturaleza. Eunomía era sensata y procuraría que la niña también lo fuera. La niña casi siempre se dormía soñando con ser una heroína como las protagonistas de los cuentos.

  • Cuando sea mayor, quiero ser como Gea y tener una hija como Naturaleza. – dijo un día a Eunomía.
  • Serás mejor que ellas, porque serás una reina joven, guapa y sensata.
  • Yo no quiero ser reina.
  • Tendrás que serlo porque tu padre así lo ha decidido. Serás reina de esta isla.
  • Pero ellos son de otro clan.
  • Seguramente te adoptarán en el Clan de la Piedra.
  • Me gustaría que me adoptaran, pero para ser una más entre ellos, no para ser su reina.
       Eunomía entendía muy bien a Hebe. A ella tampoco le gustaba destacar. Habría querido vivir allí con la niña para siempre y que la niña no creciera y siguiera siendo tan dulce. Pero no podía seguir soñando despierta...

  • Bueno, ya habrá tiempo de hablar de todo esto, - dijo Eunomía – Ahora duerme y descansa, porque mañana vamos a ir de excursión.
  • ¿Podemos llevar con nosotras a Ilia?
  • Pues claro. Y también a tus otros amiguitos. Pasaremos el día jugando en la islita que se ve desde aquí. Allí no hay canteras y el aire es más puro. Jugaremos a la pelota. Ya os he preparado una con cintas de seda.
  • ¿Y podemos llevar bocadillos y no tener que comer fruta?
  • Sí, dijo Eunomía riendo. Alguna vez podemos saltarnos las normas, sin que se entere nadie.
  • ¡Viva!
  • ¿Van a venir también tus hermanas?
  • Por lo menos Irene tiene que estar con nosotras, porque así pondrá paz y no os pelearéis. Preguntaré a Dice si quiere venir, pero no sé si podrá, porque la ha llamado el jefe de clan para que arregle un problema entre dos vecinos, que no se ponen de acuerdo en cuál es el límite de sus tierras.
  • ¡Qué difíciles son las personas mayores! – dijo la niña ya medio dormida.

Hehe enseguida se quedó dormida, soñando con la excursión del día siguiente. Si llegaba a ser reina, pondría una ley para que todos los niños tuvieran un día de excursión cada seis o siete días. Sería genial.

3.- Los delfines

  • Tienes que comer, - decía la nodriza al pequeño Dión de cuatro años.
  • No tengo hambre, Nefeli, ya he comido unas uvas.
  • ¡Pero no puedes alimentarte sólo de uvas!. Además, tu padre ha pensado que hagas un viaje por las islas y tendrás que acostumbrarte a comer lo que haya en cada lugar.
  • Y ¿por qué?
  • Porque es de mala educación no comer lo que te han puesto en la mesa.
  • ¿Y si no me gusta? No creo que haya nadie que cocine como tú.
    Nefeli se echó a reír. Quería al niño como si fuera su propio hijo y el niño la quería a ella, porque era la madre que había conocido siempre. Además le hacía gracia y admiraba su rebeldía.

  • No puedes desairar a quien sea tu anfitrión, porque se podrían enfadar con tu padre y eso no le interesa a nadie. No lo olvides, porque es importante para que todas las islas estén siempre en buenas relaciones.
  • ¿Y a mí qué me importa? Ojalá todos se enfadaran con mi padre y no tuviera que verlo más, ni a él ni a su esposa. Es fea y desagradable.
  • No digas eso. Ira es guapa. El problema es que no te cae bien y por eso la ves fea.
    Nefeli procuró que el niño no la viera reírse. Tenía razón sobre Ira. Era una mujer desagradable y mandona. Pero el niño era demasiado pequeño para contarle muchas otras cosas.

El pequeño Dión no quería salir de su isla, Naxos. Que su padre dijera lo que quisiera. No se ocupaba mucho de él, porque vivía en la gran isla de Creta. Su madre Semele había muerto al nacer él y se había criado en brazos de la joven Nefeli. Era un niño alegre, aunque un poco rebelde y solía hacer lo que quería, sobre todo, cuando no entendía las órdenes de su padre, que era casi siempre.

  • No entiendo por qué tiene que haber tantas reglas.
  • Tienes que obedecer a tu padre – dijo Nefeli – El Clan Olimpo tiene mucho poder; acabaremos todos bajo su mando.
  • Yo no, - dijo Dión – me gusta el Clan de la Vid, porque es el clan al que pertenecía mi madre, y no pienso irme de aquí.
     Nefeli sonreía. Era inútil discutir con el pequeño Dión. Sabía cómo salirse con la suya, sobre todo con su sonrisa traviesa, con la que conquistaba a todos.

Un día llegó una embajada de Creta. Dión debía embarcar y viajar a Trinacria, que estaba en el otro mar del Oeste. Allí lo recibiría un amigo de su padre, que era rey. Nefeli vistió al niño con sus mejores ropas y le puso al cuello un medallón de su madre, para que pudiera ser identificado, si se perdía, aunque no creía que esto sucediera, porque el niño no perdía ni un detalle de nada.

  • ¿Qué tal ha estado el viaje? – preguntó el rey Hierón, cuando el barco cretense llegó al principal puerto de Trinacria.
  • Me ha gustado mucho. Quisiera hacer más viajes por mar. Había unos peces que saltaban fuera del agua y me saludaban.
  • Son delfines – sonrió Hierón – y están acostumbrados a ver personas. Por eso no se asustan y acompañan a los barcos.
  • Pues quiero volver a verlos y saludarlos.
  • Te prepararé una excursión. Tengo buenos marinos, que te acompañarán. Será parte de tu educación, porque tu padre piensa dejarte aquí dos o tres años, para que aprendas cosas distintas, sobre todo, a ser un rey sensato.
  • Ya salió mi padre y sus normas – protestó Dión - pues no me quedaré, a no ser que me lo pase bien. La gente importante es muy aburrida. ¿Tú eres aburrido?
     Hierón se echó a reír. Aquel niño le gustaba más de lo que habría podido imaginar. Sería divertido enseñarle o quizá decirle lo que todo el mundo pensaba de su padre. Sospechaba que el niño ya lo sabía.

  • Te aseguro que lo pasarás bien y aprenderás cosas útiles.
  • Pero no pienso ser rey. – insistió Dión - Es más cómodo ser una persona sencilla. Quiero tener amigos de verdad y los reyes no tienen amigos de verdad, sólo de conveniencia.
  • Veo que tienes sentido común.- dijo Hierón, poniéndose serio.
      La excursión se hizo, pero los marinos, viendo que era un niño tan pequeño, decidieron quitarle su medallón de oro y la bolsa con oro que llevaba atada al cinturón. Luego lo echaron al mar. Dirían que se había caído y no habían podido encontrarlo.

Pero su sorpresa fue enorme cuando, al regresar a puerto, vieron que el niño llegaba también montado en un delfín. No podían explicarse cómo había conseguido salvarse.

  • Son estupendos estos peces – contaba Dión al rey – y saben comunicarse con nosotros.
  • ¿No has pasado miedo?
  • No. Además, estos marinos pensaban contarte que me había caído al agua. No saben que es muy difícil engañarme, aunque sea pequeño. Ahora tienes que decirles que me devuelvan el medallón de mi madre, porque es el único recuerdo que tengo de ella.
    El niño hablaba como si no le importara lo que habían intentado hacer los marinos. Sólo parecía importarle el nuevo amigo que había encontrado.

  • Ya veo que es difícil engañarte – dijo Hierón admirado – Ellos recibirán su castigo y a ti te servirá de experiencia, para no fiarte de nadie.
     Dión ya no lo escuchaba. Estaba saludando al delfín, que todavía seguía en el puerto. Ya tenía un buen amigo. Vendría todos los días a verle y le enseñaría a hablar, porque estaba seguro de que podía hablar, aunque no fuera con palabras.

  • ¿Qué haces todos los días en el puerto? – dijo un día Hierón.
  • Estoy enseñando a hablar al delfín. ¿Te has fijado que hace un sonido que parece música?
  • Sí. Los delfines se comunican entre ellos, por medio de sonidos. Si consigues entender a uno, los entenderás a todos.
  • ¿Habrá más delfines en estas aguas?
  • Si tu amigo delfín los llama, vendrán en pocos días.
  • Pues pienso darme una vuelta por el agua con el mío.
  • No te confundas. No puedes decir que es tu delfín. En todo caso, es tu amigo. Los delfines son muy independientes, aunque son amigos fieles. Debes pensar en un nombre para él y llamarle por ese nombre. Se sentirá más unido a ti y vendrá siempre a verte.
  • ¿Y tú cómo sabes tanto sobre los delfines?
  • Porque yo también tuve un delfín como amigo, cuando era niño. Y fue mi amigo hasta que se sintió enfermo y se marchó a morir entre los suyos.
  • ¿Te lo dijo él?
  • Sí. O yo creo que me lo dijo. Sentí como si hubiera perdido a un hermano.
     Dión empezaba a tener aprecio a aquel hombre: no parecía un rey, casi se parecía más a lo que él pensaba que era un padre, aunque no lo sabía por experiencia propia. Además la esposa de su padre, Ira, parecía odiarle, quizá porque su madre había sido mucho más guapa que la orgullosa reina de Creta.

Pensó que él no dejaría que su amigo delfín se fuera sin él. Le buscaría un nombre. Y estaría siempre con él. Lo llevaría a Naxos cuando volviera. Estuvo varios días pensando cómo hablar con su amigo y qué nombre ponerle, porque, si era tan inteligente, querría tener un nombre bonito. Ya lo tenía: le llamaría Filomelo = el amigo de la música.



4.- La Isla de Thera.

La pequeña Palas practicaba con su lanza y su escudo, regalos de su padre. Era una niña tan inteligente que comprendía los motivos de su padre Zeus para formarla como buena guerrera. Por eso la había dejado en la isla de Thera, que educaba a los niños como guerreros desde pequeños. Y ella era una de las mejores. Desde los siete años formaba parte de un grupo de niñas y niños que vivían en campamentos, entrenándose y haciéndose fuertes. Constituirían la defensa de todas las islas del Egeo, por si había alguna invasión del exterior, aunque no era probable. Tenía diez años y era una de las mejores guerreras, líder entre los niños y niñas de su edad, por su carácter y su fortaleza física y mental.


El número siete era su preferido: había nacido el día siete del mes séptimo; tenía un grupo de siete amigas y amigos y en la tienda del jefe del Clan de la Lanza había siete lanzas, regaladas por el Clan del Asta de la isla de Siros, que eran los mejores herreros conocidos.

  • Palas, ¡ven enseguida! - gritaba Gnome, la mejor amiga de la niña, saliendo de la tienda que compartían en el campamento.
  • ¿Qué pasa? Parece que sucede algo importante
  • ¡Es que ha sucedido algo importante! Ven a verlo.
  • ¡Qué preciosidad! - dijo Palas, que llegaba sonrojada, más por la emoción que por la carrera. - ¿De quién es?
  • Tuya. Te la envía tu padre. Nunca había visto una coraza tan bonita ni tan bien hecha. Yo creo que es de oro.
Encima del colchón donde dormía Palas, habían colocado una preciosa coraza, acompañada por unas grebas, para proteger las piernas y unos guanteletes, para proteger las manos, también de metal dorado.

  • ¡Qué exagerada! ¿Cómo va a ser de oro?
  • Tu padre puede permitírselo. Todo lo que las islas recogen ... Gnome se quedó parada, porque no se atrevía a seguir hablando.
  • No te preocupes, continúa. – dijo Palas- Ya sé que mis amigas tratáis de que no me entere, pero sé que todos critican a mi padre. Tengo que ir a verle y preguntarle si es verdad lo que dicen de él: que se aprovecha del trabajo de los demás.
  • Palas, yo no quería disgustarte; sabes que te quiero y que eres mi mejor amiga. Además no sé si los rumores son ciertos o no.
  • Por eso tengo que averiguarlo por mí misma. En cuanto me den permiso, iré a ver a mi padre. No creo que se atreva a negar algo que yo vea que es evidente.
        Palas se dispuso a realizar su viaje para visitar a su padre. Lo admiraba bastante, pero sabía que, a veces, resultaba injusto con los demás, aunque ella comprendía que ser rey obligaba a hacer cosas desagradables para los otros. La distancia desde Thera a Creta no era demasiada. Además ella era una guerrera y estaba a acostumbrada a marchas por tierra y por las continuas elevaciones de su isla.

Este viaje era por mar y le parecía fácil y cómodo.

. ¡Hija! ¡Cuánto has crecido! – dijo Zeus al verla
  • Lo natural en una niña fuerte como yo – contestó Palas y, en tono de reproche, añadió – aunque tú lo notas más, porque llevas bastante tiempo sin verme.
  • Hija ...
  • Ya sé. Tus obligaciones de gobierno no te permiten ocuparte de tu familia. Pero no te preocupes. Lo entiendo. También sé que soy tu hija preferida, por eso no me molesta que no vayas a verme, porque sé que estoy en tu pensamiento.
  • Eres muy inteligente y también mi hija preferida y sé que tú lo sabes. Te he hecho venir para explicarte cuál es tu misión en Thera. No quiero que nadie oiga lo que tengo que decirte.
  • Supongo que quieres que prepare el ambiente para llegar a ser Jefe del Clan de la Lanza. Para ello tengo que organizar el ejército y llegar a ser general en jefe.
  • Me dejas asombrado, eso es exactamente lo que quiero – empezó a decir Zeus – y su hija lo interrumpió, como si no le hubiera oído.
  • Pero, como todavía tengo poca edad, debo ir ganándome la voluntad de todos los habitantes de Thera, para conseguirlo cuando tenga los 14 años, edad en que ya seré mayor de edad. Lo haré como tú quieres. Y sabes que seré fiel a ti.
       Zeus miraba a su hija con la boca abierta. Sabía que era muy inteligente, pero esto le parecía ya algo fuera de lo normal. ¿Cómo podía saber ella cuáles eran sus planes? Había acertado en todo. Tenía madera de líder, como él. La isla de Thera tenía problemas sísmicos y había que dirigir a los súbditos con mano firme. Ella lo haría, incluso mejor que él, porque Zeus, a veces, se “distraía” demasiado cuando conocía a una joven nueva, algo que enfurecía a su esposa Ira y a Palas le parecía propio de un hombre corriente, no de un rey.

Nadie sabía quién era la madre de Palas, aunque se rumoreaba que era una mujer tan inteligente que Zeus la hizo desaparecer, para que no le hiciera sombra a él. Palas estaba decidida a averiguar quién era su madre y a poner las cosas en su sitio, aunque respetaba y quería a su padre. 

      Palas estuvo varios días con su padre, presenciando sus asambleas y tomando nota de todo lo que veía y oía: ella sería una buena reina de Thera, como su padre había dispuesto, aunque sabía que, para ello, tendría que quitarle el puesto a la familia del Clan de la Lanza, que dominaba en Thera en ese momento. Y eso no le parecía justo. Ya vería cómo se sucedían los acontecimientos y lo hablaría con su amiga Gnome, a la que consideraba como a una hermana y que siempre le daba buenos consejos, aunque era sólo un mes mayor que ella.

Cuando llegó el día de su partida de vuelta a Thera, Zeus la acompañó hasta la nave y, mostrándole su bastón de mando, la égida, le dijo:

  • Tú llevarás algún día este bastón de mando, porque mi intención es que me sucedas en el mando general de las islas cuando yo esté ya cansado de gobernar.
  • Tú no te cansarás nunca de gobernar, porque te encanta el poder – rió la niña.
  • Estoy harto de pelear con todo el mundo incluida mi esposa, que siempre intenta llevarme la contraria y no entiende mis motivos para actuar
  • Porque la engañas con demasiada frecuencia – contestó Palas.
  • Es que me aburre mucho, siempre con sus intrigas y sus celos. Pero me extraña que tú la defiendas, porque me parece que no te cae bien.
  • Una cosa es que me resulte necia y aburrida, y otra cosa es que no entienda sus motivos.
     Palas no dijo nada más y se despidió de su padre. No le gustaba Ira, la esposa de su padre, pero la entendía. Su padre era un caprichoso y se había casado con Ira, porque le interesaba. Además le parecía muy guapa y sabía adornarse bien.

Cuando llegó de nuevo a Thera, su amiga Gnome la estaba esperando. Las dos amigas se contaron lo que habían hecho durante los días que habían estado separadas, pero Gnome tenía algo importante que contar a Palas: había descubierto quién era su madre, escuchando los comentarios de las chicas mayores y de los jóvenes que intentaban ya empezar a conquistarlas.

Tengo algo que contarte y creo que es importante – dijo Gnome, hablando directamente del tema, como era característico en ella
  • Supongo que es realmente importante – rió Palas, viendo el rostro serio y preocupado de su amiga.
  • Creo que sé quién es tu madre.
  • ¿Qué?
  • Y creo que estoy en lo cierto, porque todos se callan cuando paso y procuran cambiar de tema de conversación.
  • Dime lo que sepas, ya sabes que soy fuerte, aunque me digas algo desagradable.
  • Creo que tu madre es Metis y que tu padre se deshizo de ella, para que no le estorbara en sus planes de dominio.
     Palas no sabía cómo reaccionar ante la noticia. Estaba segura de que Gnome no mentía. Lo que no entendía era por qué su padre se lo había ocultado y, sobre todo, no entendía por qué su madre podía estorbar a Zeus en su gobierno y por qué se había casado con la desagradable Ira. Haría sus propias averiguaciones, antes de volver a hablar con su padre.

     Tras diversas conversaciones entre las personas mayores, preguntando sutilmente a unos y a otros, Palas, por fin, descubrió que su madre era Metis, hija de Océano y Tetis, a los que Zeus temía porque podían arrebatarle su poder, siendo más inteligentes que él y siendo de una familia más poderosa. Metis era la inteligencia personificada. Ahora entendía por qué ella era inteligente, como su madre.



5.- Medicina natural

El día que cumplió los siete años, Febo fue llevado por su madre Leto a la isla de Sérifos. Ella volvería a Delos, con su hija Artemis, para ayudarla a ser una buena reina y aconsejarla el día que decidiera elegir un esposo. El viaje fue tranquilo, duró más de lo que esperaba, por culpa de una tormenta, pero, por fin, habían llegado a una pequeña playa. El niño había estado todo el tiempo en silencio. No entendía por qué su madre obedecía las órdenes de Zeus y lo alejaba de ella y de su hermana.

  • Madre, no puedo creer que vayas a dejarme aquí solo – dijo Febo muy serio.
  • No voy a dejarte solo, hijo. Tendrás a varias jóvenes que te ayudarán y te educarán, para que seas rey de esta isla, cuando llegue el momento.
  • No quiero ser rey, madre. Y nadie puede cuidarme mejor que tú. Además, ¿quién va a cuidar de mi hermana y de ti, cuando tengáis algún problema?
  • No te preocupes, hijo. Podemos visitarnos cuando queramos. No estamos lejos. Yo vendré cada vez que cambie la luna.
  • ¿Por qué no puedo quedarme con vosotras?
  • Aquí serás feliz, hijo, te lo aseguro. Aquí reina el Clan de la Lyra. Los habitantes de Sérifos se dedican a la música y te admirarán por tus dotes de músico. Casi todos son artistas especiales; estarás como pez en el agua entre ellos. Ahora vamos a ver a la reina, que ha prometido adoptarte como hijo y nombrarte su heredero, porque no tiene hijas.

Febo no dijo nada. Sabía que su madre le quería más que nadie y que debía fiarse de ella. Además le había prometido visitarle todos los meses. Se preguntaba quiénes eran las hermanas que iban a cuidar de él y si tendría que querer a la reina como a su propia madre. Leto le sacó de dudas, adivinando lo que estaba pensando su hijo.

  • Yo no te dejaría en manos de cualquiera, Febo. Estamos aquí porque tu padre quiere que todos los reyes de clan sean hijos suyos. Es la mejor forma de controlar el bienestar de todas las islas. Estamos al oeste de las Cícladas. Las hermanas que van a cuidar de ti son tus tías, son tres de las Musas, precisamente las que pueden ayudarte a desarrollar tus dotes musicales. Son hijas de Crono, el padre de Zeus.
  • Yo no necesito a nadie para mi música – dijo el niño – Prefiero ser autodidacta. ¿Y qué pasa con mis medicinas?
  • Aquí tienes gran variedad de plantas para preparar tus medicinas. He pensado en todo para elegir el lugar del que serás rey. Y Zeus no ha puesto ninguna pega.
  • No creo que cambie de opinión, madre. No quiero ser rey.
  • Ya veremos cuando pasen unos años. Me quedaré unos días contigo, para ver cómo organizamos tu vida en esta isla.

Llegaban ya a la casa de la reina. Estaba construida con piedra, a diferencia de las otras casas de la isla, que eran de adobe o ladrillo. Las personas con las que se encontraban por el camino sonreían y los saludaban. Por lo menos esta gente parecía agradable y feliz, pensó Febo. La propia reina salió a recibirlos en persona.

  • Estaba deseando conocer a este jovencito – dijo la reina Mnemósine, acariciando la dorada melena del niño.
  • ¡Qué alegría volver a verte! – contestó Leto, abrazando a su amiga.- Aquí tienes a mi hijo. Espero que se comporte como un príncipe heredero.
  • Buenos días, señora – dijo Febo, inclinando la cabeza en señal de respeto.
  • ¡Y qué bien educado está! Creo que nos vamos a llevar muy bien. ¿Quieres comer algo? ¿O quizá beber un zumo? El viaje es cómodo, pero el mar produce sed.
  • Gracias – contestó el niño. Me gustaría beber agua fresca, si es posible.
  • Por supuesto, hijo. ¿Puedo llamarte hijo?

El niño asintió con la cabeza. Enseguida centró su atención en tres jóvenes que estaban en la sala en la que acababan de entrar; eran tres chicas bellísimas, con túnicas de color violeta. Las acompañaba una mujer mayor, de aspecto digno: era la nodriza Eufeme, que las había cuidado desde que nacieron. Las tres hermanas corrieron hacia Febo y lo cubrieron de besos. El niño empezó a sonreír. Le gustaban sus nuevas cuidadoras.

  • Te voy a presentar – dijo la reina, en cuanto vio que Febo se separaba tranquilamente de su madre. Ésta es Calíope. La llamamos así porque su voz es la más bella que jamás hemos oído. Ésta es Melpómene, la melodiosa, porque habla con tal dulzura que parece que canta. Y ésta es Urania, la astrónoma. Creemos que te llevarás muy bien con ellas y que te enseñarán todo lo que debe saber un rey del Clan de la Lyra.
  • Y ésta es Eufeme – dijo Urania – nuestra nodriza, que también te cuidará a ti.
  • Y ¿qué significa su nombre? – dijo Febo.
  • La que habla bien”, contestó Urania. Parece que será fácil enseñarte, porque escuchas.
  • Es que me habéis dicho el significado de vuestros nombres y pensé que lo decíais siempre, al presentar a una persona.

La reina Mnemósine le miraba encantada y sonreía a Leto. Era un niño precioso y sensato. Sus súbditos estarían bien gobernados.

Febo miró con curiosidad a las tres jóvenes y a la nodriza, pero su atención se centró en Urania. ¡Qué interesante sería aprender astronomía y poder adivinar lo que los astros ordenaban que sucediera!. Urania era rubia, como sus hermanas, pero sus ojos eran de un color azul oscuro, tan profundos que se podía ver en ellos todo un mundo de luz y sabiduría.

  • Urania, ¿me enseñarás a interpretar los astros?
  • Pues claro, Febo. Ellos nos dicen lo que ha sucedido y lo que sucederá. Sólo hay que saber interpretar sus señales.
  • ¿Y cómo sabes que te dan señales?
  • Los observo a diferentes horas del día y de la noche. Ya te enseñaré cómo hacerlo. ¿Te interesa conocer el futuro o el pasado?
  • Creo que me interesa más el futuro, porque el pasado ya lo conozco.
  • A veces vemos cosas del pasado en las que no nos habíamos fijado. Si piensas en ello, te darás cuenta de que el pasado nos enseña para situaciones futuras.

El niño se quedó pensativo, ante las palabras de la joven. Tenía muchos recuerdos y todos estaban presentes en su cabecita.

  • Es cierto. Recuerdo que tuve que defender a mi hermana y a mi madre, poco después de nacer. Eso me hizo saber que tendría que defenderlas siempre.
  • ¿Y de qué las defendiste? – preguntó Urania divertida.
  • De una enorme serpiente pitón que nos amenazaba a los tres.
  • Esa es una historia interesante y que me contarás con más detalle.
  • Por supuesto, dijo Febo. Ahora sólo te diré que sé que la pitón fue puesta allí por alguien, que no quería que nosotros viviéramos.
  • ¿Sospechas de alguien?
  • Creo que fue la reina de Creta, Ira, porque no le cae bien mi madre.
  • Ya analizaremos eso con más detenimiento y sacaremos conclusiones. Es importante sacar conclusiones de todo lo que sucede.
  • Estoy de acuerdo y ¡me gusta mucho hablar contigo!.- dijo el niño muy serio.

Urania observó al niño con cariño. Era inteligente, como le habían dicho, y cariñoso. Sería un buen rey en un lugar donde la sensibilidad era fundamental para la felicidad de los habitantes de la isla, casi todos músicos. Febo saludó a Calíope y Melpómene, mostrándoles su lira y habló después con Eufeme.

  • A mí me gusta buscar y encontrar plantas.
  • ¿Y para qué las quieres, si puedo preguntártelo?
  • Para usarlas como medicinas. Es increíble lo que puede ayudar una planta, cuando te duele algo o te haces una herida.

Sólo con mirar sus ojos, sabía que ella le enseñaría a encontrar plantas medicinales en la isla de Sérifos y le diría cómo utilizarlas. Empezaba a gustarle el lugar donde iba a vivir de ahora en adelante. Su madre, como siempre, tenía razón.


6.- Dédalo y Naucrates

El joven Eupálamo, hijo de Zeus, y su esposa Alcipe, hija de Ares, contemplaban embobados a Dédalo, su bebé de un año. Era el colmo de la felicidad para ellos desde que nació.

  • Me parece asombroso que nuestro hijo sepa qué juguete quiere, entre todas las figuras de madera que le has hecho – dijo Alcipe.
  • Es lógico que elija la flor y el pez, no sólo porque lo ha visto en la realidad, sino porque son más suaves que otros juguetes. – contestó Eupálamo, ofreciendo al niño unas figuritas que representaban unas ardillas con larga cola, que había hecho con la piel de un conejillo silvestre. – ¡Mira cómo le gustan también estos animalitos!
  • Tienes razón, pero ¿por qué siempre tiene el caballito en la mano? Nunca ha visto un caballo de verdad, pero parece su preferido.
  • Quizá sea porque mi padre, desde lejos, influye en su espíritu. – dijo Eupálamo pensativo y algo preocupado.
Estaba claro que los recuerdos de su padre no eran agradables para Eupálamo. Tampoco lo eran para Alcipe. Su padre Ares no se había preocupado de ella ni la había ayudado en los momentos en que más lo necesitaba.

  • No exageres. No creo que tu padre quiera influir en los gustos del niño, aunque, pensándolo bien, puede ser tu padre o el mío.- reflexionó Alcipe, también algo preocupada.
  • Dejemos de pensar en ello. Hoy es un día luminoso y feliz. El niño está contento y nosotros también. Vamos a la fuente termal para bañarlo y, de paso, nos daremos un baño también nosotros. Hoy me he levantado con dolor en el brazo derecho y quizá las aguas minerales me puedan ayudar a mitigar el dolor.
  • Voy a preparar al niño en un momento y nos vamos.
Salieron al poco tiempo con un hatillo, donde Alcipe había preparado unas tortas de cereal y un poco de pescado asado. Ya cogerían algunos frutos por el camino y beberían agua fresca de los múltiples arroyos que encontrarían en su camino hacia la fuente de la Naturaleza, donde solían encontrarse con otra pareja joven, que también tenía un bebé algo mayor que el suyo. Pasarían el día juntos y se contarían los progresos de los niños.

La relación de la pareja había sido bastante difícil, por las presiones que habían soportado por parte de sus respectivos padres, que se negaban a su matrimonio. Así que decidieron casarse cuanto antes, para no tener que dar explicaciones a nadie. Y también decidieron irse a vivir lo más lejos posible de la influencia de la familia. Ellos harían su propia vida. De hecho, Eupálamo sólo tenía 16 años y Alcipe, 15. Pero vivían de la pesca y de algunas figuras de madera que solía hacer Eupálamo como distracción desde que era niño y que ahora le reportaban algunas monedas, que les permitían comprar telas, con las que Alcipe confeccionaba la ropa para ambos. Ahora también hacía la ropa para su bebé y disfrutaba con ello. Casi todos los habitantes de la isla eran orfebres y tallaban metales, conchas marinas o piedra. Sólo Eupálamo tallaba madera, por eso tenía éxito.

Cuando llegaron a la fuente de la Naturaleza, sus amigos ya estaban esperándolos. Panos y Cloris eran los jefes del Clan del Toro y Panos se dedicaba a tallar objetos de adorno, como collares o brazaletes. Su pequeña hija Naucrates ya daba sus primeros pasos y se acercó sonriendo al ver al pequeño Dédalo.

  • ¡Qué pronto habéis llegado! - Dijo Alcipe
  • Sí, - contestó la joven Cloris, con una sonrisa. Hoy mi esposo ha traído fruta fresca para desayunar y la niña se ha despertado antes. Como le gusta mucho la fruta, ha comido enseguida.
  • ¡Panos! – se acercó Eupálamo, saludando a su amigo - ¡Qué alegría veros!. Pasaremos un buen día. ¿Qué me cuentas de nuevo?
  • Que la niña ya tiene otro diente. – contestó Panos orgulloso.
  • Pues Dédalo tiene sólo cuatro. No sé por qué tardan tanto en salirle.
  • No te preocupes – dijo Cloris – Ya le saldrán. Cada niño es un mundo diferente.
Todos sonrieron y se prepararon para darse un buen baño. Los niños ya estaban dando gritos de alegría al acercarse al agua. Vivían en la isla de Andros, la más lejana a Creta, para no tener la obligación de visitar a Zeus, padre de Eupálamo. Y Zeus tampoco iba casi nunca a Andros, porque le parecía un viaje incómodo y largo.

Andros era una isla con costas escarpadas y abundante vegetación. Había buenas playas en el sur de la isla, pero tan recónditas que sólo las conocían los habitantes de la isla y no solían mostrárselas a los visitantes, para que no turbaran la paz que llenaba sus vidas. Tampoco decían a nadie la existencia de fuentes medicinales que surgían en las laderas de las montañas y que ellos disfrutaban y utilizaban, reuniéndose cada vez que la luna cambiaba, para intercambiar productos con sus vecinos, y presentar a sus nuevos hijos. Eran como una gran familia y se ayudaban unos a otros.

Tenían un sistema de llamada para pedir auxilio, si se encontraban en peligro, que consistía en hacer caer los rayos del sol sobre un mineral que abundaba en la isla, el oro, de modo que los rayos se refractaban y podían verse desde casi todos los rincones de la isla. En todas las casas había en la entrada un trozo plano de oro, para ser usado en caso de emergencia.

Eupálamo había pensado muchas veces hacer figuras con ese mineral, en lugar de hacerlas con madera, porque había observado que el oro era resistente al fuego, que no lo destruía, pero lo fundía y se podía moldear. Se encontraba oro en abundancia cerca de las fuentes medicinales. Quizá se podrían vender mejor las figuras de oro en el puerto sur de la isla, a donde llegaban los mercaderes de las otras islas del grupo de las Cícladas.

Cuando nació el niño, decidió empezar a trabajar el oro. Solía cubrir las figuras de madera con el metal y, cuando se enfriaba, quitaba la base, de modo que quedaba sólo la figura de oro hueca. Enseñaría a su hijo su mismo oficio, si conseguía vender sus figuras. Eupálamo y Alcipe impusieron al niño el nombre de Dédalo, para que, de alguna forma, influyera en su vida y en su destino.

Pasaron cuatro años. Las dos parejas y sus hijos eran ya como una sola familia y compartían alegrías y penas tanto como las ganancias que conseguían vendiendo sus productos a los mercaderes. Los niños, Dédalo y Naucrates crecían juntos y se querían como verdaderos hermanos. Ambos habían aprendido el oficio de orfebrería de sus respectivos padres y hacían competiciones para ver quién hacía una figura mejor y más rápido. Cada día se planteaban un nuevo reto y ya habían hecho tallas de todos los animales y plantas que conocían.

  • He pensado que podríamos tallar a nuestras familias, - dijo un día Naucrates,- así nos acordaremos de cómo éramos de pequeños y de nuestros padres jóvenes.
  • Buena idea, dijo Dédalo – lo guardaremos en secreto y, cuando hayamos terminado, les daremos una sorpresa. Además voy a tallar un toro, símbolo de nuestra isla. Él también nos ayudará durante nuestra vida.
  • Me parece bien – dijo la niña, que siempre admiraba a su amigo y estaba de acuerdo con lo que él decía.
Y así lo hicieron. Regalaron a sus padres las figuras, que las dejaron como ofrenda en la fuente de la Naturaleza. La diosa las conservaría para ellos hasta que se hicieran mayores o tuvieran que irse a vivir a otro lugar. Eupálamo y Panos miraban orgullosos las obras de sus hijos, mientras Alcipe y Cloris lloraban emocionadas.

La vida transcurría felizmente, hasta que un día, dos años después, todas las planchas de oro de la zona sur de la isla empezaron a reflejar los rayos solares. Algo estaba sucediendo y debía ser grave, pensó Alcipe, cuando lo vio y fue a despertar a su esposo rápidamente. Desde su casa se veía mucho humo, como si toda la vegetación hubiera empezado a arder. Mientras Eupálamo se levantaba, Alcipe fue a despertar a los niños. Esa noche Naucrates se había quedado a dormir con ellos, porque sus padres iban a ir muy temprano al puerto a vender sus obras a los mercaderes.

  • Lleva a los niños a la fuente de la Naturaleza – dijo Eupálamo a su esposa. Yo iré al puerto a ver qué sucede.
  • No te acerques demasiado. Esto me parece que es obra de piratas y matarán a todo el que pueda ser testigo de lo que han hecho.
  • Quédate tranquila. Tendré cuidado y volveré pronto.
Alcipe no se quedó tranquila, pero se llevó a los niños a la fuente. Pronto volvió Eupálamo con expresión horrorizada. Los piratas habían prendido fuego a todas las casas y por todas partes había fuego y cadáveres. Entre ellos, sus queridos amigos Cloris y Panos. En ese momento estaban ya en la parte norte, quemando y saqueando. Pocos se habrían salvado. Los pocos supervivientes tendrían que volver a empezar.

Dos días más tarde, se reunieron. Sólo eran diez personas adultas y tres niños. La pequeña Naucrates no podía entender que sus padres ya no estaban y no se separaba de Dédalo en ningún momento.

  • Creo que debemos organizarnos y buscar un nuevo jefe de clan, dijo Eupálamo a sus compañeros.
  • Tú serás el mejor jefe de clan. Eres el mejor orfebre y debemos mantener nuestro oficio para salvar la economía de la isla – dijo el joven Licos. Además, tu padre Zeus no permitirá que vuelva a pasar otra vez lo mismo.
  • Supongo que ya le han llegado noticias de lo sucedido – contestó Eupálamo. Tengo la sospecha de que no han sido los piratas los que nos han atacado, sino las tropas de mi padre, o quizá las de mi hermana Palas, desde la isla de Tera.
  • ¿Para qué? – se asombró Dorcas, otro amigo que había sobrevivido.
  • Para demostrarnos que pueden llegar aquí cuando quieran y que debemos acostumbrarnos a su poder.
  • ¿Y por eso matan, queman y roban?
  • Tengo que pensar en ello, pero creo que no me equivoco. De momento, nos quedaremos en las montañas. Nadie conoce este lugar.
Eupálamo no se equivocaba. Palas había dirigido la expedición de aviso. Él conocía los métodos de su hermana. No cedería. Reconstruiría su comunidad y se prepararían para la lucha. El pequeño Dédalo vio la decisión en los ojos de su padre y lo admiró por ello.

  • Menos mal que hice una imagen de mis padres, así podré recordar cómo eran, - dijo la pequeña Naucrates, llorando.
  • No llores, - dijo Dédalo – cogeremos las figuras que hicimos y las llevaremos con nosotros. La diosa las habrá guardado.
Efectivamente, cuando fueron a buscarlas, allí estaban sus esculturas de oro. La niña las recogió casi con devoción y las guardó en la pequeña bolsa que llevaba colgada al hombro, como si fuera a ser su amuleto personal.


7.- El Oráculo.

La pequeña Sibila observaba a su madre con los ojos muy abiertos. Ella era la heredera y tenía que aprender incluso los gestos que su madre hacía cada vez que realizaba un oráculo. Ya tenía siete años, edad en que las Sibilas empezaban a aprender su oficio. Hasta ahora había vivido en una casa construida de mármol, cerca de la cueva del oráculo, siempre con nodrizas y sirvientes. A su madre la veía sólo por las tardes. Pero había llegado el momento de aprender. Ahora pasaría día y noche con su madre. La niña estaba contenta porque admiraba la belleza y la inteligencia de su madre, y sobre todo, su carácter dulce y amable, aunque firme.

  • Mamá, - dijo Sibila el primer día que salió con su madre muy temprano.-
  • Dime, hija. – respondió la madre, observando a la niña, a la que había vestido de blanco.-
  • Voy a intentar hacer todo bien, pero tendrás que decirme cómo hablar y cómo  comportarme.
  • No te preocupes, hija. Todas las mujeres de nuestra familia hemos sido Sibilas y es algo natural para nosotras hablar y saber qué gestos debemos hacer, para que todo el que quiera preguntar nos entienda.
La isla de Milos estaba situada al suroeste de las Cïcladas, relativamente cerca de la todopoderosa Creta y de su bastión militar, Thera. Su abundante vegetación proporcionaba unos paisajes tan bellos que muchos habitantes de las otras islas procuraban hacer viajes de descanso a Milos, que, además, tenía unas playas de fina arena y agua clara y transparente como un espejo. Su forma de U constituía un excelente refugio para las naves y el buen carácter de sus habitantes invitaba a quedarse unos días, lo cual representaba uno de los principales recursos económicos de la isla. A todo ello podía añadirse el buen clima, y las famosas uvas, naranjas y olivas que se producían casi espontáneamente.

Pero lo que atraía a más personas era su famoso oráculo, en el que confiaban todos, porque no se equivocaba nunca en sus predicciones, o por lo menos nadie recordaba que hubiera habido un error jamás.

En la isla había todo tipo de animales, pero predominaban las serpientes. Los milios sabían manejarlos y aprovechar sus posibilidades, sobre todo el veneno de algunos ofidios, que utilizaban en pequeñas dosis, mezcladas con infusiones de algunas plantas, para mitigar los dolores demasiado agudos como para ser soportados.

La jefe del clan era Sibila, a la que todos llamaban Sib., que había dado al clan el nombre de Clan del Ofidio, porque ella había enseñado a su gente cómo utilizarlos en provecho propio. Todas las jefes de clan se llamaban Sibila, porque el don de la profecía pasaba de madres a hijas. Y cada Sibila sólo tenía una hija, que se educaba con ella desde su nacimiento. Aceptaban un esposo sólo el tiempo necesario para engendrar una hija. Luego lo despedían y no volvían a tomar otro esposo.

  • Ahora sólo nos falta aprender a utilizar las plantas y los animales, para completar tu educación, - dijo la madre.
  • ¿Y cómo aprenderé a utilizar las plantas?
  • Irás conmigo a buscarlas y, cuando sepas recoger las que más te convienen, viajaremos a Sérifos, donde vive el músico Febo. Es un chico encantador y enseguida te harás amiga de él. Él sabe cómo manejar las plantas mejor que nadie.
  • ¿Vamos a viajar?
  • Pues claro. Así no te resultará tan aburrido estar siempre aquí conmigo. El aire del mar nos vendrá bien, para dar un poco de color a nuestra piel. Además en las islas, todos nos ayudamos y procuramos ser amigos.

La pequeña Sibila no perdía ni una sola palabra de lo que decía su madre. Sería bonito viajar por mar. ¡Qué suerte tenía de tener una madre tan culta y tan buena!

  • Ahora escúchame bien, - empezó a decir la madre.- Lo primero que tenemos que hacer es saludar al Sol, nuestro padre. Él es quien nos inspira para dar nuestras respuestas.
  • ¿Y nos dice lo que tenemos que responder?
  • No. Nuestra mente recibe su inspiración y nosotras adaptamos la respuesta, observando a las personas que preguntan.
  • Eso me parece muy difícil.
La madre sonreía, aunque era una mujer muy seria, pero su hija era su debilidad. Tenía que enseñarla bien desde el principio, porque de ello dependía la prosperidad de la familia.

  • Ahora prepararemos el altar, para las ofrendas – siguió diciendo Sib – Los fieles entregan primero su ofrenda y luego hacen su pregunta.
  • ¿Qué es una ofrenda, mamá?
  • Es algo que entregan al dios para pedir su favor.
  • ¿Y qué entregan?
  • Generalmente traen cabritos o leche, miel o flores.
Sib empezó a preparar el altar con flores y puso una tela bordada en oro, para que el dios viera reflejados sus rayos en ella. Estaban acabando de colocar todo, cuando una de las sirvientes anunció que tenían a alguien esperando para ver a Sib.

  • ¿Sabes quién es?, - preguntó Sib.-
  • No, - dijo la sirviente- pero va vestido como un rey.
  • Haz que pase a la antesala y dile que me espere allí.
Sib observó desde detrás de una cortina que preservaba el oráculo de ojos indiscretos, a la persona que la esperaba. ¡Era su medio hermano Eupálamo, que vivía en Andros, según había podido saber. Por fin podría abrazarlo.

  • ¡Hola, hermano!, dijo Sib corriendo hacia él.- ¡Qué alegría verte! ¿Ha sucedido algo para que hagas un viaje tan largo?
  • Desgraciadamente sí, - contestó enseguida Eupálamo.- Nuestra hermana Palas ha invadido nuestra isla y ahora está todo arrasado. Nos hemos refugiado en las montañas.
  • ¿No querrás que te diga lo que va a suceder después?
  • No, hermana, ya sé lo que va a suceder: seguramente Palas hará incursiones en todas las islas, para dejar claro quién manda. He venido a avisarte.
  • No creo que se atreva a arrasar Milos, pero te agradezco que hayas venido. Vas a conocer a mi hija Sibila, que hoy empieza sus funciones como adivina. ¿Cómo está tu pequeño Dédalo?
  • Bien, cada vez es mejor artista, ahora trabaja con oro, además de con madera. Tengo otra hija, aunque ésta es adoptiva, porque sus padres murieron en la invasión. Es Naucrates y es como una hermana para Dédalo.
Sib se alegraba sinceramente de ver a su hermano y sabía que Palas llegaría en algún momento, porque Milos estaba bastante cerca de Thera. Se preparó para preguntar al dios qué iba a suceder después, aunque ya lo imaginaba. Una de las necesidades del oráculo era estar bien informada sobre los sucesos de las otras islas y sacar conclusiones.

  • ¡Sibila!, - llamó Sib, en voz alta para que la niña pudiera oírla – acércate, quiero que conozcas a tu tío Eupálamo.
  • Voy, mamá, - contestó la niña, que llegaba corriendo.-
  • Pero qué niña tan preciosa, - dijo Eupálamo – voy a traer también a tu tía y a tus primos. Quizá podamos pasar unos meses con vosotras, hasta que todo vuelva a su cauce en Andros.
  • Ya sabes que seréis bien recibidos, - se apresuró a decir Sib.-
La pequeña Sibila abrazó a su tío y pensó que sería interesante conocer a otros niños, porque ella siempre tenía que jugar sola.

  • Mamá, ¿Ya no vamos a trabajar hoy?
  • No hija, hoy vamos a celebrar la visita de tu tío. Mañana seguiremos con tu instrucción. Ve a casa y di a las sirvientes que preparen un banquete. Ahora vamos nosotros.
Sib decidió dar un paseo antes de llegar a casa, porque quería conocer de primera mano lo sucedido en Andros. Si Palas había empezado por esa isla, quería decir que tenía las mismas intenciones con las demás.

  • ¿Por qué crees que ha empezado las incursiones por la isla más lejana?
  • Porque Zeus quiere demostrar a todos que nadie puede desobedecer sus órdenes, por muy lejos que esté.
  • Creo que tienes razón.
Después de unos días en Milos, Eupálamo se marchó. Era el momento de volver con la educación de Sibila. Se levantaron antes de amanecer y Sib explicó a la pequeña Sibila cómo observar a las personas que iban a preguntar al oráculo.

  • Lo más importante es mirar la expresión de sus ojos. Los ojos son muchas veces el espejo del interior de una persona. Si te parece que esa persona es buena, puedes hablar con el corazón.
  • ¿Y si no me gusta lo que veo en su mirada?
  • Tendrás que tener cuidado con lo que dices, porque algunos vienen a intentar saber si van a ser ricos y poderosos y eso no es lo que quiere el dios.
  • ¿Y qué quiere el dios?
  • Que todos actuemos como él, que regala su luz y su calor a todos los seres por igual, sin importar su riqueza o su poder.
Sibila iba sacando conclusiones: las personas poco generosas y que sólo se preocupaban de ellas mismas no eran agradables al dios, y, por lo tanto, no merecían su atención ni sus respuestas. Tendría que aprender a calibrar a cada uno y a no dejarse engañar. ¡Era difícil la función de una Sibila!

Cuando llegó el siguiente fiel, su madre le dijo que actuara ella. Era la primera vez que lo iba a hacer sola, pero creía que podría hacerlo. Era una mujer muy joven y dejó sobre el altar un cabrito, un tarro de miel y un cestillo con cereales. Desde detrás de la cortina, Sibila preguntó:

  • ¿Qué le pides al dios?
  • Quiero conocer mi futuro. Me gustaría saber si voy a casarme con quien yo quiero o tendré que hacerlo con quien ha decidido mi padre.
  • En primer lugar debes orar al dios. En cuanto me dé una respuesta, yo te la transmitiré, – dijo Sibila, tal como le había enseñado su madre.
Sibila observó a la joven. Era muy guapa, con piel sonrosada, y parecía tímida y algo triste. Miró a su madre, que ya había reconocido a la jovencita. Era Ilia, de la isla de Paros, la mejor amiga de Hebe. Se preguntaba cómo habría ido hasta allí.


8.- El Clan del Mar.

La isla de Tinos, una de las Cïcladas, estaba también bajo el dominio de Creta, aunque no abiertamente, como sucedía con las demás islas. El jefe del Clan de Pescadores era Posidón, hermano de Zeus, que le había “regalado” la isla. Posidón tenía ya 20 años y estaba casado con Anfítrite, una mujer bellísima y de una finura especial, que hacía que todos la miraran boquiabiertos y que la escucharan atentamente, cuando se dirigía a los demás jefes de familia de pescadores y a sus esposas, pues en la isla de Tinos, todos estaban presentes en las asambleas, hombres y mujeres.


-          Vamos a reunir el consejo, - dijo Posidón a su esposa Anfítrite – creo que vamos a tener un problema con mi hermano.

-          ¿A qué te refieres? – dijo enseguida Anfítrite.

-          He tenido noticias de lo sucedido en Andros, y estamos muy cerca.

-          Yo también me he enterado de la invasión de tu sobrina Palas, pero no creo que se atreva a venir aquí. Nosotros no dependemos de Creta. Somos autónomos.

-          Eso será de palabra, pero no me fío nada de mi hermano.


La isla era famosa por sus fuentes de agua fresca y clara, que poseían algún tipo de propiedades minerales, puesto que muchos creían que curaban las enfermedades y mantenía a sus habitantes con una salud envidiable. El único problema eran los fuertes vientos, que obligaban a las familias a refugiarse en sus albergues, a veces, durante varios días.

Ya habían conseguido eliminar otro de los problemas de la isla, que era la gran cantidad de serpientes que poblaban sus frondosos bosques y prados. Todos agradecían a Posidón la hazaña, sin saber que a él le había ayudado su prima Sibila, que sabía cómo manejar a las serpientes, y se había llevado a todas las que había podido capturar, para utilizarlas ella en sus oráculos. Las pocas serpientes que quedaron fueron desapareciendo y Posidón se había llevado el mérito.

-          Ya están llegando todos – dijo Anfítrite – Creo que todos saben de qué vamos a hablar.

-          ¿Has llamado también a nuestros hijos? – preguntó Posidón – Quiero que quede claro que serán nuestros sucesores.

-          ¿Cuál de ellos? – quiso saber Anfítrite – Yo creo que la más sensata es Rhode.

-          Yo también.

-          Bien. Ya está todo el mundo esperando lo que tengamos que decir.

-          Mejor habla tú – dijo Posidón – te escucharán con más atención.

Anfítrite sonrió. Era cierto que la escuchaban a ella con más atención, porque Posidón era más rudo y se explicaba bastante mal.

            Los habitantes de Tinos se dedicaban sobre todo a la pesca, que realizaban a mano, desde sus ligeras balsas. El propio Posidón había inventado otros métodos de pesca, como una especie de gancho prendido de un hilo muy fino, en el que ponían pequeñas lombrices, para que los peces quedaran enganchados, cuando intentaban comerse la lombriz. Todavía eran pocos los que utilizaban este método, pero la práctica iba extendiéndose poco a poco y los que lo conseguían se consideraban importantes. Había que tener paciencia para pescar de esta forma, pero era más seguro y los peces siempre se veían atraídos por el posible alimento.

-          Hemos convocado el consejo, porque hay noticias importantes. Creo que la mayoría de vosotros las conocéis, pero es mejor que tomemos decisiones, antes de que tengamos que lamentarnos.

-          ¿A qué te refieres? – dijo el joven Persis -  ¿Crees que también vamos a ser invadidos?

-          Eso creemos. Y sería mejor que organizáramos una jornada comercial, para ver qué saben en otras islas y qué piensan hacer.

-          Es una buena idea – dijeron varias damas, que se dedicaban a confeccionar grandes cestos.

Los habitantes de Tinos también cogían algas, que encontraban en el mar en grandes cantidades, de forma que parecía que todo era verde en la propia isla, por su vegetación, y en el mar que la rodeaba. Utilizaban las algas para comer y para hacer todo tipo de utensilios de uso común, como cestos, cuerdas, etc. con las que comerciaban, pues el pescado no podían utilizarlo para el comercio, por su escaso tiempo de duración en estado fresco. Solían ahumarlo, cuando les sobraba a diario, para hacer reservas para los días en que no había pesca, a causa de las tempestades, frecuentes en la isla.

-          El problema es que conozco demasiado bien a mi hermano Zeus y me imagino sus intenciones. Querrá apropiarse también de nuestra isla, como está haciendo con las demás

-          Eso no podemos permitirlo – dijo Peltas, el jefe del pequeño ejército de la isla – se supone que somos autónomos.

-          Por eso tenemos que enterarnos de lo que sucede y prepararnos para rechazar cualquier intento de invasión – dijo entonces Anfítrite, que esperaba la ocasión para convencer a todos de sus temores – Mi cuñado sólo piensa en el poder y su esposa no ayuda demasiado con sus caprichos.

Después de unas horas de cambiar impresiones, decidieron que la mejor idea era preparar una jornada comercial. Enviarían mensajeros a todas las islas y ofrecerían sus mejores productos.

La jornada comercial fue un éxito, sobre todo, porque algunas mujeres se habían esmerado en la confección de sus cestos y los habían decorado con espirales, un signo que no sólo llamaba la atención por su belleza, sino que intrigaba a quienes lo veían, por el misterio que parecía tener. Enseguida se convocó un nuevo consejo. Esta vez fue Posidón quien empezó el debate.

-          Mi sobrina es muy inteligente. Esperábamos una invasión militar, pero quiere invadirnos de forma civilizada.

-          ¿Qué quieres decir? – preguntó el jefe militar Peltas –

-          Que Palas ha propuesto a su padre y los demás jefes unir las islas con puentes, para “mejorar las relaciones y las ayudas mutuas” – dijo Posidón con reticencia.

-          Explícate mejor, para que todos podamos sopesar las ventajas o desventajas de esos puentes.

Posidón odiaba a su sobrina. Había intentado conquistarla, como había hecho con su propia esposa. A Anfítrite le envió unos delfines para que la trajeran y había conseguido casarse con ella, pero Palas le había mirado con desprecio, lo cual no pensaba olvidar. Tampoco Anfítrite soportaba la soberbia de su sobrina, por lo que no intentó calmar a su esposo, como hacía otras veces.

-          Zeus ha dicho que él pagaría las obras de todos los puentes – continuó Posidón – y se lo puede permitir, con lo que nos cobra a todos.

-          ¿Y para qué sirven los puentes, además de tener a todos bajo su puño? – preguntó el joven  Pérdikas, que ya veía un buen negocio para sí mismo, pues se dedicaba a la construcción de balsas.

-          Quiere unir a todas las islas y, de paso, aprovecharse de las habilidades de todos, los tintes, las armas, la orfebrería, incluso el agua termal, que llevarían en nuestros cestos.

 Los cestos que ellos fabricaban eran impermeables, puesto que les daban una doble capa de brea, parecida a la que daban a sus balsas, para hacerlas resistentes al agua del mar, y luego lo recubrían con hierbas frescas, que quitaban cualquier mal sabor a las mercancías líquidas. Algo tendrían pensado para transportar agua.

-          Lo que está claro es que sus intenciones son de dominio absoluto.

-          Bien – dijo entonces la joven Rode, asombrando a todos con su sensatez – ahora tenemos nosotros que pensar cómo evitar nuestro “puente”. Estoy segura de que Eupálamo de Andros no lo permitirá.

-          Es cierto – intervino Anfítrite – No dejará que su padre siga queriendo dominar su vida. Y nosotros, que somos los más cercanos, debemos estar de acuerdo con él.

-          Bien, si todos consideráis que ésa debe ser nuestra actitud – dijo Posidón – tendremos que convencer a los demás de que las intenciones de Palas y Zeus no son tan buenas como quieren hacernos creer.

 Así se cerró la asamblea. Enviarían mensajeros para tantear la opinión de los otros jefes.



9.- El símbolo de la vida

La cueva estaba tan oscura y húmeda que la niña empezó a temblar de miedo. Había ido antes del amanecer, a ver la Espiral grabada en la roca, que le había enseñando su amigo Febo. Y se había perdido al querer encontrar la salida. Se sentó a pensar cómo salir de allí o qué hacer. Y entonces recordó su última conversación con Febo, el músico de Sérifos:

  • Esta Espiral es el símbolo de la vida. Nadie sabe quién la grabó en esta roca, ni cuándo.
  • ¿Qué significa? – había preguntado la niña.
  • El origen de la vida y de la sabiduría. Si la miras fijamente, sabrás siempre lo que tienes que hacer. Ella te guiará.
  • ¿Y también me curará, si estoy enferma?
  • Te dirá qué remedio debes usar.
  • ¡Pero si no habla!
  • Hará que tu mente entienda y busque las soluciones.
Selene pensó que era el momento de buscar la ayuda de la Espiral, así que la miró fijamente con los ojos cerrados y, al abrirlos, le pareció ver una flecha grabada en la roca. Decidió seguir la dirección que marcaba y pronto empezó a ver la luz de la entrada de la cueva. ¡Era verdad! La Espiral la había salvado. Llegó corriendo a su casa, antes de que su madre se diera cuenta de que había salido. Su madre era curandera, pero no creía en la magia, sólo en la sabiduría de las plantas.

Sé que has ido a la cueva de la Espiral, lo veo en tus ojos – dijo la madre en cuanto la niña entró en casa.
  • Pero si tú no crees en nada de esto.
  • La Espiral es diferente; es el origen de nuestro Clan. ¿Qué le has preguntado?
  • Sólo la he mirado y le he pedido que me dijera cómo salir. Y me lo ha dicho.
  • No vuelvas nunca a ir sola; podrías haberte encontrado con algún animal    peligroso.

Selene empezó a llorar para calmar sus nervios, que aún tenía por la situación por la que había pasado. Pero estaba decidida a seguir investigando y a preguntarle a su amigo Febo. Ella sí creía en la magia y pensaba que se podía saber el futuro, con ayuda de la Espiral. Los habitantes de la isla de Amorgos apreciaban mucho a su madre, porque era la curandera. Pero no había ningún mago, ni adivinos. Ella sería la adivina, ya lo había decidido.

La isla de Amorgos estaba situada en la parte oriental del mar Egeo, dentro de las Cícladas, pero muy cerca del grupo de islas del Dodecaneso, un grupo de islas que aún no había intentado dominar Zeus, porque quizá no veía grandes ganancias en ellas. Era una isla sin recursos de ningún tipo y sus habitantes se dedicaban a tallar la piedra caliza, que se podía arrancar de las faldas del monte sagrado, en su vertiente más escarpada.

  • Acompáñame a recoger plantas – dijo Theia, la madre de Selene. Te enseñaré cuáles son las necesarias y cuáles son las que no debes tocar, porque son venenosas.
  • Estoy deseando aprender, mamá – dijo la niña – y me gustaría que tú me acompañaras a la cueva de la Espiral. Si tú la ves, entenderás cómo habla con todo el que cree en ella.
  • ¿Y quién te ha contado todo eso?
  • Febo de Sérifos. ¿No te acuerdas cuando estuvieron de visita? Es un chico muy agradable y sabe mucho
En la vertiente opuesta de la montaña, la madre de Selene iba a recoger las plantas, que le servían para ayudar a sus poco numerosos vecinos. Todos compartían víveres y recursos, para sobrevivir. También el agua era escasa y muchas veces tenían que recoger el agua de lluvia para beber. Ni siquiera podían vender sus figuras talladas, porque los comerciantes no acudían a Amorgos, porque a todos les parecía una especie de destierro, como un lugar olvidado de la Naturaleza.

  • ¿Quieres que preparemos un viaje para ver a tu amigo Febo?
  • ¡Sí! – gritó la niña emocionada.
  • Es un viaje largo, pero nuestros vecinos Hekas y Giorgos nos acompañarán. Ya lo hemos pensado muchas veces y sería el mejor modo de vender nuestras figuras talladas. Además la actual reina de Sérifos, la madre adoptiva de Febo, es muy amable siempre conmigo.
  • ¿Pueden venir también mis amigas Calisto y Actea?
  • Pues claro – dijo Theia – o ¿pensabas que sus padres las iban a dejar solas?
Mientras recogían algunas raíces y tallos, Theia pensaba en sus otros dos hijos, que le habían sido arrebatados al nacer. Creía que, tras ese hecho estaba la mano de Ira, la reina de Creta, pero no podía asegurarlo. Algún día hablaría a su hija Selene de sus hermanos.

  • ¿Te has fijado que esta planta parece que está reclamando tu atención?
  • Sí, me ha fijado en ella porque su color rojo es precioso. Resalta sobre esa neblina gris que se forma con el polvo de la caliza.
  • Pues es la más peligrosa. Procura no tocarla, porque su savia envenena.
  • ¿Qué es la savia, mamá?
  • Es como la sangre de la planta, que la hace vivir – Theia no sabía cómo explicar a su hija el concepto de savia.
Las hojas que más apreciaba Theia eran las de los pequeños olivos, que crecían en la roca dura, pero eran tan escasos que tenía que guardarlas muy bien, para que le duraran el mayor tiempo posible.


  • ¿Para qué utilizas estas hojas, mamá?
  • Para hacer infusiones para las personas que se sienten muy cansadas.
  • ¿Y se curan?
  • No exactamente, pero se sienten aliviadas, sobre todo, si duermen un poco, después de haber bebido la infusión.
  • ¿Y esto que parece corteza de árbol?
  • Esto es corteza de sauce, para aliviar los dolores y para bajar la temperatura de las personas que están enfermas.
La niña iba tomando nota de todo lo que su madre decía. Ella también sería una sanadora, aunque su mayor sueño era poder adivinar lo que sucediera en el futuro y prevenir problemas y disgustos a los demás. No sabía cómo iba a hacerlo, pero se lo preguntaría a su amigo Febo, que lo sabía todo, o eso pensaba ella.

  • Has vuelto a ir a la cueva de la espiral, ¿verdad?
  • Sí mamá – dijo Selene avergonzada por haber desobedecido a su madre – Es que parece que me llama y no sé decir que no.
  • Lo entiendo, pero la próxima vez, quiero ir contigo. Así me explicarás cómo preguntar a la espiral.
  • ¿Es que tienes que preguntarle algo? – dijo Selene emocionada – ¿hay algo que tú no sepas?
  • Sí hija, hay muchas cosas que yo no sé – Theia pensaba en el destino de sus dos hijos Helios y Eos, a los que no había visto desde que nacieron. Quizá tú puedas ayudarme a adivinar dónde están tus dos hermanos.
Selene se quedó sorprendida. No sabía que tuviera dos hermanos. Suponía que nadie sabía nada. Quizá hubieran nacido antes de que su madre fuera a vivir a Amorgos.

  • ¿Son mayores que yo, mamá?
  • Sí, Selene, son varios años mayores que tú. Antes vivíamos en Creta y el rey Zeus me los quitó y me mandó venir a vivir aquí.
  • ¿Y no voy a conocerlos nunca?
  • Ojalá pudiera saber dónde están y cómo están. Ellos tampoco me conocen a mí, porque los separaron de mí al nacer.
  • Me parece que ese Zeus es malo, porque nadie puede separar a un niño de su mamá.
  • Ya hablaremos de esto, cuando seas un poco mayor.
Madre e hija se adentraron en la cueva de la espiral. La cueva era espaciosa, pero oscura y fría. A Theia le dio un escalofrío. ¡Qué valiente era su hija! Selene iba decidida, porque conocía el camino. Llegaron al fondo, donde sobre una pared lisa se veía dibujada una gran espiral.

  • ¿Es ésta la espiral?
  • Sí, mamá. ¿a que es hermosa? Yo la llamo la Espiral de la Vida.
  • ¿Por qué?
  • Porque Febo me dijo que era el símbolo de la vida.
  • ¿Y ahora qué hacemos?
  • Yo me siento aquí, de frente a ella y la miro durante un buen rato. Luego cierro los ojos y veo las cosas que ella quiere decirme.
  • ¿Qué le preguntas?
  • El primer día le pregunté cómo salir, porque tenía frío y miedo y me perdí. Pero los otros días le he preguntado cómo sería mi vida dentro de muchos años.
  • ¿Y te ha respondido?
  • Me ha hablado de un viaje, en el que veía a mi amigo Febo y a sus amigas, las musas que le educan.
  • Eso es porque yo te hablé del viaje que podríamos hacer.
  • Supongo que sí – dijo la niña no muy convencida.
Theia siempre veía las cosas de un modo natural, real. Selene se preguntaba si es que su madre no tenía imaginación o es que la vida para ella había sido tan difícil que no podía imaginar cosas nuevas.

  • ¿Vas a preguntarle algo?
  • Sí, Selene. Voy a preguntarle si tú te convertirás en una buena curandera.
  • Ya se lo he preguntado yo.
  • ¿Y qué te ha dicho?
  • Me ha dicho que seré curandera y también adivina. Me ha dicho también que a mí me gusta más la noche que el día. Y es verdad.
La madre miró a Selene con cariño. A ella también le gustaba más la noche, quizá porque recordaba el momento en que nacieron sus hijos Helios y Eos, con el sol brillando en el cielo. A ella le parecía que el sol le había quitado a sus dos hijos. Pero sabía que no había sido el sol, e intuía que había sido Zeus, instigado por Ira. No entendía por qué Ira la odiaba. Al fin y al cabo, ella no había sido una de las muchas amantes de su esposo.

  • También quiero saber quién es mi padre – dijo la niña, de pronto – porque tú nunca me has hablado de él.
  • Esa es una historia antigua. Ya te la contaré más adelante.
  • Por lo menos me podrías decir cómo se llama.
  • Se llama Hiperión y es un titán.
  • ¿Qué es un titán, mamá?
  • ¿No te cansas nunca de preguntar?
  • Así es como se saben cosas, mamá, preguntando.
  • Tienes razón, hija. Yo creo que ya es hora de que nos vayamos. Empiezo a sentir mucho frío.


10.- Niños especiales

            El pequeño Vulcan era habilidoso y cariñoso, aunque, a veces, se sentía tan solo que parecía enfadado con todo el mundo. Tenía sólo cinco años y ya sabía lo que era la soledad. Por eso estaba siempre intentando saber si alguien le quería de verdad. Su preceptor, Sethlas, había vivido siempre con él y le había explicado algo sobre su origen. Era hijo de Ira, la esposa de Zeus y, por alguna razón que aún no comprendía, Zeus no le quería.

       Sethlas sabía que tampoco su madre ponía mucho interés en él, pero no podía comentar nada de esto con el niño, que era dócil y necesitaba cariño y dirección, así que le enseñaba a manejar los metales que había en las entrañas de la tierra de la isla de Siros. Y el niño era buen alumno, porque ya sabía hacer muchas cosas que otros niños de su edad ni siquiera habrían soñado conseguir. Hacía pequeñas armas y escudos; le encantaban los escudos y, sobre todo, le gustaba labrar dibujos en las pequeñas láminas de metal que Sethlas le iba dando para que se ejercitara.

            La vieja Tana hacía la comida para ellos y limpiaba su cabaña, para que pudieran descansar después de todo un día al aire libre. La isla de Siros era pequeña, pero alegre. Situada en el grupo de las Cícladas, tenía hermosas playas, donde Vulcan corría y quería estar todo el día. Sethlas tenía que ponerse serio si quería que Vulcan se pusiera a trabajar con sus manualidades. De todas formas el niño era trabajador y, en cuanto se ponía con su trabajo, se olvidaba de todo lo demás.

            Los habitantes de la isla vivían del comercio de cerámicas y estatuillas y para todos era una novedad la forja de escudos y material de guerra, pues estaban acostumbrados a modelar estatuillas con formas de dioses o personas en distintas situaciones de la vida, incluso de la muerte. Principalmente tallaban el hueso de los animales grandes, por eso los llamaban el Clan del Asta, aunque no seguían el régimen jerarquizado de las otras islas de las Cícladas.


-          Tenemos que conseguir que más niños como tú aprendan a hacer armas y escudos, así mejorará el comercio con las otras islas.

-          Algunos de mis amigos me han dicho que, si los admites, querrían aprender conmigo.

-          ¿Y a ti te gustaría compartir con tus amigos todo lo que yo te enseño?

-          Claro, así estaría más tiempo con ellos, sobre todo con Janos y Janis, los gemelos.

 Sethlas aprovechó que el niño mencionaba a sus mejores amigos para preguntarle:

-          ¿Y por qué te gusta estar con ellos más que con los demás?

-          Porque ellos no se ríen de mi defecto en el pie.

Sethlas temía que saliera el tema que Vulcan casi nunca mencionaba, porque sospechaba que tenía complejo por cojear, aunque la cojera era casi imperceptible. El preceptor solía darle poca importancia y sólo insistía en el hecho de que su madre le había encargado su educación para que fuera jefe del clan de los herreros. La isla no tenía jefe determinado. Todos actuaban después de reunirse y ponerse de acuerdo para cualquier tema, sobre todo para el comercio, y luego compartían las ganancias, de modo que todas las familias tenían lo suficiente para comer y vivir con una cierta comodidad.

-          Y por qué los dos gemelos prefieren estar contigo?.- continuó preguntando Sethlas.

-          Porque se sienten un poco diferentes a los otros chicos, como yo. Yo creo que todos tienen miedo de ellos porque son iguales. Sólo yo puedo distinguirlos.

-          Es verdad. Yo tampoco los distingo.

-          Y eso nos sirve para reírnos nosotros de los demás, porque a veces Janos se hace pasar por Janis o al contrario, y luego nos divertimos con la confusión de los otros niños y de los mayores.

Sethlas se echó a reír. A él también le habían engañado alguna vez, a pesar de que Vulcan le decía quién era cada uno. Decidió empezar ese mismo día con la enseñanza de los dos hermanos, quizá así, otros niños se animarían a unirse a ellos y podría formar una especie de escuela – taller, algo que siempre había querido tener.

-          Di a tus amigos que mañana empezamos con la enseñanza, pero ya en serio, porque ya eres casi un hombre.

-          ¡Vale! Gritó emocionado Vulcan. Pero me gustaría preguntarte algo, ya que me consideras casi un hombre.

-          Dime qué quieres saber – contestó Sethlas algo preocupado por la seriedad del niño y porque suponía lo que le iba a preguntar.

-          ¿Por qué tengo este defecto en la pierna? Mi madre es guapísima y no tiene ningún defecto.

-          Bueno – Sethlas intentaba hablar como si el hecho no tuviera importancia – poco después de nacer, te caíste y te doblaste la pierna, de forma que ningún físico pudo enderezarla del todo.

-          ¿Y lloré?

-          Sólo un poquito, porque aún no sabías hablar y era tu forma de quejarte.

-          Es que soy un valiente

-          Pues claro

Sethlas respiró hondo. Quizá no le preguntaría más, parecía conforme con la explicación. Temía contarle la verdad, que en realidad no se cayó, sino que Zeus, el esposo de su madre, le había tirado al suelo con toda intención, diciendo que era un niño horrible y que no quería volver a verle. Si el niño no volvía a preguntar, dejaría para más adelante la cruda realidad. No quería hacerle más daño del que le había hecho ya su madre, dejándolo solo en aquella isla, agradable, pero lejos de Creta, donde ella vivía.

Ira le había dicho que, cuando cumpliera los siete años, tendría que ir a visitarla, y que le comunicarían que estaba destinado a ser jefe de clan en Siros. Y ya tenía cinco años. Sethlas temía que llegara el momento de enfrentarse con Ira, a la que odiaba y temía, porque no entendía su forma de actuar con su hijo.

Pensaba que estos niños eran especiales, porque su mente era superior a sus problemas y llegarían a ser realmente especiales por su habilidad, si conseguía enseñarles todo lo que él sabía.

Al día siguiente, aparecieron los dos gemelos, en cuanto salió el sol. Sethlas se alegró al verlos. Ya empezaba a cumplirse su sueño de ser maestro herrero. Los niños venían con una especie de delantal, hecho de piel y estaban decididos a aprender.

-          Vamos a empezar, chicos. Tenéis que poner atención, porque lo que voy a enseñaros es difícil.

-          Queremos hacer lo mismo que hace Vulcan – dijeron los dos niños a la vez – Nos gustan los dibujos que hace en las láminas de metal.

-          ¿Siempre habláis a la vez? ¿Siempre pensáis lo mismo?

-          Pues claro – dijeron de nuevo a la vez los dos niños – Siempre estamos de acuerdo y pensamos lo mismo.

-          Está bien – dijo Sethlas – pero hablad más bajo. Y me gustaría que hablarais por separado. Mirad.

Sethlas cogió un trozo de hierro y lo echó en el fuego que ya tenía encendido desde el amanecer. Los gemelos lo miraban embelesados. Nunca habían visto que el hierro pudiera fundirse.

-          Ahora hay que esperar a que se haga líquido.

-          ¿Y qué haremos después? – volvieron a decir los dos niños a la vez.

-          Lo iremos vertiendo en estas cajas redondas pequeñas que tenemos ahí.

-          ¿Y después?

-          Esperaremos a que se enfríe y ya tendremos hechos los escudos.

-          ¿Y después?

-          Después empezaremos a grabar las figuras que he preparado en estos moldes – dijo Sethlas sonriendo, al ver el interés de los niños y sus continuas preguntas.

Pasaron dos años. Al taller se habían añadido otros cuatro niños, casi todos los de la misma edad que Vulcan. Sethlas no dejaba de pensar que tenía que organizar el viaje a Creta. Vulcan ya tenía siete años y su madre quería verlo.

Un día, al atardecer, con el sol en color rojo vivo, como el de la fragua de su taller, Sethlas vio cómo se acercaba un barco enorme, el más grande que hubiera visto nunca. De él saltaron dos marinos, que se dirigieron directamente a su cabaña.

-          ¿Vive aquí el pequeño Vulcan?

-          Antes tendréis que decirme quién le busca.

-          Somos mensajeros de su madre Ira. Venimos de Creta, con la orden de llevar al niño ante ella.

A Sethlas no le gustó tener que separarse del niño, pero sabía que ese día llegaría. Decidió que iría él también y quizá pudiera llevar a los dos gemelos, si había sitio para ellos en el barco, para que Vulcan no se sintiera tan solo. Los marinos le dijeron que no había inconveniente.

-          Vulcan, ven enseguida – llamó Sethlas – y se acercaron los tres niños, Vulcan, Janos y Janis.

-          ¿Qué quieres? Estábamos jugando y es nuestro tiempo libre – protestó Vulcan.

-          Nos vamos de viaje. Prepara el regalo que le has hecho a tu madre, porque han venido sus mensajeros a buscarte.

-          Pero yo no quiero ir – dijo Vulcan con un gesto de disgusto.

-          Iré yo contigo y podemos llevar también a tus dos amigos.

-          ¿Y vas a cerrar el taller? – dijo Vulcan, intentando retrasar el viaje.

-          Volveremos enseguida. No te preocupes.

Vulcan no dijo nada más. Fue a buscar el pequeño trono que había hecho con finas tiras de hierro, para regalarle a su madre. Esperaba que le gustara, porque le había costado muchos días de trabajo y había hecho un trono, porque ella era la reina de todas las islas. 


11.- Zeus e Ira

-          Hay que convocar una reunión de todos los jefes de clan – dijo Zeus a su esposa Ira – ordena que vayan mensajeros a todas las islas y que nuestros hijos, que serán los jefes de todas ellas en un futuro, sepan cuál es el destino que he preparado para ellos, y que todos estarán bajo mi dirección.

-          Algunos de ellos no se conocen entre sí – contestó Ira -  Organizaré una especie de fiesta para que pasen unos días juntos y les explicaré que ése es el motivo de la reunión: que se conozcan.

-          Como siempre tan astuta, esposa. Por eso te elegí para que me ayudaras en el gobierno. La mejor cualidad de un gobernante es la astucia, que presupone inteligencia.

-          Pertenecemos al clan de Olimpo y nuestros padres nos han preparado para esto. A veces, me gustaría ser más libre y no tener que estar pensando en cómo engañar a los demás, sólo para que tú consigas tus propósitos.

-          Es tu obligación como esposa y reina.

-          A eso me refiero, querría haber elegido yo a mi esposo

Zeus la fulminó con la mirada. Tenía razón, pero a él no le importaba. Ira se alejó y mandó llamar a todos los mensajeros. Serían diez, para ir a cada una de las islas. Había mucho trabajo que hacer, porque había que preparar y equipar diez naves, grandes y lujosas, para que todos vieran el poder de los reyes de Creta.

Recordaba cómo Zeus había querido casarse con Thetis, la diosa del mar, y sólo cuando Thetis lo rechazó, recurrió a casarse con ella. Por eso estaba siempre de mal humor. Nadie la entendía, pero el rencor vivía dentro de su mente y tenía que hacer pagar a alguien su odio y su envidia. Lo malo era que los que recibían su odio no eran culpables de nada.

-          Que las naves estén listas para la próxima semana – ordenó con la voz chillona que la caracterizaba, cuando estaba de mal humor.

-          Así se hará, mi reina, - dijo el jefe de la flota real, el joven Periplos – que adoraba a Ira, y del que decían que era un hijo secreto de la reina.

-          Da las órdenes oportunas para que cada nave vaya a buscar a nuestros pequeños reyes a cada isla – dijo Ira, mirando a Periplos con verdadero cariño.

-          Tengo aquí la relación de nuestros ilustres visitantes – dijo Periplos, mostrando un trozo de terracota, donde había ido apuntando los nombres – ¿quieres tú misma revisarlo?

Ira empezó a leer la lista: Vulcan de Siros; Dión de Naxos; Posidón de Tinos; Hebe de Paros; Artemis de Delos; Selene de Amorgos; Sibila de Milos; Dédalo de Andros; Palas de Thera; Febo de Sérifos. Sólo el nombre de Hebe la hizo sonreír. Tenía ganas de volver a ver a su pequeña.

-          ¿Deben venir en algún  orden determinado?

-          Sería mejor que trajerais en primer lugar a Palas de Thera. Es la preferida de mi esposo y querrá tratar con ella el tema de la confederación de las islas, antes que con el demás.

-          ¿Algo más? – preguntó Periplos.

-          De momento nada más.

-          Me encargaré personalmente de traer en mi barco a Palas de Thera.

El capitán salió de la sala del trono, haciendo una reverencia a su reina. También él tenía un cariño especial por Hebe, pero cumpliría las órdenes, trayendo a Palas. Después de dar las órdenes oportunas, se hizo a la mar.

Cuando Ira fue a comunicar a su esposo que su hija Palas había llegado, lo encontró con una joven, su nuevo capricho, llamada Dánae. Ya estaba acostumbrada, pero seguía molestándole que Zeus la engañara continuamente.

-          Ha llegado tu hija del alma – dijo a gritos, con lo que consiguió que la joven Dánae se marchara corriendo.

-          ¿A qué hija te refieres? – dijo Zeus divertido ante la reacción de ambas mujeres.

-          ¿A cuál va a ser? A Palas.

-          Dile que venga enseguida.

No hizo falta que la llamaran, porque Palas ya se acercaba a su padre, sonriendo, cosa poco habitual en ella, que parecía que había nacido seria. Llevaba puesto un casco y una coraza y en su mano llevaba la égida de su padre. Ira la miró con desprecio y con envidia: ¿por qué tenía que llevar el bastón de mando de su padre? – se preguntaba.

-          Has tardado poco tiempo en llegar.

-          Porque ya estaba preparada, cuando llegó Periplos. Ya sabía que mandarías a buscarme.

-          Siempre supe que, por tu inteligencia, no necesitas que te diga lo que deseo.

-          Bien, supongo que quieres hablar de la confederación de las islas. ¿Así es como piensas llamar a tu dominio descarado sobre todas?

-          Hija, eres tan arisca que ningún hombre se acercará a ti para pedirte en matrimonio.

-          Mejor. No quiero casarme. Los hombres son todos inferiores.

-          ¿También yo?

-          Supongo que no – dijo Palas no muy convencida – De todas formas a ti te respeto y te quiero: ¡eres mi padre!

Se reunieron en  privado durante varios días. Por fin llamaron a Ira, para comunicarle lo que habían decidido. Su plan de hacer una fiesta, para que los hermanos se conocieran les había parecido bueno, pero debían después reunirse con cada uno de ellos por separado para plantear el tema de la confederación a cada uno según su carácter y sus posibilidades.

Cuando todos estuvieron en el palacio real, Periplos se encargó de ir presentando a cada pequeño rey, siguiendo las indicaciones de Ira: Selene pudo ver antes a su amigo Febo, que venía con su hermana melliza Artemis. Periplos presentó a los tres juntos. Zeus observaba a los recién llegados con un interés relativo. Sólo le interesaban en la manera en que pudieran servir a sus propósitos. De todas formas no dejaba de admirar la belleza de sus hijos.

-          ¿Quién va a entrar ahora?

-          Ahora viene la preciosa Hebe. – dijo Ira, orgullosa de su hija.

-          Hola, hija – dijeron ambos a la vez. Estamos encantados de verte. ¡Cómo has crecido! Y ¡Qué guapa eres!

-          Gracias – dijo Hebe tímidamente – y fue primero a abrazar a su madre, porque su padre le daba un poco de miedo.

Poco después, Periplos hizo entrar a Sibila y a Dédalo, a los que había presentado anteriormente. Ambos niños se miraron con respeto y empezaron a hablar, de modo que al entrar en la sala del trono, ya eran amigos.

-          Qué pálida está esta niña. – dijo Ira enseguida – Parece que no toma nunca el sol.

-          ¿Es que sólo puedes ver lo negativo en los demás? – dijo Zeus, al ver que la niña se estremecía de miedo.

-          Para eso hemos preparado este encuentro, para que todos se conozcan y se hagan amigos.

-          ¿Y tú ya has aprendido las artes de tu padre? – preguntó Zeus al pequeño Dédalo, mirándole con curiosidad.

-          Sí, señor – dijo Dédalo enseguida – mi padre es el mejor orfebre del universo.

-          ¡Qué humos tiene el niño! – dijo Ira riéndose.

-          Sale a su padre. También él hizo lo que quiso con su vida, sin pedir permiso – comentó Zeus – pero sigamos. ¿A quién vamos a conocer ahora?

Entraron entonces un tímido Vulcan y un travieso Dión. Vulcan se acercó a Ira y le entregó su regalo. Ella lo dejó a un lado, sin mirarlo apenas, lo cual hizo que el niño estuviera aún más retraído. Dión, en cambio, miraba a todas partes con una sonrisa descarada y empezó a hablar sin que nadie le preguntara.

-          Me gustaría saber qué hacemos aquí. Yo no quería venir. Estaba muy tranquilo en la corte de Hierón.

-          Fui yo quien te envió con Hierón, para que aprendieras a gobernar – dijo Zeus enseguida – y veo que no te han enseñado educación.

-          ¿Y ésa es tu esposa Ira? – dijo señalando a la reina, que torció el gesto al ver el descaro del niño.

-          ¿A ti qué te importa? – dijo Zeus divertido, porque le hacía gracia su hijo.

-          Se nota que es hijo de una mujer vulgar, por sus modales y por su rostro – dijo Ira con desprecio.

Dión iba a contestar, pero una señal de su querida nodriza Nefeli, le hizo callar y retirarse, en el momento en que entraba Posidón.

-          ¿Se puede saber qué quieres ahora y por qué me has hecho viajar con tanta prisa? – preguntó Posidón, que dirigió su mirada directamente a Palas.

-          Hola, hermano, – dijo  Ira. ¿Cómo estás?

Sin contestar, Posidón exigió a su hermano Zeus que explicase el motivo de la reunión.

-          A mí no me engañáis con la fiesta de presentación. Algo os traéis entre manos y espero saberlo antes de que me harte y me marche.

-          Lo sabrás a su debido tiempo – dijo Zeus, poniéndose en su papel de rey – no antes.

-          Pues me voy.

-          Está bien – intervino Ira – tenemos planes comunes para todas las islas y queremos comunicároslos.

-          ¿Tienen que ver con la guerra?

-          ¿Por qué dices eso?

-          Porque veo a Palas muy contenta y me da la impresión de que ella ya sabe de qué se trata todo esto.

Zeus miró a su esposa y ambos se dieron cuenta de que tenían que ir directamente al tema.

-          Está bien – empezó a decir Zeus – ya os conocéis todos. La idea es la construcción de unos puentes que puedan unir nuestras islas, para facilitar el comercio y la comunicación entre nosotros.

-          ¿Y quién va a pagarlo? – dijo rápidamente Artemis, que conocía las intenciones de dominio de su padre, al que no apreciaba nada.

-          Nosotros lo pagaremos todo – dijo enseguida Ira – somos la isla más rica y creo que es nuestra obligación pagar lo que no puedan pagar las demás islas.

-          ¡Qué amables! – dijo Eupálamo, que había acompañado a su hijo Dédalo, con sorna. Nunca pensé que hicierais algo para ayudar a los demás.

-          A mí me gustaría escuchar lo que tienen que decir – dijo tímidamente Selene – En mi isla de Amorgos no hay recursos ni agua. Un puente para comunicarnos con otra isla nos ayudaría bastante.

Ira miró asombrada a aquella niña débil y blanca. Acababa de proporcionarle el mejor apoyo para su proyecto. Aprovechó la ocasión y dijo:

-          Ésa era nuestra idea, que todas las islas puedan ayudarse unas a otras, con sus carencias y recursos.

-          Gracias, señora –dijo una animada Selene.

-          Con los puentes, nuestros viajes serán más cortos y más seguros, sin tener que enfrentarnos a las tormentas del mar.

-          ¿Y cuándo te has planteado tú el viajar a ver a los demás? Siempre ordenas que vengamos los demás a verte a ti – dijo Posidón – Hermana, a mí no me engañas. ¿Cuál es la verdadera razón del proyecto?

Viendo que el acuerdo podía irse al traste, intervino Palas. Todos la respetaban, por su inteligencia, pero también la temían, incluso más que a su madrastra o a su padre.

-          Nuestra confederación será pacífica, sólo de ayuda entre nosotros.

-          ¿Lo mismo que hiciste con Andros? – dijo Eupálamo.

-          Eso fue un ejercicio de entrenamiento.

-          Un entrenamiento que destrozó familias enteras.

-          Yo era demasiado joven, para prever las consecuencias. Ahora es diferente. Ya soy mayor y sé lo que hago.

La reunión acabó. Se reunirían los días siguientes, para ultimar los detalles. Nadie parecía estar convencido de los beneficios de unos puentes, cuyas obras harían que casi todos los habitantes de las islas tuvieran que trabajar en ellos. Habían prometido pagar a todos, pero ¿qué necesidad tenían de cambiar de oficio, si eran felices como estaban?




Aquí termina el primer libro de la trilogía Atlantis,
seguiremos con el segundo "La Confederación"



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Hoy publicamos el último capítulo de "Querido César".  Esperamos os haya gustado y disfrutado.

Lo dejaremos en el blog por si lo queréis copiar, imprimir o leerlo a vuestros hijos.

Gracias una y mil veces, todas son pocas, por vuestro interés por Eder y los cuentos.
Eder sigue muy bien, preparando ya tarea día a día para empezar el curso próximo en plena forma física y psíquica.

Esta semana Eder ha estado en Madrid para que le vea el Dr. Maroto, que ha corroborado que la evolución es extraordinaria y que todo va muy bien. Eder sigue mejorando día a  día y sin ningún problema de saturación ni arritmias. Todo sigue su evolución normal, tiene que tener cuidado de no hacer esfuerzos y que las heridas internas se terminen de cerrar.
Ya está ilusionado con preparar el curso próximo y poder estar con sus compañeros en clase.


Después de la revisión del día 18, todos los resultados han sido muy positivos y ya hoy domingo están de vuelta en casa. Ahora a reposar y descansar para recuperarse del todo, la única recomendación es que no haga esfuerzos al menos en dos meses para que la heridas internas se curen del todo.  

Eder sigue una buena evolución, sigue haciendo ejercicios de respiración y anda lo que puede,
todo sigue su curso y extraordinaria evolución. Ya no le duelen las heridas y está intentando adelantar el viaje de vuelta. Todo dependerá de los resultados del día 18, cuando le hagan las pruebas.

6 de junio:
A mediodía Eder estaba feliz y muy contento, "le han dado el alta en el hospital" con cita para volver a revisión el próximo día 18. Hoy hemos visto una gran sonrisa en su cara. Todos los médicos coinciden que su recuperación está siendo formidablemente rápida. Tan solo la acumulación de líquidos alrededor del pulmón izquierdo, que parece que va remitiendo a base de andar y soplar las bolas.
Su ilusión era cenar esta noche en la residencia unos huevos fritos con patatas.
A partir de ahora intentar engordar un poco, ha perdido algo de peso, andar, y seguir con las puñeteras bolas, que no le gustan nada, pero que da resultado.
Si sigue así, es posible que adelanten la vuelta a casa ...., en principio prevista para el día 29.

Gracias a todos por vuestro interés  y apoyo, ha sido muy importante para Eder y la familia.
               
Hay un nuevo capítulo de "Querido César" más abajo. No dejéis de leerlo.
Hoy 03 de junio, le hemos podido ver por Skype, ya está en planta, y evolucionan muy bien sus heridas. Le han mandado andar, andar y andar y soplar tres bolas para recuperar pulmón, tiene un poco de líquido en el derecho. Tanto los padres como Eder y los médicos, están muy contentos con la evolución y a Eder le hemos visto muy bien. Ahora mucha paciencia y confianza en que todo va a ir bien.
Mañana le examinan en el laboratorio de electrofisiología para comprobar si el marcapasos funciona correctamente. Si no es así, le tendrán que conectar un cable a la aurícula.

22:30 en España, 30 de mayo, ya le han quitado los tubos de respiración y le están haciendo soplar para trabajar los pulmones. Todo parece ir bien, también le han quitado las vías. Ahora está ya respirando por si mismo y también su corazón está trabajando bien y sin ayuda.
Esperamos que la recuperación siga evolucionando.  POR FAVOR, seguid enviando muchas energías.
.
15:55  las 9:55 de Boston, ha pasado muy bien la noche, acaba de despertarse y hoy poco a poco le irán quitando los tubos. Todo parece ir bien, ahora a esperar que se vaya adaptando su cuerpo a la nueva situación y despacio ir recuperándose.  FUERZA. ILUSIÓN. APOYO. ESPERANZA.  Eder, a pesar de su poco peso y lo pasado, o precisamente por lo pasado, cuenta con todo ello, aún así, tenemos que mandarle todas nuestras fuerzas para que le acompañe.
PENSAD  un momento en él, postrado en la cama y con ilusión porque todo esto termine, ENVIADLE vuestras energías.  (ya está mejor, estoy seguro).  GRACIAS y ahora recomponte y sé feliz, así la próxima vez que hagas esto, le transmitirás mejores emociones aún.

A las 6:45, estaban en el Children´s Hospital, de Boston, esperando a que le ingresaran,
a las 14:10 hora española, 8:10 hora local de Boston, entraba en el  quirófano, a las 21:06 hora de España recibimos un WhatsApp diciendo "la operación ha sido un éxito!!! "
Todo ha ido bien, ahora está en cuidados intensivos y la evolución del posoperatorio en el día de hoy es crucial. Confiamos en el buen hacer de los doctores, y, sobre todo, en las fuerzas y ganas de Eder. En unos días veremos los resultados definitivos de la operación. Estamos seguros que Eder va a superar una vez más este asalto y confiamos que definitivamente pueda llevar una vida "normal", pueda seguir jugando torneos de Magic y participando en torneos de ajedrez.  aunque lo que realmente le gustaría es jugar sin limitaciones al fútbol  e imitar a su líder Fernando Torres.

Seguiremos informando de su evolución

                             Gracias a todos por vuestro apoyo.

TERCER LIBRO DE LA TRILOGÍA  DIEZ CUENTOS PARA EDER

    Para Eder,                                      "Querido César"  

        Faber suae fortunae unusquisque est ipse.   "cada uno se labra su propia fortuna"


Éste es el tercer libro de cuentos, dedicados a los personajes más llamativos de la mayor epopeya conocida por nuestra cultura occidental. En este grupo de cuentos, he intentado plasmar la inteligencia de un hombre que, desde niño, sobresalió por su agudeza mental y su visión de futuro: Julio César, descendiente de Iulo. Presento a Julio César como un niño curioso y cariñoso, que todo lo observa y todo lo comprende, porque su inteligencia es superior a la de todos los niños que le rodean. Me gustaría pensar que Eder llegará a ser como el “Querido César”, una persona a la que todos siguen, porque le quieren, y a la que todos admiran (y a veces envidian), porque su fuerza de carácter no deja lugar a otra forma de actuar.
Eder ya va demostrando su fuerza de carácter, porque ya es un “preadolescente”, como él mismo se define. Este relato también es para ti, mi nieto mayor, y en el que pienso a todas horas. Pero no será el último. Ya estoy pensando en otras historias, que creo que te pueden interesar, y, como a ti, supongo que a otros muchos niños, que pueden alimentar su imaginación con la historia de personajes que son mitad historia y mitad leyenda. Prometo seguir escribiendo para vosotros. Quiero daros, aunque no os conozca, lo único que creo que puedo dar: mi interés por adquirir cultura. Creo que es una de las cosas más importantes para todos, porque donde hay verdadera cultura, hay respeto por los demás, y el respeto es la base del amor.
Os adelanto que la siguiente trilogía tratará sobre la Atlántida, ese misterioso lugar cuya ubicación todos creen saber, pero nadie sabe con exactitud.

La Giagia RHM



1.- Varias lenguas

¡Caio, es hora de comer!
  • Ya voy, mami, enseguida bajo; pero ya he comido.
  • ¿No te he dicho muchas veces que no comas fuera de casa?
  • Pero, mami, estoy en casa de Miriam; es como si estuviera en nuestra casa.
  • Está bien, pero ven a casa conmigo; tienes que dormir la siesta, aunque sea un ratito...
Aurelia sonreía, mientras llamaba a su hijo; sólo tenía tres años y ya hablaba como un niño mayor. Era un niño tan simpático e inteligente que tenía encantados a todos los vecinos de la insula. La casa, una insula, era propiedad de Aurelia y tenía varios pisos y departamentos. Ella misma era la administradora y los vecinos la consideraban una más entre ellos, más que una casera. Aurelia había decidido comprar toda la insula con su herencia, para trabajar en algo y que su esposo, un Julio, no se sintiera en situación inferior, porque la familia de los Julios no tenía dinero, sólo nobleza de sangre. En la insula vivían familias de varias regiones diferentes, porque la casa estaba situada en un barrio a las afueras de Roma, la Subura, donde los precios eran algo más asequibles para los inmigrantes.

El niño llegó corriendo y se lanzó a los brazos de su madre.

  • Mamá, hoy he aprendido algunas palabras más en hebreo.
  • Pero hijo, ¿no te parece muy complicado y muy diferente de nuestra lengua?
  • Mamá, es que tengo que aprender a entender a todos los que viven con nosotros, porque así me escucharán, si ven que yo los escucho. Y ¿cómo voy a escucharlos si no los entiendo?
Aurelia miró a su hijo con preocupación. Era demasiado inteligente para su edad. Quizá esto le traería problemas más adelante. Ahora todos trataban al niño con cariño, pero, cuando se hiciera mayor, las cosas podían cambiar. El niño siguió contando lo que más le llamaba la atención:

  • ¿Sabes, mamá? El padre de Miriam ha estado arreglando su jardín.
  • ¿Cómo su jardín? ¿Dónde tiene un jardín?
  • En la bajada de las escaleras y ha puesto flores que van a estar colgando de la barandilla; verás qué bonito va a quedar todo y cuántos colores vamos a poder ver todos los días, cuando nos levantemos.
  • Bueno, Caio, ahora tienes que dormir, porque los niños pequeños tienen que dormir después de comer.
  • Pero, ¡yo ya no soy un niño pequeño, mamá! Ya sé hablar y andar.
  • Bien, esto no es negociable, Caio. ¡A dormir!
El niño se fue a su camita sin decir nada, porque sabía que su madre no cedía en estas cosas. La esclava gala que le atendía se lo llevó sonriendo y le guiñó el ojo, prometiéndole una golosina si se dormía pronto. Cuando se levantara, pensó el niño, ya con los ojos cerrados, tenía muchas más cosas que contar a su mamá. Sus amiguitos y él habían decidido jugar a los maestros. Él era el más pequeño, pero, como era alto, quería que todos le vieran como un niño mayor. Ese día Miriam les había enseñado algunas palabras en hebreo. Caio se preguntaba qué iba a enseñarles él, cuando se le ocurrió que podía decir algunas palabras en galo, Gala se lo enseñaría. A veces la oía hablar en su lengua y como no entendía su nombre, Caio la llamaba Gala y ella ya se había acostumbrado a ese nombre. Ya le preguntaría y sorprendería a todos, porque nadie conocía esa lengua. O eso pensaba él.

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2.- Una inteligencia superior

Pasaron dos años entre juegos y risas; el niño seguía creciendo y ganándose las simpatías de todo el que lo conocía. Aurelia seguía llevando la administración de la casa, aunque los tiempos no eran buenos y su economía estaba bastante mal, lo mismo que la de sus vecinos e inquilinos, que a veces no podían pagar el alquiler y ella no pensaba echarlos de sus viviendas, porque ya eran como una gran familia. Un día, decidió ir a consultar a toda la familia Julia. Su marido había muerto y ella consideraba que su hijo debía recibir una educación. Todos los profesores que habían estado enseñando al niño, acababan diciendo que aprendía con tal rapidez, que ya no tenían mucho más que enseñarle, así que los Julios debían decidir qué hacer con el niño y con quién debía estudiar. Aurelia sabía que tenía que pedir opinión a los hombres de la familia Julia, aunque ella tenía bastante claro lo que quería para su hijo.

Caio no estaba de acuerdo con su madre; él quería jugar y aprender, pero no entendía qué tenían que decir sus tíos y abuelos. Era su madre la que tenía que decir la última palabra. Y su madre era muy inteligente y siempre le aconsejaba lo mejor en cualquier ocasión que se presentara.

  • Mamá, a mí me gustan las lenguas; ya he aprendido mucho de nuestros vecinos
  • Lo sé, hijo, pero hay que aprender otras cosas, sobre todo, siendo un Julio. Tú sabes que la familia es lo más importante y que tenemos que contar con la opinión de tus tíos y abuelos. Hablaremos con ellos, pero no te preocupes, porque seré yo quien decida tu futuro; y te lo comunicaré a ti el primero.
  • Está bien. Pero ¿me dejarás estar un ratito con la tía Julia la Mayor? Me quiere tanto que me ayudará a conseguir que los tíos y el abuelo decidan para mi futuro lo que yo quiero.
  • ¿Y qué es lo que tú quieres, hijo? - Sonrió Aurelia.
  • Me gustaría escribir y poder ganar dinero para la familia.
  • Tú no te preocupes por el dinero ahora, Caio. Tú tienes que aprender y luego, ya veremos.
  • Siempre dices lo mismo, mamá, pero yo soy el hombre de la familia, por lo menos de la nuestra, de nuestra casa, quiero decir, y tengo que ayudarte a salir adelante.

Aurelia sonreía. Su hijo era como un hombrecito, a pesar de su corta edad y quería emprender grandes proyectos, que tenía en su cabecita y que a veces le contaba, cuando no quería irse a dormir demasiado temprano.

  • Ponte la capa, porque empieza a hacer frío. No quiero tener que cuidarte porque estés con catarro. Los hombres sois insoportables cuando os ponéis enfermos.
  • Yo no soy insoportable, mamá. Lo que pasa es que me pone muy nervioso tener que estar en la cama o quedarme en casa. El padre de Miriam me ha enseñado cómo curarme el catarro y voy a hacer lo que me ha dicho.

Ya iban de camino a la casa de los Julios en el Palatino. Aurelia miró a su hijo con sorpresa.
  • ¿Y se puede saber qué te ha dicho?
  • Sí, claro. Me ha dicho que tome un poquito de vino caliente por la mañana, al levantarme ...

El niño se quedó como en suspenso, esperando la reacción de su madre. Pero Aurelia se echó a reír. ¡Su hijo de cinco años la estaba probando, a ver si caía en la trampa y le daba vino por la mañana.!

  • ¿Y te ha dado él algo de vino caliente?
  • No. Me ha dicho que surte más efecto si te lo da tu propia madre
  • Ya -dijo Aurelia- sonriendo. Muy sabio, mi vecino Isaac, muy sabio...

Habían llegado a casa de los abuelos. Tras pasar el umbral de la puerta, entraron en el hermoso atrio, en cuyo centro había una especie de estanque con agua y algunos triclinios, donde estaban sentados sus tíos y tías. Julia la Mayor se levantó enseguida, al verlos llegar y alzó en sus brazos al pequeño Caio, haciéndolo volar por los aires. El niño reía a carcajadas, pero notaba que su tía estaba algo triste. Le preguntaría qué sucedía, porque su tía era cariñosa y le daba todas las explicaciones que él necesitaba.


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3.- La decisión familiar

El niño fue enviado a jugar con sus primos, mientras los mayores hablaban. La impaciencia no le dejaba centrarse en el juego de las tabas, que ya los otros niños de la casa habían empezado. El juego consistía en lanzar los huesecillos (generalmente de cordero) al aire y comprobar en qué posición habían caído. Pero Caio ni siquiera quiso ver cómo había caído su lanzamiento: miraba a la habitación donde los mayores estaban discutiendo sobre su futuro. Bueno, su madre lo defendería, estaba seguro.

Por fin salieron riendo y Caio miró a su madre, que le sonrió; esto le tranquilizó y pudo esperar hasta que Aurelia dijo a la familia que su hijo y ella se marchaban a casa.

  • Mamá, cuéntame qué han dicho mis tíos y mi abuelo, dijo Caio en cuanto salieron de la casa.
  • ¿No quieres que demos un paseo antes? - Dijo Aurelia sonriendo.
  • Mamá, estoy hablando en serio. Quiero saber qué va a ser de mi vida y de mi educación.
  • Está bien, hijo. Han decidido que sigas estudiando; en cuanto acabes tus deberes diarios en casa, irás a casa de tu tía Julia la Mayor y allí empezarás a leer los libros de su biblioteca.
  • ¿Y por qué no puedo traerme los libros a casa?
  • Porque tu tía Julia no se encuentra bien y estoy segura de que le vendrá muy bien tu compañía. Ya sabes cómo te quiere.
  • ¿Y podré comer las chuches que suele darme?
  • Sí, pero debes decirme lo que has comido cuando vuelvas y prometerme que no comerás demasiado. Ya sabes que luego te sientan mal y no quiero que te pongas enfermo.
  • Mamá, siempre estás preocupada de que no me ponga enfermo. ¿Por qué no dejas que tenga fiebre o esté en la cama como los demás niños?
  • Ya hablaremos de ello cuando seas algo mayor. De momento, prefiero que no tengas fiebre ¿de acuerdo?
  • Bien, pero ya sabes que se lo preguntaré al padre de Miriam y que me lo explicará.
Llegaron a casa. Caio tenía todavía muchas preguntas que hacerle a su madre, pero se dio cuenta de que ella no tenía intención de contestar a ciertas preguntas. Procuraría pillarla desprevenida y que aclarara sus dudas. Caio sabía que era difícil coger a su madre desprevenida; ella siempre sabía qué decir y cuándo decirlo y parecía que adivinaba todo lo que el niño pensaba.

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4.- El tío Mario

Al día siguiente, Caio inició sus visitas a la tía Julia. Lo que no esperaba era que la tía Julia le dijera que tenía que pasar la tarde con su tío Mario. Empezó a pensar que la verdadera razón de su estancia en la casa no era Julia, sino Mario.

  • Bueno, muchacho, vamos a aprender algo de historia.
  • Me gusta la historia. ¿Por dónde empezamos?
  • ¿Tantas ganas tienes de aprender?. Me doy cuenta de que tu madre no exageraba cuando hablaba de tus cualidades intelectuales y de tu afán de saber.
  • Tío, no hablemos sólo de mi madre, háblame de la historia de nuestra familia.
  • ¿Sabes que te llamas Caio Julio?
  • ¿Cómo no voy a saberlo? Ya sé que la familia de mi padre es la más antigua de Roma.
  • ¿Y qué más sabes?
  • Que la primera de mis antepasadas, mi Alma Mater, es la diosa Venus.
  • ¿Y qué te parece la idea? ¿Crees que es real?
  • No lo sé. ¿Tenemos que empezar desde Iulo, para conocer la historia de mi familia?
  • Creo que vamos a empezar por los datos reales que conocemos. Yo soy un militar y no me dejo impresionar por las historias y leyendas del pasado.
  • Me gusta, tío. Yo tampoco creo en historias para niños
      Mario se echó a reír: un niño de cinco años le estaba diciendo que no creía en historias para niños.
      Este niño era realmente inteligente. Sería interesante enseñarle y comunicarle sus experiencias
      personales.

      Caio volvió a casa feliz. Le había gustado pasar la tarde con su tío. Se lanzó a los brazos de su
      madre, que estaba revisando sus cuentas en la biblioteca.

  • Mamá, me encanta estudiar con el tío Mario. Es serio, pero sabe reír. Creo que me considera un niño mayor y que voy a aprender mucho con él. ¿Qué hay para cenar?
  • Pasas de un tema a otro alegremente. Y yo voy a empezar por el tema que más me interesa. Hoy vamos a cenar un poco de ensalada y un pescado a la brasa. Ya lo tengo preparado.
  • ¿Me dejas jugar un ratito con Miriam y mis amigos? Hoy no los he visto y a lo mejor han descubierto algo nuevo y yo no me he enterado.
  • Bien. Vete a jugar un rato, pero, cuando te llame, ven enseguida.
  • Te lo prometo, mamá, pero llámame Caio Julio.
  • ¿Ya te ha contado tu tío la historia de la familia?
  • Algo me ha dicho. Estoy deseando saber más cosas. Luego me confirmas todo lo que él me cuente, porque sigo fiándome más de ti que de nadie. Me voy a jugar.
      Aurelia, como siempre, estaba sorprendida por la capacidad de adaptación y de aprendizaje de su
      hijo y pensaba con cierta tristeza que era demasiado pequeño, era su bebé y ya parecía un hombre.

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5.-Una enfermedad divina

Los días siguientes, Caio Julio fue a casa de sus tíos. Estaba cada vez más interesado en todo lo que le contaba su tío. Pero antes de pasar un mes, Mario tuvo que irse a su campaña militar. Y el niño ya no fue tan a menudo a casa de su tía Julia. Su curiosidad iba en aumento, sobre todo, porque quería saber más sobre la historia de su patria y de su familia, así que decidió que le preguntaría a su madre. Le gustaba mucho hablar con su madre, porque le parecía la persona más sabia que conocía, incluso más que su tío Mario. No comprendía por qué decían que los que sabían todo eran los hombres. Su tía Julia sabía muchas cosas y su madre más que nadie. Aprovechó el día en que cumplía los seis años, para pedirle a su madre que le dedicara un rato por las tardes y contestara sus preguntas.

  • Estoy encantada de que quieras aprender. Te contaré la historia de la familia, pero tienes que seguir leyendo y aprendiendo lo que han escrito nuestros historiadores y poetas. Es importante que conozcas los hechos en la versión de varias personas, porque así podrás sacar tus propias conclusiones.
  • Me gusta eso que dices, mamá. Ya sabía yo que no siempre hay que hacer caso de lo que dice una sola persona y que hay que enterarse de las cosas por varias personas.
  • ¿Qué quieres como regalo para tu cumpleaños?
  • ¿Te parecería una tontería si te pido un capítulo de Ennio?
  • ¿ Sabes sobre qué ha escrito Ennio?
  • Pues claro, mamá. Si quiero aprender historia tengo que tener los rollos en casa para poder consultarlos cuando quiera.
Aurelia dejó caer una lágrima de emoción. ¡Cuánto sabía su hijo! ¡Y qué formal parecía, siendo tan pequeño!

  • Tendrás tus rollos, hijo. Pero tengo que esperar unos días, porque aún no he cobrado las rentas y no me llegará el dinero. De todas formas iré al mercadillo, en las nundinas y buscaré lo que haya de Ennio.
  • Bueno, no te preocupes, quedan cinco días para las nundinas ¿no?
  • Sí. Y para entonces, ya habré cobrado los alquileres. Por cierto, ¿sabes ya cómo tienes que contar los días y los meses?
  • Me interesa mucho, mamá, pero, a veces, me hago un poco de lío.
  • Pues lo siguiente que vamos a estudiar es el calendario, porque es importante que sepas situar los hechos históricos.
  • Mañana, mamá, porque estoy un poco cansado y mareado.
La madre miró preocupada al niño. Era un niño delgado y alto, pero no comía demasiado y a veces parecía agotado. Consultaría con su vecino Isaac, que era un buen médico. Cuando el niño se fue a dormir, encargó a su joven esclava gala que vigilara su sueño y subió a casa de Isaac. La familia la recibió encantada, pero extrañados de que fuera a hablar con ellos a una hora tan tardía.

  • ¿En qué podemos ayudarte? – dijo Miriam, la esposa de Isaac.
  • Estoy preocupada por Caio Julio. Últimamente parece cansado y come muy poco. ¿Qué opinas tú Isaac?
  • ¿Qué le pasa a Julio? – dijo la pequeña Miriam. Hace varios días que no viene a jugar conmigo.
  • Está cansado y no ha subido a jugar contigo porque ha estado yendo a casa de sus tíos. Pero mañana le diré que venga después de comer, para que juguéis toda la tarde. ¿Qué te parece?
  • Estupendo – dijo Miriam, le esperaré. Ahora me voy a la cama, porque yo también estoy cansada.
  • Ve a la cama, hija, así podremos charlar los mayores.

Cuando se quedaron solos, Isaac inició la conversación:

  • ¿Sabes a qué llaman la enfermedad de los dioses?
Aurelia se puso pálida. Claro que sabía lo que era la enfermedad de los dioses. ¿No estaría diciéndole Isaac que su hijo la padecía?

  • ¿Has notado si el niño pierde el conocimiento, cuando está demasiado cansado?
  • Hasta ahora no, pero temo que pueda pasarle cuando no esté conmigo.
  • Ya sé que es difícil de hacer lo que voy a decirte, pero tienes que intentarlo. Procura que se tome las cosas con tranquilidad y que no tenga tanta actividad desde que se levanta.
  • ¡Ojalá pudiera conseguirlo! pero ya le conocéis, es como una guindilla, duerme poco, come poco y no para de hacer preguntas y de querer saberlo todo. Y ya no puedo obligarle a dormir después de comer, porque se considera ya mayor para dormir siesta.
  • Si no duerme, que descanse. Quizá charlando contigo lograrás que esté sentado.
  • Es posible, pero sus temas de conversación son siempre tan serios que dudo que se tranquilice.
  • Bien, te voy a dar unas hierbas para que le des una infusión antes de irse a dormir. Quizá consigamos mejorar ese agotamiento.
  • Gracias, amigos, espero que lo tome con gusto.
  • Es melisa y manzanilla con un poco de valeriana. Seguro que le gustará.
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6.- Solidaridad familiar

Pasaron tres años y Caio Julio seguía creciendo y aprendiendo. Cuando el tío Mario estaba en Roma, el niño iba por las tardes a escucharle y aprender de él. Se habían hecho muy buenos amigos. Toda la familia lo consideraba ya un hombre, por sus comentarios, sus preguntas y sus actos. En casa, ayudaba a su madre con las cuentas de la administración de la insula. Y seguía con la pandilla de amigos, sus vecinos y otros chicos del barrio. En la esquina de la insula había una taberna, cuyo dueño Daco quería a Caio Julio casi como a un hijo y le admiraba por su carácter y sus conocimientos; incluso hablaban de clases de vinos y, sobre todo, de las famosas empanadas que hacía Daco.

Un día, a la hora sexta (las 12 del mediodía), Caio Julio estaba ayudando a Daco, para ganarse unas monedas, cuando su madre le llamó con cierta urgencia.

  • Caio, entra en casa en cuanto termines de ayudar a Daco, tenemos que salir.
  • Voy enseguida, mamá.
Al entrar en casa, vio a su madre bastante seria.

  • ¿Qué ocurre, mamá?
  • El tío Mario no se encuentra bien y la tía Julia me ha pedido que vayamos lo antes que podamos.
  • ¿El tío Mario? Pero si es fuerte como un roble. ¿Cómo puede estar enfermo?
  • Ahora nos enteraremos. Ponte la capa para salir.
  • Mamá, deja de preocuparte. Me encuentro bien.
  • Déjame ejercer de madre, Caio. Si no me preocupo por ti ¿cómo me voy a sentir útil?
  • Mamá, tú siempre eres útil para toda la familia, no sólo para mí.
Salieron en silencio, cada uno con sus pensamientos. Al llegar a casa de Julia y Mario, encontraron a varios médicos hablando entre ellos y a la tía Julia llorando. Mario estaba inmóvil en su cama. Caio Julio se acercó rápidamente, sin que nadie se lo impidiera. Aurelia se acercó a Julia, que le explicó que Mario había sufrido una especie de parálisis en toda la parte izquierda del cuerpo y aún no podía moverse. Julia lloraba. Aurelia no sabía que decir y trataba de pensar con rapidez, cuando oyeron una especie de balbuceo y se acercaron a la habitación de Mario. Estaba intentando hablar con su sobrino.

  • Julio, acércate
  • Sí tío, dime, - dijo el niño-
  • Julio – repetía Mario – tienes que ayudarme. Tengo que seguir con mis funciones en el gobierno.
  • Sí, tío. Dime qué puedo hacer yo para ayudar.
  • Ayúdame a poder andar.
  • ¿Por qué me llamas sólo Julio, tío?
  • Porque debes llamarte Julio, para que todos conozcan la nobleza de tu familia.
  • Como tú quieras, tío.
Mario volvió a caer en una especie de sopor. Aurelia se acercó e indicó a su hijo que se retirara de la habitación. Al salir, le dijo a Julia que Caio Julio iría todos los días por la tarde, para ayudar a su tío a recuperarse.

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7.- El verdadero aprendizaje

Así lo hicieron. Julio estuvo yendo a ayudar a Mario durante varios meses. A veces, Mario demostraba su mal genio y no quería hacer los ejercicios físicos necesarios para recuperar el movimiento, pero Julio se mantenía firme y casi le obligaba a hacerlo, amenazando con no volver. Mario sonreía y se esforzaba por continuar.
  • Tío, ahora tenemos que volver a montar a caballo.
  • Creo que eso ya es pedir demasiado. No creo que vuelva a montar a caballo.
  • Claro que volverás, tienes que demostrarme en la práctica todo lo que me has estado enseñando. ¿O es que me has contado una historia inventada?
  • Por supuesto que no. Te demostraré que puedo hacerlo.
Lo consiguieron. Mario volvió a hablar, a montar a caballo y a andar, ya casi sin cojear. Julio aprovechó esta recuperación para pedirle algo más a su tío Mario.
  • Tío, ahora me gustaría que me explicaras cómo has vencido en tantas batallas y cómo se puede manejar un ejército tan grande.
  • Es fácil, Julio. Hay que mantener la disciplina, pero a la vez, dar confianza a tus soldados y dar ejemplo. Porque tus hombres te seguirán a donde quieras llevarlos, si ven que tú te esfuerzas como ellos y los tratas como a iguales.
Julio tomaba nota de todo. Ya se imaginaba dirigiendo al ejército romano y volviendo a Roma como general victorioso.
  • Y ¿es difícil ser cónsul? Tú ya has sido elegido seis veces.
  • Hay que tener personalidad, ser honrado y tener dinero. No te preocupes, que cuando tú seas mayor, lo conseguirás, porque es más fácil para un noble que para los que no lo somos.
  • Yo quiero ser como tú. Quiero ser cónsul y quiero dirigir el ejército.
Mario reía con ganas. Le gustaba aquel chiquillo inteligente y serio. Aunque a veces pensaba que no lo tendría tan fácil como él creía, porque la envidia seguía presente entre la nobleza romana. Pero Julio parecía ser incombustible; ponía tanto interés en todo lo que se proponía, que todo el mundo estaba seguro de que lo conseguiría, costara lo que costase.

Todo parecía ir sobre ruedas, cuando, poco tiempo después, Mario sufrió otro ictus. Esta vez, además de una ligera parálisis, parecía que también su mente, siempre brillante, se había visto afectada. Y Julia volvió a recurrir a su sobrino, para que ayudara a Mario a recuperarse. Julio volvió encantado. Se acercaba el verano y estaba a punto de cumplir los diez años, exactamente dos días antes de los Idus del mes de Quintilis.
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8.- El primer problema serio

Esta vez Mario hablaba con su sobrino con cierta reserva. Julio trataba de ser paciente, pero se preguntaba por qué su tío ya no se fiaba de él. Decidió afrontar el tema y preguntárselo directamente.

  • Tío, ¿Por qué ya no me cuentas todas tus estrategias militares? ¿Es que ya no quieres enseñarme?
  • ¿Quieres que te diga la verdad?
  • Por supuesto. Siempre quiero la verdad, aunque sea desagradable. ¿Es que he hecho algo que no te guste?
  • No, Julio. Es que he consultado a una astróloga babilonia, que casi acertó cuando pronosticó que sería cónsul siete veces, algo que parecía imposible. Y he sido cónsul ya seis veces.
  • ¿Y qué tiene eso que ver conmigo?
  • Pues que esta vez me ha dicho que habría otro hombre que sería más grande que yo en cuestión militar.
  • Esta vez no te entiendo, tío. ¿No pensarás que ese hombre seré yo?
  • Pues sí. Creo que serás tú. Y no me gusta que alguien me supere en lo único que yo he sobresalido en mi vida.
  • Tío. Eso son supersticiones y cuentos de ancianas. ¿De verdad te crees todo lo que te dice esa astróloga?
  • Siempre lo he creído y hasta ahora ha acertado. ¿Por qué no iba a acertar esta vez?
  • Aunque acertara, ¿Por qué voy a ser yo ese hombre?
Esta vez Mario se echó a reír. Hacía tiempo que no reía. Julio tenía el poder de hacerle olvidar sus problemas y de hacerle reír. Quizá tuviera razón y todo eran supersticiones de ancianas. De hecho, su sobrino se dedicaba más a la literatura y a la historia que a cualquier otra cosa. Ya había escrito algún ensayo de gramática y algún que otro poema. Y su nuevo profesor de retórica, Marco Antonio Grifo, estaba muy orgulloso de él.

Cuando Julio se marchó esa tarde, Mario se encerró en su biblioteca y dos horas más tarde salió con una decisión tomada. Nombraría a Caio Julio Pontífice Máximo, cargo vitalicio que prohibía a quien lo ostentara tocar las armas, además de otras muchas restricciones. Con quince años ya podía ser Pontífice, jefe de la religión y de las Vestales, con entrada en el Senado y poder decisorio en cuestiones importantes; pero lo inscribiría cuanto antes, para que nadie ocupara el cargo. Y le buscaría una esposa, porque el Pontífice debía estar casado. Al día siguiente hablaría con el actual cónsul Cornelio Cinna. Quizá pudiera prometer a Julio con la joven Cinilla.
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9.- Un futuro incierto

Cuando Aurelia se enteró de las maquinaciones de su cuñado, supo que la suerte de su hijo había cambiado. Decidió hablar con su otro cuñado Sila, que ahora estaba en el poder. Sila hacía poco caso de la familia. Estaba casado con Julia la Menor, pero no se llevaban bien; él prefería vivir su vida y sólo recurría a la familia cuando necesitaba dinero, que era casi siempre. Pero con Aurelia tenía una relación especial: la respetaba y le pedía consejo, no sólo en cuestiones personales, sino también en cuestiones políticas. Y seguía los consejos que ella le daba, aunque nunca admitía que ella le había convencido de algo.

  • Estoy pensando que quizá podrías librar a Julio del cargo de Pontífice Máximo
  • ¿Y por qué quieres librarlo? Es un buen cargo, tiene autoridad, poder, casa propia y puede estar en las sesiones del Senado.
  • Pero a él no le interesa y Mario le ha obligado a aceptarlo.
  • Ya veré qué puedo hacer. Mario se ha hecho viejo y su cabeza no funciona como antes.
  • Yo no voy a juzgar los actos de nadie. Tampoco juzgaré los tuyos. Sólo te pido que ayudes a mi hijo.oo--------------------------------------------------oooo------------------------------------------------------oo
Sila se marchó, pensando en lo especial que era aquel chico. Pronto tomaría la toga viril y nadie podría dominarlo. Mientras tanto, Julio, que había tomado el cognomen de César, seguía con sus estudios y su interés por los temas militares. César era un antiguo nombre de la familia y le pareció que le venía bien tener un cognomen, como un hombre. Porque él ya se consideraba un hombre.
  • Hijo- dijo un día Aurelia – creo que debes marcharte de Roma, porque Sila va a por ti. Creo que te ve como un posible rival político y militar.
  • No entiendo cómo pueden cambiar tanto las cosas. Antes no era así.
  • Sí, hijo, siempre ha sido así. Tú no te has dado cuenta, porque he intentado alejarte de él lo más posible. Desde que eras pequeño decía que en ti hay “muchos Marios”. Y son enemigos políticos y militares. Llega un momento en que los problemas no se pueden evitar y éste es ese momento. Te prepararé algunas cosas y debes irte. Quizá sea un buen momento para que vayas a Hispania.
  • Me gustaría, porque no conozco nada de esa tierra y me gustaría saber cómo son los hispanos y cómo viven.
  • Son como nosotros, Julio, mediterráneos, aunque su vida sea diferente, porque aún no conocen nuestras leyes. Yo creo que son un poco salvajes.
  • Eso hay que comprobarlo, mamá. Ya te contaré cuando vuelva.
  • Tienes razón, hijo, todo hay que comprobarlo personalmente.
Julio César salió de viaje. Prefería ir por mar, a pesar de los piratas y de las tormentas, pero sería una buena experiencia y conocería a todo tipo de personas que viajaban a Hispania, comerciantes, soldados, desterrados o simples viajeros.

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10.- Hispania

Aurelia le había encargado buscar a Sertorio, primo del tío Mario, que se había puesto a favor de los hispanos, rebelándose contra Sila. Julio César tenía ya 17 años y demostró enseguida su don de gentes encontrando a Sertorio, que lo recibió con los brazos abiertos.

  • ¿Qué pasa en Roma?
  • Las cosas no van bien. Mario ha perdido la cabeza.
  • ¿Literalmente?
  • No, hombre. Ha perdido el sentido común, y Sila ha aprovechado para sus manejos políticos. Ahora tiene el poder absoluto.
  • Entonces tendremos también aquí nuevas confrontaciones. Espero ser digno lugarteniente de Mario. Puedes unirte a mis hombres y así aprenderás en la práctica todo lo que Mario te enseñó en teoría.
  • Eso es lo que pensaba mi madre.
  • ¿Por qué has tomado el cognomen de César?
  • Porque ya lo han usado otros en mi familia y me han dicho que significa “fuerte como un león”; creo que su origen es etrusco; aunque otros dicen que significa “melenudo”, pelo largo, bien cortado o bien afeitado. De todas formas, me sonaba bien y a mi madre le ha parecido bien.
Sertorio se echo a reír, con la risa franca y abierta de un gran hombre. Julio César empezaba a admirarlo, como había admirado a su tío Mario. Pasó una temporada con él y conoció a una familia de banqueros gaditanos, que más tarde serían su apoyo económico y sus mejores amigos: los Balbo. Cuando le pareció que podía volver a Roma, preparó su viaje.

  • ¿Te marchas ya? Me había acostumbrado a tu compañía y a tu extraordinaria visión de la estrategia militar
  • Por la última carta de mi madre, creo que puedo volver a Roma. Yo sí que he aprendido cosas útiles de ti. Lo que más me ha llamado la atención es la estrategia de la guerrilla, y cómo conoces el territorio hispano.
  • La necesidad es la que más enseña en cualquier situación. Me he visto obligado a aprender, porque así lo pedían las circunstancias. Seguiré manteniendo el partido político de Mario aquí. Me he dado cuenta de que los hispanos son nobles y valientes y de que no tienen por qué aceptar las normas de un extranjero que venga a conquistarlos.
  • Creo que tienes razón. Volveré a Roma y aprovecharé que tengo un asiento en el Senado, para intentar modernizar a las viejas glorias.
  • Que tengas suerte, primo. Puedo llamarte primo ¿verdad?
  • Por supuesto.
  • Estoy seguro de que algún día me sentiré orgulloso de ser tu amigo y tu pariente.
  • Y yo de poder llamarte mi amigo.
Julio César emprendió el regreso a Roma. Esta vez prefirió hacer el viaje por tierra, para ir conociendo, por lo menos, las regiones que ya pertenecían a la República romana, como la Galia Cisalpina, la llamada Narbonense. Tenía interés en conocer gente de raza gala. Todavía tenía buen recuerdo de su joven esclava Gala, a la que quería como a una nodriza. Ella le había cuidado con cariño y solía escucharle, cuando su madre se enfadaba con él. Julio sonrió para sí, pensando en que había sido demasiado niño. Ahora era ya un hombre y tenía que comportarse como tal.

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11.- Los piratas

La situación en Roma era alarmante. Había un ambiente de miedo y tensión que pocas veces había sentido Julio César. Aurelia le contó los sucesos. Había conseguido de Sila que pudiera utilizar armas y llevar, si quería, el uniforme militar. Cinilla había dado a luz a la pequeña Julia, que tenía la expresión dulce de su madre y la mirada vivaz de su padre.

  • Por lo menos, puedes seguir asistiendo al Senado. Así irás informándote de todo y tomando nota para poner remedio a la situación, si está en tu mano.
  • ¿Sigo siendo Pontífice Máximo?
  • Sí. Tienes a tu disposición la Domus. Ya he ordenado que preparen todo para que te instales allí con tu esposa y tu hija.
  • ¿Verdad que es la niña más bonita del mundo?
  • Por supuesto. Es mi nieta y es tu hija. ¿Cómo podría haber ninguna niña más bonita que la pequeña Julia?
Ambos se echaron a reír. Era su única nieta y su única hija y la veían preciosa. Sería la alegría de la familia. Los ojos de la niña eran de color miel y esto le daba una dulzura en la mirada, que tenía embobados a sus padres y a su abuela.

Julio César se trasladó a la Domus, su vivienda oficial, aunque le daba pena dejar a su madre sola en la insula del barrio de la Subura. Intentaría convencerla para que pasara el mayor tiempo posible con la niña, porque sabía que no se iría a vivir con ellos: era demasiado independiente.

Además de sus obligaciones como Pontífice Máximo, por ejemplo, ser el jefe de las Vírgenes Vestales, Julio César empezó a asistir a las sesiones del Senado. No todos le miraban con buenos ojos; era demasiado joven, tenía una nobleza más antigua que todos ellos y siempre parecía que quería poner el punto adecuado a las discusiones, como queriendo demostrar que él tenía más razón o era más sensato.

  • ¡Senadores! – dijo el cónsul – El erario público está en la ruina. Necesitamos una ayuda inmediata. Creo que debemos pedir ayuda a Nicomedes de Bitinia.
  • ¿Y quién se va a atrever a pedirla? – preguntó uno de los senadores del partido demócrata - Ya sabéis que Nicomedes es un tacaño y no da nada, a no ser que obtenga algo importante a cambio.
  • Podemos enviar a nuestro jovencito. - Contestó otro senador del partido republicano, mirando a Julio César con sorna - Quizá Nicomedes le haga más caso a él, por ser un Julio y por ser joven y atractivo.
Todos se echaron a reír, mientras Julio se ponía tenso y miraba con frialdad a los componentes del partido republicano. La mirada de Julio César era famosa porque muchos decían que hacía obedecer al que se enfrentara con él. Decidió aprovechar la situación y poder demostrar a todos que él podría convencer a Nicomedes.

  • Iré, si todos estáis de acuerdo. No creo que sea capaz de negar nada a un Julio.
  • Ten cuidado – dijo un senador entre risas – Tiene fama de conquistador.
  • No me importa. Yo conseguiré lo que necesitamos, dinero y barcos. Los rumores y las supersticiones sólo sirven para aprovecharse de ellos en favor propio. Y eso es lo que pienso hacer.

La embajada fue un éxito. La ayuda económica y naval llegó a Roma en poco tiempo. Pero en el viaje de vuelta, el barco donde iba Julio César fue atacado y capturado por los piratas que infestaban los mares conocidos.

  • Nos han dicho que eres de familia noble. – dijo el capitán pirata – Seguro que pagarán lo que pidamos por tu rescate.
  • ¿Y cuánto pensáis pedir? – preguntó Julio César.
  • Creo que doscientos talentos es una cantidad adecuada. Mientras piensan si mereces que paguen tanto por ti, estarás con nosotros en nuestros refugios. Pasarás mucho tiempo con nosotros, así que ve acostumbrándote a nuestra forma de vida.
  • Creo que me minusvaloráis. Pagarán por mí quinientos talentos.
  • ¿Y quién va a pagar por ti una cantidad tan grande? – Dijo riendo el capitán pirata.
  • Acercáos a Bitinia y pedid al rey Nicomedes mi rescate. Lo pagará encantado, porque quiere que yo me case con su hija y ya me tiene como yerno.
  • Pero ¿no has dicho que estás casado?
  • Sí, pero a los orientales les parece natural tener varias esposas.
Nicomedes pagó enseguida el rescate de Julio. Los piratas encantados, lo dejaron en libertad. Pero Julio, en los seis meses que estuvo con ellos, ya había calculado y grabado en su memoria la situación de su refugio. Había hecho grandes amistades, porque había mostrado su carácter más encantador. Al despedirse, dijo que volvería.

Y volvió, a llevarse todos sus tesoros y a arrestar a los piratas.

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Comentarios

Pedro - PC ha dicho que…
Mis felicitaciones por la recuperación de Eder, al parecer empezamos el nuevo año con buenas noticias. Feliz año nuevo y que le traigan muchas cosas los Reyes.
Un saludo
"mo" ha dicho que…
Desde la consulta de pediatría de la clinica: Mucha fuerza y mucho ánimo .Estamos todas pendientes de nuestro campeón y felices por ver su evolución.Un beso enorme y el deseo de veros pronto entre nosotros.